Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: CARTA A LOS SACERDOTES

Queridos hermanos:

En el día en que Cristo instituyó la Santa Eucaristía y el sacerdocio ministerial, me dirijo a ustedes, hermanos presbíteros, con gran alegría y profundo agradecimiento.

Cristo, el Buen Pastor, nos enseña cada día cómo ser pastores del pueblo santo de Dios, pero especialmente en este día del Jueves Santo, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1).

Es un día grande y sumamente evocador, para todos nosotros, elegidos por Cristo, y consagrados por la imposición de manos del obispo. Jueves Santo es nuestra fiesta, la fiesta de los sacerdotes. Recordamos que Cristo nos hizo participar de su sacerdocio.

Me siento cercano a ustedes, tanto en la relación humana como en la sacramentalidad del sacramento recibido. Por ello, siempre con afecto en Cristo les invito a recibir el don recibido y a valorar la vocación y gracia recibida del Señor. Y, especialmente, en este día de Jueves Santo procuremos sentirnos unidos en Cristo y por Cristo.

Hemos vivido el 2009 al 2010 el Año Sacerdotal, recordando la figura extraordinaria del Santo Patrono de los Párrocos, San Juan María Vianney. Ha sido un año de bendiciones, pero también de cuestionamiento ante el modelo de ministerio que el Santo ha vivido.

Quiero que sigamos teniendo muy presente al Santo Cura de Ars en nuestras vidas. Y, como decía Juan Pablo II, “hoy mas que nunca tenemos necesidad de su testimonio y de su intercesión, para afrontar las situaciones de nuestro tiempo en que, a pesar de algunos signos esperanzadores, la evangelización está dificultada por una creciente secularización, descuidando la ascesis sobrenatural, perdiendo de vista las perspectivas del Reino de Dios, y donde a menudo, incluso en la pastoral, se dedica una atención demasiado exclusiva al aspecto social y a los objetivos temporales”.

En este siglo XXI, como en los tiempos de San Juan María Vianney, necesitamos sacerdotes que imitándole vivan con gran celo pastoral el ministerio confiado el día de la ordenación, llenos de un gran amor a Dios y a los demás. Bellísima oración la del Santo: “oh Dios mío, prefiero morir amándote que vivir un solo instante sin amarte… Te amo, mi divino salvador, porque has sido crucificado por mí… porque me tienes crucificado para ti”.

El Santo Cura de Ars es modelo de confesor. Un sacerdote con celo pastoral dedica parte de su tiempo al ministerio del sacramento de la reconciliación. Es una señal clara de buen sacerdote el dedicar prioridad al ministerio de la reconciliación sobre otras actividades. Pienso que el presbítero que no se ha dedicado al ministerio de la misericordia ha perdido el poder saborear uno de los momentos más consoladores como pastor.

Queridos hermanos, el don del sacerdocio ha marcado nuestras vidas y nos exige como a Cristo dedicarnos a la salvación de nuestros hermanos. Por ello, acudamos cada día a la fuente de la propia identidad, ésta no es otra que Cristo. “No es el mundo quien debe fijarle su estatuto o identidad según las necesidades o concepciones de las funciones sociales”.

Es necesario en este día volver a valorar nuestra identidad. Hemos sido ordenados para ser ministros de Cristo y de su Iglesia y, así servir al pueblo, pero actuando siempre en nombre de Cristo Cabeza. Nuestra identidad se manifiesta cuando sembramos o irradiamos el amor a nuestros hermanos que Cristo nos ha dado maravillosa y gratuitamente con el poder de santificar, dirigir, enseñar y custodiar los misterios del Señor, siendo fieles administradores de los signos de la salvación.

Les invito a leer la exhortación hecha plegaria con la que Benedicto XVI concluyó el jueves 10 de marzo en el aula de las Bendiciones, la “lectio divina” durante el encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma que se encuentra en internet y lleva por título: “para ser cada vez más testigos y no sólo maestros”.

Con gran afecto y con todo el corazón les saludo deseándoles el gozo de la Pascua de Jesucristo. ¡Felicidades, en nuestro día!

Jesús Pérez Rodríguez O.F.M.

ARZOBISPO DE SUCRE