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Mons. Oscar Aparicio: El rumbo que empieza a tomar el país es algo que nos concierne a todos

En la Catedral de San Sebastián de Cochabamba se realizó la Santa Misa por los 190 años de Bolivia, en la celebración participaron las principales autoridades del Departamento.

Mons. Oscar Aparicio, arzobispo; en su homilía pidió que todos sean participes de todos los procesos que suceden en la patria. Recordó tambien que estamos invitados a tener una transformación verdadera y vivir plenamente la invitación del Evangelio de Paz, amor y libertad.

Texto Completo de la homilía

Muy Queridos hermanos y hermanas
La Palabra de Dios que ha sido proclamada hoy, en esta festividad de la Transfiguración del Señor, nos sitúa de inmediato en este gran misterio realizado por Dios Padre en la persona Jesucristo nuestro Señor, es decir, que también se anuncia nuestra participación en la Gloria de Dios, aunque se trata de una gloria que pasa necesariamente por la Pasión de la Cruz.

De hecho, el profeta Daniel, desde el exilio, nos invita a ver la historia en esta perspectiva de gloria, acontecimiento que va más allá de toda circunstancia pasajera y transitoria que siempre será relativa frente a la magnificencia de Dios. El apóstol Pedro, en la segunda lectura, nos hace referencia a una experiencia renovada de la presencia de Dios en nuestro caminar, en nuestra propia responsabilidad de trasformar nuestras vidas y nuestra realidad a la luz de nuestro Maestro y Señor. Y, por último, el Evangelio de Marcos, es anuncio de un encuentro de la comunidad con Jesús glorioso que prepara a sus amigos a asumir su Pasión y la Cruz para, luego, participar de la resurrección.

Por otro lado, también hoy para todos los que habitamos esta patria, a la que sin duda la amamos, es un día muy particular, ya que celebramos los 190 años de vida independiente, tiempo en el cual muchos hombres y mujeres nos han precedido con su trabajo y a lo mejor con su propia vida para de esta manera construir días mejores. Además que aquí en nuestro departamento de Cochabamba, seguimos en este bello contexto de verdaderos gritos que evocan y profundizan ansias de libertad.

Por tanto, damos gracias a Dios ya que en esta celebración se entrelazan perfectamente todos estos hechos. La transfiguración ilumina nuestra historia, historia marcada muy claramente, en estos días, por nuestra constante búsqueda de identidad y por tanto de independencia y libertad. Incluso la festividad de Nuestra Señora de Urcupiña, a celebrarse dentro de poco, nos recuerda este hermoso modo de ser de Dios, porque él se manifiesta en lo sencillo, en lo cotidiano, en las personas humildes y que escuchan su Palabra y la ponen en práctica. Él se manifiesta también en nosotros si sabemos reconocerlo como Padre, si lo aceptamos y nos dejamos iluminar, si nos esforzamos en la construcción positiva de nuestra sociedad, si nos preocupamos de ser humildes y sencillos al ejemplo de María nuestra Madre.

La transfiguración del Señor frente a sus discípulos, es la invitación a asumir el compromiso en la transformación permanentemente nuestra historia, en el que hacer cotidiano, donde el Señor nos invita a prestar un servicio efectivo y concreto. Es lo que, de alguna manera, el Papa Benedicto XVI nos lo ha recordado en su última Encíclica: “Caritas in Veritate”, sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad. O lo que el papa Francisco de muchas maneras nos los ha estado remarcando; son tantas y hermosas palabras pronunciadas en su reciente visita a nuestra Bolivia. (Les invito a hacer memoria de aquello).

Los textos que acabamos de escuchar, nos traen un mensaje de optimismo, y de esperanza firme, nos proponen la opción posible de un hombre en permanente renovación, en permanente transformación de cambio positivo, porque la vida y el mundo así lo exigen.

La primera experiencia de los discípulos, ante éste acontecimiento, en la persona de Pedro, es la de querer quedarse en ese lugar, porque se está bien, y esta experiencia es muy natural a todo hombre, pues sus expectativas se hacen realidad, “la de estar bien”. Pero Jesús no es un hombre que con facilidad se queda en un lugar o situación, sino por el contrario está en permanente acción, en constante movimiento, lo cual para todos nosotros es una invitación a caminar siempre hacia adelante, afrontando con valentía, serenidad, todos aquellos desafíos que implican, ver la vida con optimismo, aunque pareciera que no hubiera ninguna posibilidad positiva. Pues es Jesús que, nuevamente baja a la ciudad con sus discípulos, precisamente a anunciar esa nueva y buena noticia a los demás, a construir el Reino de Dios en medio de los hombres, y ese Reino esta en medio de nosotros, y el compromiso de todo creyente es la de construirlo, para ello es necesario hacer una lectura permanente de los acontecimientos de la vida cotidiana desde el mensaje evangélico, que no es ajeno a ningún hombre, que es capaz de despojarse de sus propios intereses, para así descubrir, dentro de sus valores éticos, la presencia del otro, de los otros, de los hermanos, una presencia que no sólo se limita a los más cercanos, sino que tiene en cuenta al conjunto de todo un pueblo, en la riqueza de su diversidad.

En el relato del evangelio se oye una voz, que dice “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, escúchenlo”, hoy esta voz, sigue insistiendo en la escucha, de tantas voces que claman, por una sociedad más justa, en la que cada persona tenga la oportunidad de realizarse plenamente, y tenga mejores condiciones de vida.

No podemos estar ajenos a los grandes desafíos que nuestra patria enfrenta en el inmediato presente: el rumbo que empieza a tomar el país es algo que nos concierne a todos, las decisiones a tomarse en este tiempo son nuestro futuro, este futuro hace que nos manifestemos y, por tanto, actuemos como un pueblo unido construyendo la paz, es decir, el pueblo de Dios que vive a la luz de esta Palabra, a la luz de esta transfiguración, con la fuerza del mensaje que transforma nuestra historia. Por eso creo que como pueblo de Dios estamos aquí para interceder por la paz, por exhortar a dejar los intereses particulares a un lado, de erradicar las posiciones radicales y juntos lograr un equilibrio y una patria más justa, más equitativa, más solidaria y más piadosa.
Seamos capaces de crear un nuevo espacio, actuemos con generosidad, desprendimiento y apertura del corazón y la mente, escuchemos las miles de voces que claman por una Bolivia, que acoja a sus hijos, y les proporcione todas las posibilidades de desarrollarse sin distinción alguna, y así construir una patria libre y próspera.

Por ello, la Palabra hoy nos exhorta a todos y sobre todo a los que tienen mayor responsabilidad, a asumir y conducir con responsabilidad y con auténtico sentido de servicio la construcción de este nuevo contexto sociopolítico. No en vano dice Jesús a sus discípulos: “no teman”, lo dice hoy, de una manera particular a cada uno de nosotros, nos invita a ver la luz y así dejamos iluminar, hoy más que nunca resuena para nuestra patria estas palabras, de no temer y apoyarnos en él, a seguir caminando, esto es posible con el concurso y compromiso de todos.

De todo esto, podría resumir en tres palabras este hermoso y desafiante mensaje: PAZ, AMOR Y LIBERTAD. Que nuestro Dios nos conceda su Paz, nos haga capaces de responder a su amor y así ser hijos suyos para ser verdaderamente hermanos entre nosotros, y agradecer porque Él nos ha creado libres, capaces de construir nuestro mundo y trasformar nuestras miserias.
Finalmente, hago eco de la oración de nuestro pueblo a la virgen María, en la advocación de Nuestra Señora de Urcupiña. Que nos proteja con su manto lleno de amor maternal. Ella sea la intercesora de las bendiciones de Nuestro Señor.
Así sea.

Mons. Oscar Aparicio
ARZOBISPO DE COCHABAMBA