Internacional

Mons. Aguirre: en Bangassou, “Jesús está muriendo aquí a raudales, desangrándose por las venas de tantos niños y mujeres inocentes”

“El 13 de mayo (de 2017), los habitantes de los barrios musulmanes de Bangassou –unas 2.500 personas sobre 20.000 que tiene la ciudad- eran atacados por rebeldes antibalakas (que combaten a los musulmanes) y llevados por los cascos azules marroquíes – que protegen esta población- a la mezquita del barrio Tokoyo.” Ahí “vivieron hacinados tres días y tres noches, revueltos vivos con muertos, hasta que los cascos azules desatendieron sus puestos al atardecer. Se fueron…” “Los dejaron abandonados”, rodeados por 700 francotiradores que “los hostigaron, hirieron y mataron como se tira contra conejos”. De esta manera, Mons. Juan José Aguirreobispo de Bangassou– recuerda cómo comenzaron los enfrentamientos que se mantienen hasta hoy en la ciudad. La historia de Centroáfrica ha estado marcada por la violencia y las guerras, y estos últimos acontecimientos prometen ser uno de los capítulos más duros de esta triste historia.

Lo preocupante es que la paz se ve lejana… Según Monseñor, es muy posible que en algún momento lleguen los selekas (grupo extremista musulmán) a Bangassou. Se han organizado para quemar, pillar y asesinar a todos aquellos que han hecho lo mismo con sus hermanos musulmanes. “(Ellos, los musulmanes) que han perdido todo cuanto tenían y se han refugiado aquí, en la misión católica, entre el seminario y la catedral, en un campo donde están las 2.000 personas musulmanas desplazadas de sus barrios”, cuenta Mons. Aguirre y continúa: “La situación humanitaria es muy triste. Hay más de 80 muertos por balas y cientos de heridos. Ayer, incluso, enterramos 27 personas, que llevaban 4 días muertas, tiradas en el suelo…”

Pero Monseñor sigue ahí… Al pie del cañón. “Pero cómo voy a irme”, responde cuando le preguntan si piensa volver a España (su país natal). “Muchos me dicen que el precario equilibrio que vivimos hoy, lo es gracias a la mediación de la Iglesia católica”, cuenta. Su misión es hacer que los antibalakas y los cascos azules se sienten a dialogar, pero es difícil. Sin embargo su decisión de quedarse no significa que no sienta miedo. Hace unas semanas atacaron una mezquita y él se puso como escudo humano, durante muchas horas, para evitar que mataran a los musulmanes: “A mi amigo Hamid un tiro le golpeó el hombro estando a mi lado; le corté la hemorragia con mi puño en el suelo y, después, con la bala dentro, le llevé al hospital, en donde ya se ha recuperado”. A pesar de la maldad de este grupo extremista que mata sin compasión, a Monseñor no se han atrevido a tocarlo (y eso que es él quien denuncia todos estos hechos). “La gente dice que si matan al obispo, el futuro de Bangassou se hunde, que la prosperidad que mis 20 años de obispo trajeron a esta tierra se viene a pique”, dice Mons. Aguirre. Es por esto que tampoco han disparado en contra del campamento en donde se esconden los 2.000 musulmanes.

Pero los cascos azules de Mauritania no piensan lo mismo… Un día se pararon frente a la misión y empezaron a disparar durante diez minutos, sin parar. “Un ensordecedor tiroteo que nos puso el corazón desbocado, temblando de miedo por la agresividad de la intimidación. Todos tuvimos miedo… Era la hora de la cena: dejamos de comer y algunos se metieron debajo de la mesa. Fue horrible. Cuando se cansaron, descubrimos que una persona murió de infarto, un seminarista recibió una bala perdida en el estómago y muchas personas perdieron el sentido a causa del shock emocional”, cuenta el obispo. “Esa noche mi corazón siguió desbocado hasta el amanecer. Y, como todos los demás, tengo miedo.”

Pero, ¿qué es lo que lo hace seguir ahí? “Mi causa son los pobres, los más de 1.000 huérfanos que abrazo, los enfermos terminales de SIDA que beso y acaricio, las cuatro casas para ancianos acusados de brujería, la pediatría, la maternidad, las 20 escuelas… Todo esto es una inyección de esperanza para mí y para un pueblo torturado por la violencia”. A pesar de todo, sabe que con él está Dios: “Él está ahí, llorando en silencio con nosotros, y nosotros esperando de Él clemencia y discernimiento para no poner las cosas peor de lo que ya están.” Para Mons. Aguirre, “el inmenso sentimiento de impotencia es ya una derrota”.

Es imposible no preguntarse de dónde saca la fuerza él y los misioneros de la Iglesia para enfrentar un panorama tan difícil. Él dice: “Desde el principio, les he dicho a mis curas y a mis monjas que, cuando no comprendan la raíz de tanta violencia, cuando no encuentren la clave para entender la muerte gratuita de los más pobres, usen la contraseña de Jesús en el Calvario. Con ese signo, se iluminarán sus mentes y apaciguarán sus corazones.”

En estos momentos, en Bangassou, “Jesús está muriendo aquí a raudales, desangrándose por las venas de tantos niños y mujeres inocentes”, dice Monseñor, pero asegura que “ya está resucitando en la fe de unos pocos”. Cuando termina su entrevista –dada a la revista Ecclesia- le cuenta al periodista que acaba de nacer un niño en el comedor del seminario menor… En medio de tanto dolor, la vida.