Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Dios opta por la vida”

”Dios no hizo la muerte”, nos enseña el libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2,23-25, que es la primera lectura de la eucaristía de este domingo. En los planes de Dios, Señor y Dueño de la vida, no existía la idea de la muerte, sino que fue consecuencia del pecado de la primera pareja humana, al inicio de la creación. Fue el hombre el que volvió la espalda al plan de Dios, por la envidia de Satanás. Cuesta imaginar que los hombres hubieran podido ser inmortales. Así mismo, que todos los que alguna vez nacieron hubieran podido permanecer sobre la tierra. El plan de Dios era que la persona pasase de este mundo a la vida definitivamente sin tener angustia, dolor, enfermedad y muerte. Así estaba programada la vida en el paraíso.

El evangelista Marcos 5, 21 – 45, en el evangelio de este domingo, nos narra dos milagros de Jesús, intercalados el uno en el otro, y los dos realizados a beneficio de dos mujeres, una que va perdiendo la vida por las hemorragias incurables y, la otra, que estaba llegando a la edad de dar. Jairo, jefe de la sinagoga, le pide humildemente que cure a su hija. Mientras iba de camino a la casa de Jairo, se le acercó una mujer que sufría por hemorragias que le estaban llevando a la muerte, y queda curada, “inmediatamente” con sólo tocarle el manto, llena de fe. Jesús alaba la fe que le llevó hasta él. Acompañaron a Jesús en este milagro, los tres discípulos que después en el monte Tabor y más tarde en el Huerto de Getsemaní, estarían con él.

Esta fuerza salvadora sigue emanando de Jesús, el Salvador, el Redentor de todos. Lo hace sobre todo a través de la Iglesia, en los sacramentos y con su Palabra. El Catecismo de la Iglesia -fuente de formación cristiana-  nos presenta los “sacramentos como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo, siempre vivo y vivificante. Los sacramentos son acciones del Espíritu Santo que actúan en su Cuerpo que es su Iglesia, las obras maestras de Dios, en la nueva y eterna Alianza (Catecismo de la Iglesia 1116).

Dios quiere la vida y no la muerte. Dios ama la vida. La vida emana de Él. Que lo diga la enferma curada con sólo tocar su manto. Dios que ama la vida bendice especialmente a quienes tratan de defenderla desde el momento de su concepción hasta la muerte natural. Dios bendice a los que con generosidad dan vida y a los que la hacen crecer. Dios bendice a quienes tratan de hacer más agradable la vida de los demás, acompañando, compartiendo. Todos tenemos el privilegio y el deber de dar vida a diario, cuando damos una sonrisa, una palabra alentadora, una ayuda material o espiritual, un pequeño gesto de amor. Por ello, les invito a hacerse estas preguntas: ¿Respetamos suficientemente la vida? ¿No estamos haciendo innecesariamente dura la vida de alguien? ¿No habrá alguien que esté necesitando que le demos un poco de nuestra vida? ´

Sucre, 1 de julio de 2018

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre

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