Análisis

Mons. Sergio Gualberti: “Dios no desea la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva”.

Hoy es un día particularmente feliz para nuestra Iglesia en Santa Cruz porque clausuramos el Congreso Eucarístico Arquidiocesano, esta tarde, en una peregrinación desde el Cristo y con una solemne Eucaristía en el atrio de la Catedral: A todos mi más cordial invitación para que participen de esta celebración gozosa y comunitaria del misterio del amor de Dios, que se hace alimento de nuestra vida cristiana. “Eucaristía pan partido para la vida del mundo” es el lema que nos ha guiado y seguirá guiándonos hasta el mes de julio próximo año, en el Congreso Eucarístico Nacional en Tarija.El pan partido en la Eucaristía, nos indica que no puede haber comunión con Dios sin compartir con los hermanos, porque única es la mesa de la eucaristía y la mesa de la caridad. Por eso toda nuestra Iglesia, parroquias y comunidades tienen que ser espacios capaces de engendrar el amor, de introducirnos en la experiencia del amor de Dios y de los hermanos, ser “escuelas de caridad”.

El Domingo anterior hemos inaugurado el Congreso con los hermanos y hermanas en el Centro penitenciario de Palmasola, en representación de todos los sectores pobres y marginados de nuestra sociedad. Ellos han tenido la dicha de experimentar la presencia de Cristo, “pan de la Caridad”, que los ama, les da aliento y esperanza de una vida nueva. Las mujeres allí recluidas me han pedido ser “su portavoz antelas autoridades y la justicia de su pedido de ampliación de indulto, que beneficiaría a varias de ellas”. Doy todo mi apoyo a esta solicitud, porque el Señor cree en la capacidad de las personas de reconocer sus errores y de reconstruir su vida para bien de sus familias y de la sociedad.

La liturgia de la palabra de este domingo, nos presenta la carta de San Pablo a la Iglesia de Roma. En ella, el apóstol afirma con fuerza que el amor es el camino de la alegría y de la realización plena de los discípulos y seguidores de Jesús: “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo”. Con esta imagen sorprendente de que sólo está permitida la deuda del amor recíproco, Pablo nos dice que el amor fraterno es la norma segura que nos debe guiar como cristianos en las relaciones con los demás.

Ser cristianos es ser miembros de una comunidad,  la Iglesia, vivir la fe no aisladamente sino juntos, guiados en nuestras relaciones por la caridad y la relación fraterna, como prolongación de la comunión a la única mesa del cuerpo y sangre de Cristo que compartimos en la Eucaristía.

San Pablo sigue profundizando este aspecto con otras dos afirmaciones categóricas:el que ama al prójimo ya cumplió toda la Leyy cumplir perfectamente la ley consiste en amar”. Con esta insistencia acentúa una gran verdad: el cristiano que ama verdaderamente no tiene necesidad de ninguna otra ley, porque el amor es su cumplimiento pleno. San Agustín, haciéndose eco de esta verdad, afirma: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor”.

San Pablo insiste una vez más: Los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estas afirmaciones nos ayudan a comprender que la ley de Dios es una expresión de su amor, un servicio de su amor, para que nosotros consigamos la vida y la salvación. Así entendidos los mandamientos no atentan a nuestra autonomía y libertad, como recrimina una cierta mentalidad moderna, por el contrario son expresión de amor y medios para vivir la libertad verdadera. La realización y la felicidad que cada uno busca con tanto ahínco, la encuentra en el amor a Dios y a los hermanos, un amor auténtico que humaniza, ennoblece y hace realmente feliz al hombre.

Aceptar los mandamientos, es abrir las puertas de nuestra vida para que cada uno salga del propio egoísmo para adquirir la actitud que caracteriza al cristiano maduro y adulto: el amor, la donación y la entrega a los demás. Esta manera de concebir la ley debería impregnar también a las leyes de la sociedad civil, porque están al servicio del amor y de la vida de todos, una vida compartida y en fraternidad.

Desde esta perspectiva se entiende mejor lo que dicen la primera lectura del profeta Ezequiel y el evangelio de Mateo. La caridad fraterna se manifiesta y se realiza en la preocupación por el bien y la salvación de todo hermano, en particular hacia aquel que se ha alejado o no conoce a Dios. Siguiendo el ejemplo de Jesús que “ha venido a buscar lo que estaba perdido”, los que creemos en él somos corresponsables de la vida y de la salvación de nuestros hermanos, ofrecida por Dios a todos a  través de su Hijo Jesús.

Es un grave error pensar que podemos salvarnos, sin que nos importe lo que pasa a nuestros hermanos. Desentendernos de los demás, encerrarnos en nosotros mismos y no ser solidarios con los hermanos, sobretodo cuando van por un mal camino y se están alejando de Dios, no condice con nuestra condición de discípulos de Jesús.

En esta visión de fraternidad, que nos une a todos los seres humano, comprendemos la dura advertencia que Dios hace al profeta Ezequiel al momento de confiarle el mandato de levantar la voz para que llame a la conversión a sus hermanos que andan extraviados del buen camino:” …si tu no hablas al malvado poniéndolo en guardia para que cambie de conducta,… a ti te pediré cuenta de su sangre”.El profeta no puede ignorar ni callar el pecado del pueblo judío que lleva a la muerte y al desastre del país, el profeta tiene que solidarizarse con él y urgirle que cambie de rumbo, destierre las injusticias, las divisiones y la maldad porque Dios “no desea la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva”.

Hoy también el Señor nos llama a este servicio, a levantar la voz, con respeto pero con valentía, en una sociedad que no está muy dispuesta a oír la verdad.  Las intervenciones de la Iglesia en varios momentos de la historia de nuestro país tanto en el pasado como en la actualidad, han sido en cumplimento de su misión profética, como centinela que alerta y defiende los valores humanos y cristianos. Como afirmaba Martin Luther King: “La Iglesia no es la dueña ni la sierva del Estado, sino su consciencia”.

Por eso, también en este tiempo de campaña electoral una vez más la Iglesia ha advertido a la opinión pública acerca del clima de confrontación y descalificación imperante, del uso ilícito de recursos del Estado y de obligar a los electores en comunidades campesinas a un determinado voto, bajo las amenazas de castigos. Esas intimidaciones, además de humillar a los campesinos en su dignidad de personas, son un grave acto de discriminación y un atentado a la libertad. Desde aquí reafirmamos firmemente la dignidad superior e inalienable de la persona en cuanto imagen de Dios: la libertad, las relaciones, el amor, los grandes valores éticos de la solidaridad, de la justicia, de la vida, no pueden de ninguna manera ser funcionales a intereses políticos ni de otra naturaleza.

Este domingo celebramos también la Jornada del Migrante, un día para orar y solidarizarnos con niños, jóvenes, hombres y mujeres bolivianos que, en su gran mayoría, han tenido que abandonar forzosamente el país en busca de una vida más digna y sabemos todos que no es nada fácil vivir como migrantes. Hemos tenido en esta semana esa triste noticia de hermanos bolivianos en Buenos Aires que han tenido que salir de sus casas por un problema que había surgido. Y ahí, instigados por tantos otros hermanos, esa gran injusticia sólo por el error de un hermano que toda una comunidad se levante en contra de todo un grupo de hermanos bolivianos.  ElPapa Francisco les ha dirigido a los hermanos migrantes unas palabras alentadoras: “Los migrantes revelan aspiraciones de la humanidad de tener una vida digna y fraterna”, por eso nos pide “construir un “mundo mejor”, hacer posible un desarrollo auténtico e integral, que haya condiciones de vida digna para todos, donde se respete, custodie y cultive toda la creación de Dios. Es necesario un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una “cultura del rechazo” a una “cultura del encuentro”, -Ojalá esto también ayude a reflexionar cómo se tratan tantas veces a estos hermanos en tantos países del mundo- porque esta cultura  la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor”.

Acojamos esta invitación y trabajemos con determinación y valentía para corregir los rumbos equivocados y contribuir a la construcción del Reino de Dios en nuestra historia, dando testimonio de unidad y concordia, por el camino del bien, la honradez, el respeto del otro, el amor, la justicia y la paz.  Amén