Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: ADVIENTO, ESCUELA DE ESPERANZA

Queridos hermanos y hermanas: Paz y Bien.

Mientras no pocos miran hacia el fin del año, los discípulos de Jesús, iniciamos un tiempo particular: el comienzo del Año Litúrgico y el Adviento. Ponemos atención, espera, interés en el que vino y en el que vendrá al final de la historia de la salvación. Por esto oramos llenos de esperanza, “VEN, SEÑOR JESÚS”.

El Año Litúrgico está instituido por la Iglesia a modo de un sacramental, con la finalidad que los misterios de Jesucristo, nuestro Salvador, puedan ser mas inteligibles y asequibles a todos los cristianos. Por ello, es necesario percatarse de los grandes beneficios espirituales que se nos ofrecen a través de la liturgia y de las prácticas de la religiosidad popular.

En el Adviento hablamos de las tres venidas de Cristo. Los textos de la liturgia se refieren indistintamente a las tres venidas del Señor Jesús: la primera venida, la que recordamos en Navidad; la venida mística a cada persona y la venida futura, la cual se tendrá al final de los tiempos.

Cristo ya vino, al nacer en Belén. Es esta venida en carne mortal, “el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14), la que da un colorido singular al tiempo de Adviento. Este tiempo está destinado a la preparación de la celebración vivencial del Nacimiento de Cristo, el único Salvador.

La Liturgia es muy expresiva en subrayar con las imágenes del Adviento del Antiguo Testamento, lo que significa la presencia humana de Dios en Jesús de Nazaret. “En aquel día los montes destilarán dulzura y de los collados fluirá leche y miel” (Jl 3,18).

La venida mística al alma. La celebración de la Navidad, la presencia humana de Dios, no se reduce a una simple conmemoración histórica. La liturgia busca dar actualidad a los grandes misterios de la salvación, a hacerlos más fecundos en cada persona.

Los discípulos de Jesús centramos nuestra mirada en una Persona viva, siempre presente, éste es Cristo. Jesucristo es la gran respuesta de Dios a los deseos más profundos y también a las preguntas de la humanidad.

El Adviento no es esperar un Nacimiento que ya hubo hace dos mil años. Tampoco nos preocupa el próximo fin del mundo. Lo que buscamos es llegar a vivir la venida de Dios en nuestras vidas, en la celebración de la Navidad, en conseguir ser auténticos cristianos en todo nuestro quehacer.

Jesús nace para salvarnos y cada cristiano está llamado a vivir en sí la salvación y a trabajar para que ésta llegue a cada uno y a la sociedad. La obra de la salvación integral, iniciada en la Navidad primera, debe seguir creciendo hasta el final de la humanidad. El Reino de Dios ya está en el mundo, “el Reino de Dios está dentro de ustedes” (Lc 17,21).

La venida al final de los tiempos. El Nacimiento místico de Cristo en el alma de cada uno es un proceso de la fe, de la vida nueva en Él. No todos los cristianos llegan al mismo punto de madurez. Cuando Cristo vuelva nos examinará del amor, de nuestra relación con Él y con los demás.

Esta venida de Cristo, se realizará en dos fases. Habrá el momento del encuentro personal en el instante en que muramos y, otro, el encuentro comunitario del Juicio final. Por ello, el apóstol Pablo les invita a los cristianos de Corinto a prepararse para cuando tengan que presentarse ante “el tribunal de Jesucristo Nuestro Señor” (2Cor 5,10).

El evangelio del primer domingo de Adviento, Marcos 13,33-37, nos invita a mirar y esperar atentamente el final de los tiempos.

No hay duda, la celebración de la Navidad, la primera venida y, el recuerdo de la segunda venida, son un requerimiento a despabilarse, a sacudir la pereza espiritual, a vivir en vigilancia.

El Adviento es como un despertador espiritual. A nadie le resulta agradable que lo despierten. Pero Jesús nos invita a vivir vigilantes, “se lo digo a todos: ¡velen!” (Mc 13,37). Es un toque de atención para la vigilancia.

Vigilar quiere decir vivir atentos al Señor que vino, que viene y que vendrá. Vigilar es mirar al futuro. Vigilar es percatarse de que no sabemos cuando el Señor llegará. Y, no lo dudemos, Dios puede venir a cualquier hora, cualquier día, a la mañana, al mediodía, al atardecer. Para Jesús no es importante saber el día, ni la hora, sino que estemos preparados, bien dispuestos a recibirle.

El Adviento es un tiempo para reavivar la esperanza. El Adviento es una escuela de esperanza. Las páginas optimistas del profeta Isaías, gran maestro del Adviento, no deberíamos verlas como utópicas o irrealizables. Sin duda, no es una descripción de lo conseguido, sino un anuncio del proyecto de la Salvación que Dios ofrece a la humanidad.

La preparación a la Navidad debe incluir indispensablemente el esfuerzo por crear un ambiente de paz. La Noche buena, la Navidad, es fiesta de paz. Sobre todo la paz interior, la paz de la unión con Dios, la paz en el hogar y en toda vivencia con los demás. Paz con la naturaleza, usando bien todo lo que el Señor nos ha regalado.

Con María, “Madre de la esperanza” esperemos a Jesús, su Hijo único y pidámosle que aprendamos a esperar y a saber pedir como el mismo Señor Jesús nos enseñó, “venga a nosotros tu Reino” (Lc 11,2; Mt 6,10).

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE