Análisis Sucre

Miradas a la Virgencita (1): “Esa pequeña luminaria, que no sabe de transgresiones…”

A modo de oración del corazón en la Novena de María de Guadalupe. 

Es curioso y aleccionador observar estos días el desfile, diríase que interminable, de los muchos fieles, y de un sinfín de gentes llevadas por la curiosidad, que se acercan a nuestra flamante Catedral Primada, tan engalanada con los colores de la fiesta y del cariño de tus hijos.

Entran por la nave central y ya a la altura de tu presencia maternal, simbolizada en la magnífica e histórica imagen que estos días preside el recinto, comienza todo un concierto de miradas a tu persona que, seguro, se concentran en ese rostro infantil que no sabe disimular, a su vez, una brillante mirada inocente que a uno se le clava en el alma.

Eres Tú, Virgencita de Guadalupe, el objetivo de nuestras miradas nerviosas. Musitar una oración, encender una vela, quizá disimular una tímida lágrima… Todo ello nos hace caer en la cuenta de que, al fin, no son nuestras miradas las que importan, sino las que Tú nos diriges. Y lo haces desde ese adornado trono que manifiesta, en el esplendor de tanta riqueza, la ternura y el agradecimiento de generaciones pasadas y presentes.

La Fe, nuestra Fe, a veces frágil, a veces poderosa, pone en marcha todos sus recursos para poder satisfacer un diálogo contigo, Mamita, que quisiera ser permanente. Diálogo en el que se mezclan los ruegos con los agradecimientos, las nobles alabanzas con los armoniosos silencios.

La humilde luz que brota del cirio encendido ante Ti, Virgencita, pretende ser testigo discreto de nuestras miradas. Cuando salgamos de la Catedral, con el compromiso certero de mejorar nuestra vida, de hacerla más semejante a la tuya, esa pequeña luminaria, que no sabe de transgresiones, te recordará los minutos de amor que disfrutamos a tu lado.

Virgen de Guadalupe, Mamita Gualala, acepta y recoge nuestras miradas. Cada una de ellas lleva un mensaje, una intención y una esperanza.

Miradas de niños inquietos, de adolescentes rebeldes, de jóvenes enamorados… Miradas de adultos que siguen buscando y de abuelitos que imaginan cómo será el destino de su última peregrinación.

Miradas… miradas… a Ti, Virgencita. A Ti, Madrecita. A tu Cielo engalanado.

 

[P. Pedro Rentería Guardo]

[Imagen: Infodecom]