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Mons. Gualberti: “Dios mira el corazón de las personas y no las apariencias”

Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de lka Arquidiócesis de Santa Cruz, en su homilía de este domingo se refirió al “relato ejemplar” de Jesús en el Evangelio con la breve parábola del fariseo que representa a los supuestos justos y un publicano a los pecadores.

Así mismo hablo de la oración que es “la mejor manera para presentar nuestra vida y problemas al Señor, pero también la vida y los problemas de los demás y de la sociedad”, afirmó.

A continuación les presentamos la Homilía completa de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Arquidiócesis de Santa Cruz de la Sierra:

 

DOMINGO 23 DE OCTUBRE DE 2016

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que se dirige a unos destinatarios bien identificados: “unos que se tenían por justos y despreciaban a los demás”. Jesús lo hace con un “relato ejemplar”, una breve parábola, donde un fariseo representa a los supuestos justos y un publicano a los pecadores.

Los fariseos, eran observantes estrictos de la ley de Moisés, aunque era más una observancia exterior y legalista, y gozaban de mucha estima en la sociedad judía. Por eso, en general eran muy presumidos y se atribuían el derecho de dar lecciones a los demás.

Los publicanos, ejercían una de las ocupaciones consideradas malditas por el pueblo de Israel y eran considerados impuros, ladrones y pecadores públicos, porque cobraban los impuestos a favor de los romanos, paganos y opresores del pueblo judío.

Jesús presenta a los dos hombres que suben al templo para orar: El fariseo, ora en posición erguida, confiado en su actuación y en la buena fama de la que goza en la comunidad, bendice y agradece a Dios jactándose de ser una persona justa y no como el publicano ni como los demás hombres que son “ladrones, injustos, adúlteros”. Él se siente seguro ante Dios y se engríe de ser un creyente modelo porque cumple con todos los preceptos de la ley de Moisés, incluso va más allá, pues ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que posee.

Supuestamente el fariseo ha subido al templo a orar, en realidad su actitud denota hipocresía, sus palabras no son una oración, sino exactamente el contrario, él no alaba a Dios, sino a si mismo, no dialoga con Dios, hace un monólogo en el cual esgrime con arrogancia sus propios méritos, esfuerzos y obras, para que Dios confirme su bondad y avale su conducta, como si el mismo fuera autor de la propia salvación.

El publicano, por su parte, “se mantiene a distancia y no se atreve siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpea el pecho”.

Estas actitudes exteriores revelan la interioridad y las intenciones de este hombre: el no se atreve a acercarse, se queda lejos, pues se considera pecador, lejano de Dios a causa de su oficio. No se siente digno de dirigirse al Señor, por eso ni siquiera alza los ojos al cielo, se golpea el pecho y expresa su arrepentimiento y culpa. Su oración es más breve que la del fariseo, no necesita muchas palabras: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”. Sabe que su conducta es mal y que no tiene nada de qué gloriarse ante el Señor, se fía de únicamente su misericordia.

El comentario final de Jesús es lapidario. Invierte totalmente la seguridad del fariseo y la mentalidad común según la cual éste merecía la salvación por ser observante de la ley, mientras que al publicano, por ser pecador público le esperaba la condena eterna: “Les digo que el publicano bajó a su casa justificado con Dios, y el fariseo no. Porque el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (v. 14).

EL publicano es “Justificado”, “declarado justo ante Dios a través del juicio divino”, es decir, recibe el perdón del Señor y la remisión de los pecados, mientras que el fariseo vuelve más pecador. Dios se manifiesta como fuente de misericordia, como aquel que está siempre dispuesto a salvar gratuitamente a los pecadores, con tal que reconozcan sus pecados y pidan perdón, mientras que cierra su corazón a los orgullosos y soberbios.

Dios, contrariamente a nuestra mentalidad corriente, mira al corazón de las personas, a su interioridad, a los valores auténticos y no a las apariencias y a nuestros títulos, como nos testimonia la primera lectura del libro del Eclesiástico:

“Dios es juez y no hace preferencia entre personas: no se muestra parcial contra el pobre“. Dios es el juez justo e imparcial, y si tiene un trato preferencial, es solo en favor de los pobres, los humildes, los oprimidos y las víctimas de una sociedad excluyente, porque éstos no tienen a nadie que los defienda. El Señor siempre está presto a atenderlos: “escucha la súplica del oprimido, no desoye la plegaria del huérfano, ni a las quejas que expone la viuda”. La misericordia es la manera particular de ejercer la justicia, ante la cual ningún obstáculo puede interponerse: “la súplica del humilde atraviesa las nubes… hasta que el Altísimo interviene para… hacerles justicia”.

A este Dios misericordioso se abandona el apóstol Pablo al final de su misión, encerrado en la cárcel, como testimonia su conmovedor testamento. El, con tres imágenes, hace una relectura de toda su vida y ministerio de apóstol:

– Su vida es como un sacrificio ofrecido a Dios, ha servido y entregado su existencia a Jesús y el Evangelio, hasta el martirio,

– como un duro combate que está por concluir, combate al servicio del Evangelio de la salvación, la verdad, la vida y el bien,

– como una larga carrera que alcanza la meta, el punto final.

Aún habiendo pasado por tantas dificultades y peripecias, y abandonado por todos: “en mi primera defensa ante las autoridades nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron”, Pablo puede afirmar: “He conservado la fe”. Solo la confianza plena en Dios, le ha dado el valor de luchar y seguir adelante: “Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerza…” Y ahora ya está preparada para mi la “corona de justicia, que el Señor, justo juez me dará en ese Día”, para participar de la gloria del Señor. Y añade unas palabras alentadoras para nosotros: “Y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación“.

Qué alegría: a nosotros también nos espera la “corona de justicia”.

El camino está trazado: es el camino de Pablo que se convirtió de perseguidor a apóstol, camino de humildad que nos hace reconocer nuestra condición pecadora, que nos hace confiar en la justicia de Dios que es misericordia y no en nuestros presuntos méritos, hacia el cual elevamos nuestras oraciones confiadas a él.

La oración del fariseo es la expresión de lo que hay en su corazón, por eso al orar, debemos examinarnos como es nuestro corazón, evaluar los pensamientos, los sentimientos y extirpar la arrogancia y la hipocresía. En nuestro mundo tan distraído y bullicioso, hace falta hacer un poco de silencio en nuestra vida para entrar en el íntimo de nuestro corazón, para dejarnos encontrar por el Señor, escuchar su Palabra y reconocernos necesitados de perdón.

La oración es así la mejor manera para presentar nuestra vida y problemas al Señor, pero también la vida y los problemas de los demás y de la sociedad. En estos días hemos asistido a manifestaciones de repudio por el aumento de la criminalidad en contra de la mujer en varios países del mundo y lamentablemente también en nuestra ciudad. Es urgente que nuestra sociedad tome consciencia de la gravedad del delito, que requiere no solo una protección policial más efectiva, sino medidas que vayan a la raíz del problema. Hace falta desterrar la cultura machista desde la familia y en todos los ámbitos de la sociedad, y trabajar para que se reconozca la paridad de los derechos y de la dignidad de la mujer.

Los cristianos tenemos que ser parte de este compromiso y también elevar nuestras oraciones para que Dios ilumine y sostenga nuestros esfuerzos al servicio de la vida y del amor.

Que las palabras de San Pablo que hemos escuchado se vuelvan esta mañana nuestra oración: “He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe y me espera la corona de justicia”. Amén