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Mons. Flock: “cuerpo del Resucitado, una señal del mal superado por la victoria de nuestro Dios”

Mons. Robert Flock, obispo de la Diócesis de San Ignacio de Velasco, en este Domingo de Pascua, en el que celebramos la Resurrección de Jesús, durante su Homilía expresó que “quizás cuando nos encontramos nosotros mismos gozando de la gloria de la resurrección, totalmente liberados de las ataduras del pecado y la muerte, quizás tendremos el privilegio de conocer plenamente la belleza de este momento” (de ver a Cristo Resucitado).

A continuación la Homilía completa:

Queridos hermanos, nuevamente comparto un canto mío:

Espero la vida celestial,
Resucitado, Glorificado.
Espero un cuerpo espiritual.
Resucitado, Glorificado.

Dios Creador, que dijo: “Haya Luz”
Que ingenió el universo.
Todopoderoso, Artista de la Luz.
Haz que seamos eternos.

Cristo Redentor, que dijo “Soy la Luz”.
Que ingenió el Evangelio.
Maestro de la vida, Poeta de Luz.
Haz que seamos eternos.

Espíritu Santo, que dijo: “Sean Luz”.
Que ingenió todo milagro.
Soplo divino, Fuego de la Luz.
Haz que seamos eternos.

El evangelio esta mañana nos recuerda el descubrimiento de la tumba vacía por parte de María Magdalena, y la posterior carrera al sepulcro por parte de Pedro y el Discípulo Amado. El Discípulo Amado llegue primero, no solo a la tumba, sino más importante, a la fe, sin ver a Jesús, no por ser más joven, sino por ser el Discípulo Amado. Pedro estaba demasiado perturbado por haberle negado a Jesús, pero el Discípulo Amado había permanecido con Jesús incluso en la cruz donde recibió por encargo el cuidado de su madre: “Mujer, allí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.”

Ese detalle es una de las pruebas de que María no tenía otro hijo que Jesús, porque sí alguno de estos “hermanos de Jesús” del Evangelio fueron hijos de María, les habría tocado a ellos recibirla en su casa, y no uno de los compañeros de Jesús. Jesús le llama “mujer”, como también en las Bodas de Caná, no por falta de cariño, sino como signo de que su misión y su cruz responden únicamente a la voluntad de su Padre Celestial.

Posteriormente, los evangelios nos relatan las apariciones de Jesús, a María Magdalena, a los discípulos de Emaús, y a los apóstoles reunidos en el lugar de la última cena. Lo que no nos cuenta ninguno es el encuentro que celebramos anoche con la procesión después de la Vigilia Pascual, ese encuentro entre Jesús resucitado y su querida Madre María. Sin embargo, creemos que de alguna manera sucedió y lo celebramos, porque es imposible imaginar que Jesús se hubiera aparecido a su propia Madre, la Santísima Virgen, cuyo corazón fue traspasado por aquella espada que aseguró y verificó la muerte de Jesús en la cruz.

Como la resurrección misma, que de por sí no fue visto por nadie, este encuentro con María fue algo especial, íntimo y reservado entre ellos. Es un encuentro entre la Llena de Gracia y el Fuente de la Gracia, que no estamos en condiciones para apreciar en su plenitud. Quizás cuando nos encontramos nosotros mismos gozando de la gloria de la resurrección, totalmente liberados de las ataduras del pecado y la muerte, quizás tendremos el privilegio de conocer plenamente la belleza de este momento. No sabemos. Depende de Dios.

Todos los que hemos tenido el privilegio de acumular un poco de vida en esta tierra hemos tenido que despedirnos de algunos seres queridos: abuelitos y otros parientes, quizás nuestros padres o algún hermano, compañeros de nuestra niñez y Juventud, algún amigo; algunos ha sufrido la pérdida su esposo o de un hijo. Sea por edad, enfermedad, accidente o violencia, la muerte nos deja impotentes and sobrios. Sabemos que pronto o tarde nos toca.

Son 20 años desde que falleció mi papá, por un cáncer de pulmón; 6 años mi mamá. Doy gracias a Dios que todavía tengo a todos mis 10 hermanos; uno de ellos sin embargo es viudo ya dos veces. Ahora estoy por tomar vacaciones y entre otras cosas, vamos a celebrar al hermano menor de todos, que hace poco cumplió sus 50 años. El mayor está por cumplir 66 años. Nuestro padre murió a los 67 y todavía lo extrañamos.

No tengo ningún apuro para encontrarme con él y mi mamá en el cielo, pero al mismo tiempo, creo que un día sucederá y que por lo menos para nosotros, será tan especial que este encuentro entre la Virgen Santísima y aquel hijo suyo que es también Hijo de Dios. Quizás ya no tendremos secretos; es decir que nuestros pecados y debilidades serán revelados a todo el cielo. Pero si Dios ha visto conveniente perdonarnos y resucitarnos, entonces ninguno tendrá que sentirse avergonzado delante de los demás. Porque seremos revestidos de Cristo. El sudario manchado de pecado personal y colectivo, quedará acá, como la de Jesús en el sepulcro. Y como las marcas de la pasión que permanecen en el cuerpo del Resucitado, ya no serán motivo de condena, sino una señal del mal superado por la victoria de nuestro Dios. Y tendremos una eternidad para conocernos mejor, con todos los detalles y maravillas que ama nuestro Creador y que le motivó para amarnos hasta el extremo de la cruz e incluirnos en la comunión de los Santos.

Espero la vida celestial: Resucitado, Glorificado.
Espero un cuerpo espiritual: Resucitado, Glorificado.