Santa Cruz

Mons. Antonio Reimann: Vida Consagrada, Signo de la presencia de Cristo Resucitado en el Mundo

Nuevamente el Señor nos permite celebrar el día de la Vida Consagrada, el 2 de Febrero, asociado a la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo de Jerusalén (cf. Lc 2,22-40).

También un día, nuestros Padres nos llevaron al templo para ofrecernos a Dios, y recibir de Él una nueva vida, mediante la fe que profesaron y el sacramento del Bautismo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice al respecto: “El Bautismo es el camino que lleva desde el re-ino de la muerte a la vida; la puerta de la entrada a la Iglesia y el comienzo de una comunión permanente con Dios” (1213-1216).

En el Bautismo, el Espíritu Santo, que ha sido derramado en nosotros, nos ha unido estrechamente con Cristo, con su muerte salvífica en la cruz, por la cual nos libera del poder del pecado original y de todos los pecados personales y nos permite resucitar con Él a una vida sin fin. Así pues en Cristo, somos también hijos amados del Padre.

Llamados a restaurar la vida nueva

Antes de las fiestas de la Navidad, visité en Sucre dos comunidades religio-sas contemplativas, y me sorprendí que las hermanas estuvieran ocupadas en este tiempo en la restauración de las pequeñas imágenes del Niño Jesús, que la gente les traía.

Al contemplar este trabajo he pensado que la Vida Consagrada, tanto con-templativa como activa, es un don de Dios Padre por medio del Espíritu a la Iglesia, para restaurar la vida nueva, la vida de Dios en todos los bautizados. ¿Cómo lo hace la Vida Consagrada? En el documento final de Aparecida leemos: “La Vida Consa-grada es un camino de especial seguimiento a Cristo, para dedicarse a Él, con un corazón indiviso, y ponerse como Él, al servicio de Dios y de la humanidad, asu-miendo la forma que Cristo escogió para venir a este mundo: una vida virginal, po-bre y obediente” (cf.216).

Comenzando por su propia casa

El evangelio de San Lucas, el domingo precedente al día de la Vida Consagrada, nos presenta el inicio de la vida pública del Señor con estas palabras: “Jesús volvió con el poder del Espíritu a Galilea, a su pueblo de Nazaret, donde se había criado, entró a la sinagoga y tomó el libro del profeta Isaías donde estaba escrito: Él Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió para anunciar la Buena Noticia a los pobres…” (cf. 1, 1-4, 14-21). Seguramente en este lugar Jesús encontró a sus familiares y conocidos, y a ellos se dirige diciéndoles: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.

En la Vida Consagrada también debemos ser conscientes que el Espíritu del Señor quiere empezar el anuncio de la Buena Noticia, comenzando desde nuestra propia casa: nuestra comunidad religiosa. En ella to-dos deberíamos compartir nuestra experiencia con el Señor; como en mi vida acontece la liberación de mis opresiones, como se abren hoy mis oídos y mis ojos a las nuevas realidades donde Él me espera; o en caso con-trario, las dificultades que tengo en esta docilidad al Espíritu del Señor.

Esta atenta escucha de la Palabra revelada en la Sagrada Escritura, nos llevará a la escucha del Dios de la Vida presente también en medio de su Pueblo. Viviendo de esta forma nuestra consagración bautismal, se fortalecerá al mismo tiempo la fe del pueblo y se renovará su consagración bautismal.

Partiendo de lo esencial

Soy consciente de los múltiples trabajos y obras que realizan ustedes dentro de nuestra Iglesia local, tanto en la evangelización, en la promoción humana y en el fortalecimiento de la comunión eclesial, por todo ello les agradezco de corazón. Sin embargo no olvidemos que nuestra vocación de consagrados y consagradas la debemos vivir desde dentro, con profundidad, sintiéndonos todos hijas e hijos amados del Padre, compar-tiendo nuestros logros y fracasos con humildad y en verdad, a la luz de la Palabra de Dios, fortalecidos con el Cuerpo entregado y la Sangre derramada de Cristo.

Este es el camino que nos llevará al servicio del mundo, apasionados por Jesús – vida del Padre, que se hace presente en los más pequeños y en los últimos a quienes serviremos desde propio carisma y espirituali-dad (cf. DA 220). De esta manera la Vida Consagrada aparece ante nuestros ojos como un signo de la presen-cia de Cristo resucitado (cf. Porta Fidei, 15).

El Papa Benedicto XVI, al convocar el Año de la Fe, ha querido que “la Iglesia renueve el entusiasmo de creer en Jesucristo, único Salvador del mundo; reavive la alegría de caminar por el camino que nos ha indi-cado, y testimonio de modo concreto la fuerza transformadora de la fe (…)”.

Animados por el Espíritu del Señor, bajo la protección de nuestra Madre, la feliz porque ha creído, vi-vamos nuestra consagración con fe y pasión.

Concepción, 27 de enero de 2013.
+Antonio Bonifacio Reimann, OFM