Destacadas Santa Cruz

Mons. Gualberti: “Sólo el perdón puede apagar la sed de venganza y abrir el corazón a una reconciliación auténtica”

Homilía de Mons. Sergio Gualberti

Septiembre 13 de 2020

Sólo el perdón puede apagar la sed de venganza

 

En la palabra de Dios de este domingo, sobresale el tema del perdón, un principio esencial en nuestra vida cristiana. La primera lectura tomada del libro del Eclesiástico inicia con una condena radical: “El rencor y la ira son abominables, ambas cosas son patrimonio de los pecadores”, seguida  de un llamado: Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados”.  Estas frases lapidarias, nos indican claramente que los cristianos, ante las afrentas que podemos recibir en nuestra vida, debemos perdonar y no reaccionar con violencia y cultivando el espíritu de revancha y el odio.

Para fundamentar estas afirmaciones, el texto bíblico nos pide pensar en la fragilidad y caducidad de la condición humana y en el juico divino que nos espera al final de nuestra vida: “Acuérdate el fin, deja de odiar, piensa en la muerte… y no guardes rencor a tu prójimoSi un simple mortal, guarda rencor: ¿Quién le perdonará sus pecados”. Obstinarnos en el rencor y en la ira, además de ser un pecado grave, nos impide recibir el perdón de Dios, porque estamos desconociendo nuestra condición de pecadores.

Dios nos pide perdonar siempre y de todo, porque Él no es un juez iracundo y cruel, por el contrario es un Padre misericordioso siempre dispuesto a perdonarnos. Lo hemos proclamado en el Salmo: “El Señor es bondadoso y compasivo… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”. No sería coherente que nosotros queramos recibir el perdón sin medida de parte de Dios y no perdonemos a los que nos ofenden. Este mensaje del Eclesiástico es un anticipo de la misión de Jesús quien vino a anular definitivamente la ley del “talión”, la norma estricta del “ojo por ojo, diente por diente” que regulaba la administración de la justicia en Israel. Jesús nos transmite esta misma enseñanza con la parábola de los dos deudores insolventes, poniendo de relieve que delante de Dios no hay persona que esté libre de débito, y que por tanto debemos saber perdonar y recibir el perdón.

Por cierto, no faltan quienes ven al perdón como una muestra de debilidad o como algo opuesto a la justicia; sin embargo, para nosotros cristianos, perdón y justicia van unidos como el único camino para la reconciliación y la paz, porque, como dice el Papa Francisco: “ La justicia de Dios es su perdón … La justicia humana solamente limita el mal, no lo vence, no lo hace desaparecer. La justicia divina, en cambio, supera el mal contraponiéndolo al bien”. Jesucristo nos dio el ejemplo contraponiendo su perdón al odio de los que lo crucificaban: “Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen”.

Bien sabemos que es difícil perdonarhace falta valentía y la conversión del corazón, no ceder ante nuestro orgullo y rencor, detener el odio y estar dispuestos a perdonar al enemigo por muy inhumano que sea, o por muy grave que haya sido la ofensa. Si Dios, en su infinita misericordia, tiene compasión de nuestras miserias, ¿no debemos hacer nosotros lo mismo en relación con nuestros semejantes?

Sólo el perdón puede apagar la sed de venganza y abrir el corazón a una reconciliación auténtica y duradera a nivel personal, familiar, social y entre naciones.  El perdón no se improvisa, hay que aprender a perdonar desde una decisión personal contraria al instinto incontrolado de devolver mal por mal y cumpliendo lo que Jesús mismo nos enseñó con la oración del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Aprender a perdonar, primeramente, en el ámbito de nuestra vida familiar, donde rigen los lazos de amor, donde los contactos cercanos entre personas son más frecuentes y más intensos. Es en el hogar que, en primer lugar, debemos aprender a perdonar las ofensas recibidas.

En las distintas etapas de la cuarentena del COVID19, como nunca, se han tenido contactos estrechos entre familiares y se han vivido lindos momentos de ayuda mutua y solidaridad y se han compartido con amor sufrimientos y angustias. Sin embargo, también se han podido dar la falta de diálogo, incomprensiones, muros de silencio, tensiones y ofensas que han suscitado dolor en lo hondo de los corazones.

En una situación de relaciones tensas e incomprensiones en la familia, sería de gran ayuda recordar las palabras muy sabias que el Papa Francisco ha expresado en varias oportunidades, invitando al perdón: “Nunca terminen el día sin hacer las paces, al menos con un gesto”. No hay que tener miedo en pedirse perdón entre esposos, entre padres e hijos y entre hermanos, porque el perdón suaviza y borra los errores y los malos momentos.

Tenemos que ser humildes y valientes al mismo tiempo, y pedir perdón cuando ofendemos a alguien, pero también tenemos ser misericordiosos perdonando a quienes lo soliciten, para restablecer relaciones serenas y armónicas. Se han conocido experiencias de personas que, habiendo pasado peligros graves y muy traumáticos en su vida, como el contagio del COVID, al reintegrarse al los quehaceres cotidianos han pedido perdón a sus familiares por sus errores pasados y su mala conducta, por haberlos hecho sufrir con su actitud egoísta y haberse descuidado de ellos.

El perdón y la reconciliación deben regir también las relaciones al interior de la familia más grande, la Iglesia, reconociéndonos todos pecadores y necesitados del amor y  la misericordia de nuestro Padre, reconciliándonos entre nosotros y perdonando a los hermanos a ejemplo de Jesús. Es lo que hacemos, en comunidad, con el acto penitencial al inicio de cada celebración eucarística.

También debemos practicar el perdón y buscar la reconciliación en nuestra sociedad, necesitamos reconocer que se han descuidado ámbitos vitales como la salud, la educación y todos los bienes que hacen la riqueza de un pueblo. También necesitamos pedir perdón por los viejos rencores, odios, venganzas, confrontaciones y prejuicios entre regiones, sectores y grupos que todavía subsisten en nuestra sociedad y que se manifiestan particularmente en este tiempo pre-electoral.

La palabra de Dios hoy nos dice que nosotros podemos vencer los errores del pasado y avizorar el futuro con esperanza, solamente si somos un pueblo reconciliado, unido y comprometido por el bien común, la solidaridad y la paz. Pidamos confiados este don a Dios, Él que “es bondadoso y compasivo… perdona las culpas, y cura todas las dolencias; rescata la vida del sepulcro, la corona de amor y ternura”. Amén

Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

 

Con informaciones de Campanas- Iglesia Santa Cruz – Diakonia Multimedia Bolivia