Análisis

Mons. Jesús Pérez: “Aunque no se note, la semilla crece”

La vida tiene un ritmo propio con plazos que no se pueden acortar y tiene sus misterios, que superan nuestra capacidad de actuar. Nuestro organismo es una fábrica incansable de substancias cuya producción desafía a la técnica. No sabemos cómo, pero se da. De manera semejante, no vemos el crecimiento del niño, sobre todo, cuando está cerca de nosotros. Pero el niño crece, como crece una planta, como crece todo lo que vive. Crece silenciosamente, sin estruendos ni alharacas, así también crece la gracia que hemos recibido en el bautismo.

En el evangelio de hoy, Marcos 4, 26-34, Jesús quiere serenarnos. Aunque no se note, la semilla crece. Es más, no hay que molestar ese crecimiento, escarbando la tierra, para averiguar si la semilla brotó o no, o para ver cuánto falta para que las primeras hojas rompan la tierra y asomen a la luz. Esa ansiedad puede ser contraproducente, y dañar el proceso de su germinación.

La parábola nos ayuda a entender cómo conduce Dios nuestra historia y la vida de cada uno. Si olvidamos su protagonismo y la fuerza intrínseca que tiene la palabra, los sacramentos y la gracia, nos pueden pasar dos cosas: si nos va bien, pensamos que es mérito nuestro, y si nos va mal, nos hundimos. El día del bautismo se depositó en cada uno de nosotros una semilla de fe, esperanza, amor y la gracia divina de hijos de Dios.

Cada comunión acrecienta la siembra. No siempre se nota el crecimiento. Pero, a pesar de las preocupaciones, sonreímos al vecino, y nos damos tiempo para escuchar sus problemas, ponemos empeño en nuestros trabajos, decimos una palabra buena a quien la necesita. Esto y otras cosas sencillas y pequeñas, que uno ni siquiera nota, pero reflejan la vida que va creciendo. Así vamos madurando lentamente. Cada día podemos estar muy cerca de Dios, aunque sigan las dificultades, las tentaciones, los problemas, los pecados.

Hay que recordar lo que el apóstol Pablo nos dice: “Yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien hace crecer” (1ª. Corintios 3,6). La semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera depende de que los calendarios señalen su inicio. Así la fuerza de la Palabra de Dios viene del mismo Dios. No de nuestra pedagogía, aunque ésta tenga que cuidarse. No olvidemos nunca, el verdadero agricultor es Dios. Esto nos hace ser humildes, aunque sigamos trabajando con entrega generosa. La semilla tiene su ritmo, el ritmo de Dios. Hay que tener paciencia, como tiene el agricultor. Nosotros, lo que tenemos que hacer es colaborar con la fuerza misma de Dios que ha derramado en nuestros corazones. Dios nos sigue llamando a construir el Reino, no perdamos el ánimo.

Sucre, 17 de junio 2018

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre

[Imagen: Internet]