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Mons. Aguer pidió a sus sacerdotes cultivar especialmente la humildad

El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, presidió este lunes 8 de septiembre una misa concelebrada con los sacerdotes que ordenó, en el marco de la fiesta de la Natividad de la Virgen y su 16º aniversario de llegada a la arquidiócesis. En el marco de esta Eucaristía, desarrollada en la capilla de la catedral, el prelado aprovechó para darles algunos consejos sobre el ministerio sacerdotal, y afirmó: “Lo mejor que hice fue ordenar sacerdotes”.

“No exagero –agregó-. Es lo mejor que puede hacer un obispo: hacer partícipe a un fiel cristiano del ministerio apostólico del cual él participa en plenitud, para que pueda celebrar el sacrificio del Señor, perdonar los pecados, pastorear a los fieles y procurar la salvación de todos”.

Monseñor Aguer se consideró, además de hermano, “un padre” de aquellos sacerdotes a los que consagró, y en este sentido, se permitió darles algunos consejos sobre el ministerio y la vida sacerdotal. Desde el 8 de abril de 2000, monseñor Aguer ordenó en La Plata 39 sacerdotes. El próximo sábado 6 de diciembre hará lo propio con los diáconos Cristian Agüero, Jonatan Gusmerotti y Juan José Olivetto, con los que sumará 42.

“Vivan con alegría, pureza de corazón y humildad su sacerdocio. Destaco especialmente la humildad, que es tal vez lo más difícil de alcanzar y conservar. Podríamos considerarla como el subsuelo del que brotan todas las virtudes humanas y cristianas”, señaló el obispo.

Monseñor Aguer les recordó que la humildad los ayudará a comprender que el sacerdocio no es para ellos. “No aspiren a cargos y honores; no sean trepadores, como se dice en español castizo. Otro alerta: no se aficionen a la guita”, les remarcó.

El arzobispo alentó a los sacerdotes a releer las cartas de san Pablo a Timoteo y a Tito, que consideró “un reflejo modélico de los primeros años de la Iglesia” y “un compendio de consejos espirituales”.

Monseñor Aguer también les recordó que, con el transcurso de los años, los sacerdotes pueden comenzar a manifestar pequeñas manías, caprichos y desequilibrios del deseo que molestan a los demás e interfieren negativamente en la acción pastoral. “Tales imperfecciones tienen un costado moral –les advirtió-, y por tanto no pueden faltar las medicinas del orden espiritual, que se aplican a la raíz: se trata de la caridad, del gusto de Dios, de un conocimiento y amor mayores de Jesús, acompañados de la pasión ardiente de hacerlo conocer y amar. El remedio radical es la búsqueda sincera de la santidad y el combate que nos es preciso entablar para acercarnos a ella”.+