Análisis

Mons. Robert Flock: Las vocaciones son el fruto de un ecosistema eclesial sano

Cuarto Domingo de Pascua 26 de abril, 2015
Domingo del Buen Pastor y Jornada de Oración por las Vocaciones
Fiesta Parroquial Nuestra Señora de la Anunciación, Condebamba

Queridos Hermanos.

Les felicito en esta fiesta parroquial que coincide [este año] con el Domingo del Buen Pastor y la Jornada de Oración por las Vocaciones. Nos alegramos por la vida de esta comunidad parroquial y su dinamismo especial.

Si queremos evaluar la cualidad de vida de una comunidad eclesial, el signo más claro de su salud y autenticidad cristiana son las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada que produce. Un hermoso ejemplo es la Diócesis de Bérgamo en Italia, Iglesia natal de Papa Juan XXIII, que ha enviado muchos misioneros a Bolivia, incluyendo todos los que han atendido a esta parroquia, y además los cuatro que llegaron a ser Obispos: Mons. Angel Gelmi en Cochambamba, ahora emérito, Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Eugenio Escarpelini, Obispo de El Alto, y Mons. Eugenio Coter, Obispo de Pando. Estamos agradecidos actualmente por la presencia del P. Lucas Ceresoli, párroco de esta parroquia Nuestra Señora de la Anunciación, y el P. Sergio Gamberoni, Director de nuestro Seminario Arquidiocesano, San Luis.

Las vocaciones son el fruto de un ecosistema eclesial sano. Cuando el medio ambiente es sano, florecen todas las variedades de vida. Pero cuando esté dañado, ciertas especies suelen desaparecer, empezando con aquellas que dependen de todo lo demás. Entonces, ya son pocos los Cóndor y los Pumas en Bolivia. Son víctimas de la caza, del calentamiento global, de la contaminación y de la pérdida de su hábitat. De manera similar, las vocaciones sacerdotales y religiosas son fruto de una Iglesia sana, capaz de engendrar discípulos misioneros de Jesucristo que se entreguen por completo a la causa del nuestro Señor Jesucristo, Buen Pastor y piedra angular el Reino de Dios.
Pero cuando el ecosistema eclesial está dañado, sufrimos una esterilidad vocacional, como es el caso actual.

Perdimos hábitat: es decir, la familia cristiana que produce discípulos comprometidos está en crisis. Nos perjudica una especie de calentamiento social en lo político, económico y social que margina a Dios y su palabra en la construcción de la sociedad.

Lamentablemente, muchos niegan que esto sea un problema grave, al igual que los que niegan la ciencia que constata cada vez más el cambio climático. Después, vivimos la contaminación materialista en un medio ambiente cada vez más secularizado, violenta y promiscua que no valora el compromiso religioso y el sacrificio de la cruz.

Finalmente, las vocaciones religiosas y sacerdotales sufren una especie de caza, que consiste en los intentos de familiares y amigos de disuadir de su propósito a los jóvenes que expresan un deseo de ser sacerdote o religiosa. Entonces son como especies en peligro de extinción.

Todos quieren que haya buenos pastores y entregadas religiosas al servicio de nuestro pueblo, pero en vez de favorecer las vocaciones, se burla del joven sensible a la llamada del señor y se contribuye a la destrucción del ecosistema cristiano que los produce.

Necesitamos tomar conciencia de esta situación en todas sus dimensiones y buscar nuestro progreso como pueblo, que se identifica como Pueblo de Dios guiado por el Buen Pastor. Él nos dice hoy:

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí —como el Padre me conoce a mí y Yo conozco al Padre— y doy mi vida por las ovejas.

Si somos realmente sus ovejas, capaces de escuchar su voz, nos gozaremos no solamente de vocaciones sacerdotales y religiosas, sino también de familias sanas, gobiernos justos y un pueblo que convive en paz y alegría.

Viviremos conscientes de lo que dice la Carta de San Juan:
¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente.