Análisis

Mons. Jesús Pérez: “¿Por qué nos cuesta tanto creer de verdad?”

El sepulcro de Cristo está vacío porque el Señor Jesús resucitó y comenzó una vida nueva y su cuerpo glorioso está en el cielo, sentado a la derecha de Dios Padre, esta expresión no quiere decir que esté sentado en un sillón, cuánto que tiene un poder igual al del Padre todopoderoso, pues es Dios, aunque tenga un cuerpo humano glorioso. Aunque Jesús lleno de gloria esté en cielo, sigue también en medio de nosotros, pues es una promesa de Él. Jesús seguirá en medio de la Iglesia, sobre todo cuando se reúne para orar.

El Señor esté con ustedes, dice el sacerdote al principio de la misa; con ese saludo hace también una oración, el deseo de que se haga viva la presencia de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo en medio de la comunidad reunida en su nombre. Es un saludo que es oración y no se sustituye con “buenos días hermanos”. El evangelio de Juan 20, 11-32, trae las actas de las dos primeras eucaristías celebradas después de la Resurrección. En ambos casos, Jesús se hizo presente y visible en medio de la asamblea o comunidad. Fue Jesús quien tomó la iniciativa. Tomás estaba ausente, por su ausencia se perdió esta gracia.

Desde el día de la Resurrección, este día pasó a ser “domingo”, es decir, el “DIA DEL SEÑOR”, el día consagrado al culto del Padre, como ordena el tercer mandamiento. En la segunda aparición Tomás estaba con sus hermanos, los discípulos de Jesús. Tomás hizo entonces un acto de fe al ver a Jesús, “Señor mío y Dios mío”. Acto de fe en que Jesús, el que fue crucificado, no sólo era el que veía antes, sino que era Dios. Pero, tangamos en cuenta que Tomás al ver a Jesús, no estaba viendo a Dios, pues a Dios nadie le ve. La aparición de Jesús con su cuerpo glorioso le llevó a creer en la divinidad de Jesús de Nazaret

Tomás necesitó ver a Jesús con su cuerpo resucitado para creer. El apóstol Tomás encarna unas actitudes muy actuales y siempre perenne ante la fe: el racionalismo y la comprobación positiva, aplicados al objeto de la fe. Ante las dudas o crisis de fe aflora, incluso en los creyentes, la tendencia a buscar pruebas y seguridades. Advertimos que en el fondo de nuestro ser existe resistencia a creer; eso es lo que provoca la incredulidad de creyente.

El hecho central de nuestra fe es la Resurrección. Este hecho entraña unas serias consecuencias prácticas del “yo no lo comprendo, pero creo”. Por eso surge la tensión dialéctica, no exclusiva del apóstol Tomás, entre fe y razón, fe e incredulidad, fe e inseguridad. Fe y oscuridad. Lógicamente es necesario pedir a Dios la gracia de creer en todos los aspectos de la vida. En general: por ser hipercríticos racionalistas, por miedo al riesgo, por la falta de compromiso y generosidad… En una palabra, por falta de AMOR. Pues en la medida en que tomamos contacto con el dolor y el sufrimiento de los desposeídos, enfermos, humillados, deprimidos… descubrimos al Señor, en sus miembros. Francisco descubrió a Jesucristo en el leproso al que atendió y auxilio en su mal de la lepra.

Sucre, 8 de abril de 2018

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O. F. M.

Arzobispo emérito de Sucre

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