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Mons. Flock: “tenemos que aprender a escuchar a Jesús”

En este Segundo Domingo de Cuaresma, Mons. Robert Flock, Obispo de San Ignacio de Velasco, en su reflexión dominical nos invita a escuchar a Jesús “para no pensar como los paganos de este mundo, quienes creen solucionar los problemas con leyes y decretos que no cambian corazones, con una dictadura interminable, con el genocidio abortivo, con la violencia de la turba, con el fuego y azufre de la revolución armada”.

A continuación la Homilía completa de Mons. Robert Flock:

Catedral San Ignacio y Parroquia María Asunta

«Éste es mi Hijo amado: escúchenlo».

Queridos hermanos,

Hace pocos días, 8 de marzo, se celebró el Día Internacional de la Mujer. Es una fecha marcada por fiestas y agasajos, como también protestas y reclamos. Según una nota publicada en El Deber es día en lo que va del año 2017, “solo en la capital cruceña se han registrado 161 casos de violencia familiar, 94 de violencia sicológica, 68 de violencia física, 59 de abuso sexual, 54 de violación, 29 de estupro, 4 de feminicidios, 3 de acoso sexual y 2 de pornografía.” Al reportar sobre un nuevo Decreto Supremo para aplicar normas de protección, Correo del Sur reporta que en 2016 a nivel nacional hubo 109 feminicidios y ya hay 20 este año hasta el 9 de marzo, un promedio de 1 cada 3 días. A nivel mundial, Bolivia ocupa el puesto número 10 en esta categoría, es decir, nuestros números son muy altos.

A pesar de las leyes, decretos y reclamos, no creo que el número disminuya; al contrario, va a aumentar. Por cierto es un fenómeno complejo con varios factores, como es el machismo y la borrachera. Pero hay un elemento más que impide un cambio real. Somos un pueblo que cree mucho en la violencia como medida para resolver conflictos e imponer posturas y hasta la justicia.

Por ejemplo, el periódico “El Mundo” reportó el 2 de marzo, que: “una turba quemó vivo a un adolescente de 16 años considerado como el principal sospechoso de la violación y asesinato de una niña de siete en un poblado de la región boliviana de Potosí.” Tanto este adolescente –si es que fue realmente culpable– como aquella turba, en su mente se creían justificados para emplear la violencia en su forma más cruel y bárbaro para lograr su objetivo: el adolescente para sexo, la turba para la justicia. Quienes quieren liberalizar el aborto provocado también participan de esta mentalidad, también los que bloquean, apedrean y atacan en las protestas callejeras. No se trata en estos casos del derecho a emplear la fuerza, incluso la violencia, en defensa propia. Se trata de una cultura de violencia que produce violentos, violadores y asesinos. En el caso de los linchamientos, no son más justificados que el criminal; son más culpables, porque actúan en forma colectiva y deliberada y con mayor crueldad, como aquellos que asesinaron a Jesucristo, con motivación política y religiosa, y obedeciendo a la turba que gritaba “Crucifícalo.”

El remedio a la violencia con la mujer, y muchos otros males que sufrimos, está señalado en la Palabra de Dios que escuchamos, especialmente el Evangelio.

Jesús llevó los tres discípulos a la montaña aquel día precisamente para que escucharan esto: “«Éste es mi Hijo Amado: escúchenlo». Aunque eran sus más cercanos amigos, Jesús notaba que no aceptaban ciertas enseñanzas y no captaron la misión del Mesías. Por ejemplo, cuando pasaron por un pueblo samaritano que no querían acogerlos, los Hijos del Trueno, como Jesús llamaba a Santiago y Juan, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» (Lc 9,54). Querían quemar vivos a los samaritanos, como la gente de Potosí quemó vivo a ese adolescente.

Cuando Jesús explicó a Pedro, la roca de fe, que el Hijo del Hombre iba a Jerusalén para ser crucificado, Pedro se opuso, hasta el punto que Jesús lo llamó Satanás, por pensar como hombres y no como Dios.

¿Bueno hermanos, no será que nosotros pensemos así también y no como Dios? Pues, somos hombres, no somos dioses. ¿Cómo pensar como Dios?

Para esto Jesús llevó a Pedro, Santiago y Juan a la montaña; para esto se transformó delante de ellos; para esto Dios mismo habla con fuerza desde la nube: “Este es mi Hijo, el Amado, Escúchenlo”. Hermanos, tenemos que aprender a escuchar a Jesucristo, para cambiar la forma de pensar.

De manera similar, Dios pidió a Abram: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que Yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré.” ¿Por qué dejar su tierra natal? ¿Acaso Dios no podía bendecirlo donde ya estaba y hacer una gran nación allí? Abraham tenía que salir de su tierra para liberarse de la cultura de Babilonia y su forma de pensar y vivir. Sino, imposible que refleje las actitudes y los valores que Dios quiso para su pueblo elegido y bendecido.

También por este motivo, los Israelitas, rumbo a la tierra prometida, tuvieron que pasar 40 años en el desierto. Ellos estaban llenos de la misma mentalidad de sus anteriores opresores en Egipto. Tenían que pasar 40 años de desierto para cambiar su forma de pensar, para empezar a vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios. Si no, iban a reproducir en esa tierra prometida las mismas injusticias y maldades de Egipto, donde el Faraón los esclavizó a los hebreos y mandó matar a sus bebes, programa de control de la natalidad de los pobres.

También nosotros hermanos, tenemos que aprender a escuchar a Jesús para no pensar como los paganos de este mundo, quienes creen solucionar los problemas con leyes y decretos que no cambian corazones, con una dictadura interminable, con el genocidio abortivo, con la violencia de la turba, con el fuego y azufre de la revolución armada, con todo lo que a Satanás se le ocurre. En cambio, Dios mismo nos dice desde el cielo: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, mi enviado, escúchenlo”.