Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Nuestro destino es la vida”

El día 2 hemos celebrado la conmemoración de todos los difuntos. De una manera u otra, creyentes o no, de diferentes formas religiosas y sociales hemos pensado en el más allá, en la vida eterna que ya poseen nuestros seres queridos, los difuntos. Hemos vuelto a reavivar la promesa de Jesús: “el que cree en mí, no morirá para siempre”. Esta es una verdad fundamental de la vida cristiana. Esta vida eterna nos fue dada gratuitamente en el bautismo: “el que cree en mí tiene vida eterna”. Así mismo, la fiesta de Todos los Santos, primero de noviembre, fuimos invitados a celebrar con gozo y alegría de triunfo a todos aquellos que están contemplando el rostro misericordioso de Dios; todos ellos son santos y no solamente los que han sido canonizados o declarados santos. Estas celebraciones del 1 y 2, sin duda, son una ocasión propicia para renovar esa verdad que rezamos en el credo: “creo en la comunión de los santos”.

La esencia del mensaje cristiano está en que la muerte ha sido vencida. El Vaticano nos enseña: “Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no puede calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano”, continúa diciéndonos el Concilio: “mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia aleccionada por la revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz, situado más allá de las fronteras de las miserias terrestres. El evangelio es capaz de transformar la vida del hombre y de cambiar la sociedad. No obstante, su fuerza está orientada hacia la eternidad, a la que ingresamos tras el abrazo de” hermana muerte”, como la llamaba Francisco.

Es muy natural que el pensamiento de la muerte no nos sea muy agradable. Los judíos y los cristianos constatamos cada día la gran incógnita del más allá. Por ello, es muy importante que la visión cristiana de la vida sea también visión cristiana de la muerte. Es de suma importancia dejarse iluminar por la Palabra de Dios. La primera lectura nos narra el valioso ejemplo de una madre, que junto con sus siete hijos, afronta serena y desafiante a la muerte, apoyada en una profunda fe en la resurrección. En el evangelio de Lucas, Jesús discute con los saduceos en la misma perspectiva. El tema central de la discusión no es el matrimonio, ni los ángeles, sino la vida eterna. Esta vida eterna, regalo de Dios, será fruto de lo que se haya hecho ahora, en nuestra vida terrena. Dios nos ha preparado un destino eterno, de vida, porque Dios, es” Dios de vivos y no de muertos”. Lo que más adentro lleva cualquier humano es la aspiración de la inmortalidad; por eso se resiste a morir. Los cristianos sabemos que por la revelación que nos hace la Palabra, que nos espera la resurrección y la vida. Jesús no nos explica cómo es esa vida eterna, pero nos dice: “Ya no pueden morir, seremos como los ángeles”. La muerte no tiene la última palabra, ni es el final de la existencia. Esta es la fe de la Iglesia: “nosotros hemos pasado de la muerte a la vida; lo sabemos porque amamos a los hermanos” (1 de Juan 3,14).

Sucre, 6 de noviembre de 2016

Fray Jesús Pérez Rodríguez, 0.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre