Análisis

Mons. Sergio Gualberti “Conmemoración de los difuntos, fiesta de la esperanza”

 

Hoy, día de la Conmemoración de todos los difuntos, celebramos  esta eucaristía en sufragio para todos ellos, oportunidad para orar por nuestros seres queridos, pero también para los pastores de esta Iglesia de Santa Cruz, desde el primer Obispo Don Antonio Calderón, Mons. Santisteban, Mons. Rivero hasta Mons. Luís Rodríguez, y sus auxiliares Mons. Carlos Brown y Mons. Nino Marzoli. Junto con ellos recordamos a tantos sacerdotes, nativos y misioneros llegados de tantas otras Iglesias hermanas, ministros que entregaron su vida para evangelizar, fundar la Iglesia de Cristo y mantener viva la fe. Una labor pastoral que ha ido forjando la identidad de nuestro pueblo cruceño, que sólo se entiende si toma en cuenta su fe cristiana y su vivencia en Iglesia.

 

En su misión evangelizadora habrán gozado de mucho afecto y aprecio, pero también habrán sufrido incomprensiones y dificultades.  Ahora a la luz del Señor Resucitado, la verdad que echa luz sobre su vida y ministerio, quedarán manifiestos sus sacrificios y desvelos por el Evangelio. Tenemos toda la confianza de que el Señor Jesús los ha recibido con esas palabras confortadoras: “Vengan siervos buenos y fieles, entren a participar del gozo de su Señor…” en  espera de la resurrección final y del gozo eterno de la gloria de Dios.

 

Nuestras oraciones son un pequeño signo de agradecimiento a esos servidores del Señor y de la Iglesia, a ellos que siguen con nosotros por el misterio de la “comunión de los santos”, la unión de vivos y difuntos en Cristo. Él es la presencia de los lejanos y de los difuntos, él nos los hace cercanos a nosotros cuando participamos de la mesa Eucarística, la mesa de la vida y el amor.

 

 

Esta conmemoración de los fieles difuntos, además de ocasión para orar por ellos, es también invitación a reflexionar sobre el sentido de la vida y de la muerte. La muerte y el dolor siempre nos cuestionan y nos ponen preguntas inquietantes acerca del porque hemos nacido, porque amamos, porque sufrimos y porque morimos. Son preguntas que han acompañado la historia de la humanidad y que ha considerado a la muerte y al dolor como sus enemigos principales y que la han movido a emprender una lucha frontal para vencerlos.

 

 

En estos tiempos modernos, cuando parecería que se esta cerca de esta meta y que se han alcanzado los logros más sensacionales en el ámbito científico y técnico, como en la medicina y astronáutica, y que se ha dominado casi totalmente la naturaleza, cuando parecería que se ha crecido en el respeto de las personas, de su dignidad y derechos, precisamente ahora nos encontramos ante un mundo contradictorio, donde hay demasiadas muertes causadas por el mismo hombre.

 

– Las muertes por el hambre y la pobreza a causa de las injusticias, el egoísmo y la exclusión.

– Las muertes por la violencia, el odio, las divisiones y las guerras, incluso en nombre de Dios.

– Las muertes por los desastres ambientales, por el descuido de  la naturaleza y la contaminación de la tierra, el agua y el aire.

– Las muertes por la indiferencia y el abandono de una sociedad que considera al hombre sólo como número y por su capacidad productiva. Y tantas otras muertes…

 

Este panorama inquietante y angustioso nos indica que ese sueño de una tierra sin males ha fallado, y esto porque la humanidad ha querido modelar el futuro de espaladas a Dios, presumiendo vanamente sólo en las fuerzas y medios humanos. Esta decepción nos deja en la incertidumbre y desorientación y se va despertando fuertemente el anhelo de un horizonte seguro, que llene nuestra sed de esperanza y vida plena.

 

Este deseo de una vida más allá de la muerte, es lo que celebramos en esta fiesta de “Todos Santos”, aspiración manifestada también en el gran movimiento alrededor de nuestros difuntos en los cementerios. En este día los camposantos se vuelven un lugar de oración, de devoción y de encuentro entre las familias y los difuntos. Las tradiciones, las manifestaciones de cariño y los signos exteriores son índices de que nuestro deseo de una vida para siempre se ha vuelto certeza en la Resurrección.  El Padre ha devuelto a la vida a Cristo clavado en la cruz, lo ha hecho triunfador para siempre sobre su muerte y nuestra muerte, consagrándolo definitivamente como Señor en la gloria. Él es el Señor de la vida, el único que puede saciar nuestra sed de vida, de amor y de felicidad, abriéndonos las puertas de su proyecto, el Reino de Dios.

Nuestros hermanos difuntos ya contemplan esa verdad, y nos invitan a entrar en ella, a no encerrarnos en proyectos humanos perecederos y falaces. Ellos nos están recordando que estamos de paso en esta tierra, que acá no tenemos nuestra casa definitiva y que somos peregrinos en camino hacia la casa eterna del Padre, de Dios. Esta verdad, cambia la visión de la realidad de este mundo, ya no hay cabida para el miedo a la muerte, sino que resplandece la luz de la esperanza cierta y consoladora de que la vida es más fuerte que la muerte.

 

En esta óptica, la muerte no es el final de nuestra existencia, sino el umbral de la vida nueva, el inicio de la vida verdadera. El prefacio de esta Santa Misa nos dice que nuestra vida “no será destruida sino transformada y que en Dios ya no habrá más dolor ni lagrimas”. Para el cristiano las lagrimas son lágrimas de fe y gozo, porque nuestro cuerpo bajo la potencia del Espíritu, va tomando la forma del cuerpo de gloria del Resucitado, cuerpo espiritual que todos recibiremos en la resurrección de los justos: “Lo que es corruptible debe revestirse de la incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad”.

 

Nuestros hermanos difuntos, nos piden hoy entrar en sintonía de espíritu y estar en comunión con ellos, profesando nuestra fe en Cristo, resurrección y vida. En el diálogo entre Marta y Jesús escuchado en el evangelio, él vuelve a proclamar: “Yo soy la resurrección y la vida… El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”.  Jesús se revela como la esperanza de vida más allá de la muerte y como aquel que nos asegura que nuestra vida, no sólo no está condenada al fracaso, sino que está destinada a una plena y definitiva realización en Dios.

 

Jesús nos lanza hoy la misma pregunta que a Marta: “¿Crees esto?”. ¿Creemos de verdad que Jesús ha resucitado y que nosotros, por nuestra fe en Él, podemos también resucitar y gozar de su vida por toda la eternidad? ¿Son sólo palabras que repetimos a memoria, o son una convicción profunda que fundamenta toda nuestra vida?

 

Creer en nuestra resurrección significa que todo lo que hacemos a lo largo de los días y años de nuestra vida, tiene valor de eternidad. El paraíso, la vida y felicidad eterna, o el infierno, la ausencia de Dios y muerte para siempre, los vamos construyendo con nuestro actuar de día a día. La eternidad es un camino que inicia en nuestra existencia terrena, porque acá y hoy viene el Señor a salvarnos: el“hoy” es lo más parecido a la eternidad; más aún: el ”hoy” es chispa de eternidad. En el “hoy” se juega la vida eterna”. (Papa Francisco).

 

 

“¿Crees esto?” Ojalá hagamos nuestra la respuesta de Marta: ”Sí, Señor, creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios”, y ojalá que, por nuestra profesión de fe, podamos participar un día de Jesucristo, esperanza y vida eterna y feliz en la  casa del Padre, juntos a los hermanos difuntos que han creído en Él. Amén