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Mons. Gualberti:Ningún esfuerzo y sacrificio, para preservar la vida, estará por demás, ante rebrote de COVID

Desde la Basílica Menor de San Lorenzo – Mártir Catedral, este cuarto domingo de adviento y ante el inicio de las campañas electorales, que han ocupado los primeros titulares de los medios de comunicación, Mons. Sergio Gualberti pide no dejar en la sombra la gravedad del momento que estamos viviendo por la pandemia. ¡Basta de descuidos y superficialidades!, seamos corresponsables los unos de los otros, cumplamos con esmero las medidas sanitarias y de bioseguridad y evitemos todo lo que puede favorecer el contagio. Ningún esfuerzo y ningún sacrificio, para preservar la vida y la salud, estará por demás, dijo el prelado.

Así mismo el prelado dijo que en estos días, en que la segunda oleada de la Pandemia del COVID está expandiéndose exponencialmente y con renovada virulencia, estamos llamados a decir nuestro sí al Dios de la Vida.

El Arzobispo afirmó que nuestra vida y la de los demás es un don de Dios a preservar con total esmero y del que un día debemos rendirle cuenta.

Así mismo recalcó que esto implica, de parte de todos nosotros, dar la prioridad absoluta a la defensa de la vida, por encima de los intereses personales, económicos, sociales y políticos.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

4to. Domingo de Adviento, 20/12/2020

Los textos bíblicos de este último domingo de Adviento nos hablan de la llegada inminente del Salvador en nuestra historia personal y de la humanidad. La primera lectura nos presenta al profeta Natán que, en nombre de Dios, hace una promesa al rey David: “Yo elevaré después de ti a uno de tus descendientes… y afianzaré su realeza. Seré un padre para él, y él será para mí un hijo”. David, ya bien establecido como rey de Israel, había manifestado al profeta su deseo de construir una casa del Señor, pero Natán le comunica que más bien será Dios mismo que, con amor de Padre, elegirá y afianzará la realeza de sus descendientes encomendándoles una gran misión: “Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia”.

Y el evangelio nos presenta al ángel Gabriel que es enviado por Dios para anunciar a la Virgen María, con palabras de esperanza y alegría, que ha sido elegida para ser la madre de su Hijo, el que cumplirá en plenitud la promesa hecha al profeta Natán: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo…  No temas, concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.

Es significativo que la Buena noticia de este extraordinario y misterioso evento se realice en la cotidianidad e intimidad de un humilde hogar de Nazaret, en el diálogo del ángel Gabriel con la joven aldeana María. Pero esta es la manera de Dios que elige lo pequeño y descartado del mundo para hacer grandes cosas. “No temas”.  La llegada del Señor en nuestra vida, como por María, nos puede sorprender y despertar temor y dudas. Sin embargo, Él nos asegura que viene a hacerse cercano a nosotros, para traernos la salvación; por eso debemos confiar en él.

El Señor nos habla de mil maneras, en el silencio de una iglesia o en una celebración y oración de la comunidad, pero también en los acontecimientos de cada día, en nuestro hogar, en encuentros con personas, en el trabajo, en la profesión y en los eventos de la historia.

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre”. El niño que María dará a luz, es un descendiente del rey David, enviado por Dios a establecer la nueva Alianza, después del fracaso de la primera alianza con el pueblo de Israel. Sin embargo, la nueva Alianza no se refiere a un reinado terrenal como él de David, no es de carácter político, es la alianza espiritual y eterna ofrecida a todas las naciones del mundo.

“Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo”. Jesús, es el verdadero Hijo del Altísimo que ha asumido nuestra naturaleza humana para salvar a la humanidad entera que estaba sumida en las tinieblas del pecado y de la muerte. Él se ha hecho uno de nosotros para instaurar el reinado de amor, de gracia y de vida del Padre, que no se impone con la fuerza ni se establece sobre las ambiciones humanas del poder, la gloria y el prestigio.

Jesús, en múltiples ocasiones de su ministerio público, manifestó su comunión total y su relación única de Hijo con su Padre; se retira en lugares solitarios para orar y estar con él: “Yo y el Padre somos uno”. Con estas palabras Jesús nos revela que Él y el Padre son uno y comparten la misma voluntad y el mismo designio de salvación. Con la encarnación del Hijo de Dios, se hace realidad lo que dice San Pablo a los Romanos: “el misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad va a quedar revelado”. Es el misterio del Emanuel, el “Dios con nosotros”, gracias al cual hemos sido constituidos hijos de Dios, partícipes de la gracia divina.

A ese anuncio sorprendente del ángel Gabriel, María responde: “Hágase en mí según tu palabra”, María dice sí a Dios, acepta ser la madre de su Hijo, un sí por toda la vida, una opción total por él y por su misión. El sí de María es unaexpresión evidente de su fe inquebrantable en Dios, aunque era consciente que ese paso podía acarrearle el abandono de parte de José, su prometido, y la marginación e incluso la lapidación de la sociedad. Ella cree en Dios y abandona todo su ser, su futuro y su vida en sus manos providentes. Su fe no viene a menos ni siquiera en los momentos más dramáticos y tristes de la vida de su hijo, como en la hora de su muerte sangrienta en la cruz.

En la cruz, el sí de Jesucristo y el sí de María se encuentran, haciendo posible el cumplimiento del plan de salvación de Dios, en el que la humanidad entera es liberada de la esclavitud del pecado y de la muerte, y es reconciliada en el amor del Padre.

En esta nueva realidad, la virginidad de María asume un nuevo y pleno sentido, es la expresión de su fe y su disponibilidad a entregar toda su persona y vida a la voluntad de Dios. El sí de María es, para nosotros, un llamado a confiar en el Señor, como ella, a decir nuestro sí su hijo a Jesucristo y a la Buena Noticia del reino de Dios. Un sí que se concreta en la escucha de la palabra de Dios y en el cumplimiento de sus designios en nuestra vida.

Un sí que nos compromete a luchar en contra de las potencias del mal que se manifiestan en nuestra vida personal, familiar, comunitaria y social, a través del odio y el rencor, la injusticia y la opresión, la violencia y las guerras, la indiferencia y el no-importismo, en otras palabras, luchar en contra de todo lo que altera el orden armonioso de Dios basado sobre la verdad, la libertad, la justicia y el amor.

Nuestro sí, como él de María, tiene que ser un sí generoso y por toda la vida, un sí que nos empuja a actuar con fidelidad y firmeza por la manifestación del Reino de Dios ya ahora en nuestra historia cotidiana, mientras esperamos la venida definitiva de Cristo en la gloria.

 En estos días, en que la segunda oleada de la Pandemia del COVID está expandiéndose exponencialmente y con renovada virulencia, estamos llamados a decir nuestro sí al Dios de la VidaNuestra vida y la de los demás es un don de Dios a preservar con total esmero y del que un día debemos rendirle cuenta. Esto implica, de parte de todos nosotros, dar la prioridad absoluta a la defensa de la vida, por encima de los intereses personales, económicos, sociales y políticos.

En estos días, se ha notado que la campaña electoral ha ocupado los primeros titulares de los medios de comunicación, lo que ha puesto en la sombra la gravedad del momento que estamos viviendo por la pandemia. Basta de descuidos y superficialidades, seamos corresponsables los unos de los otros, cumplamos con esmero las medidas sanitarias y de bioseguridad y evitemos todo lo que puede favorecer el contagio. Ningún esfuerzo y ningún sacrificio, para preservar la vida y la salud, estará por demás.

En este compromiso, hemos establecido en nuestra Arquidiócesis que la Misa de gallo en la noche Santa de Navidad, será celebrada en todas las parroquias no más tarde que las 20.00 horas cumpliendo con todas las restricciones establecidas por las respectivas autoridades.

Pidamos al Dios de la vida que nos acompañe y proteja para que podamos celebrar una Navidad en armonía, serenidad y paz en nuestras familias y nuestras comunidades. Amén.

Fuente: campanas