Análisis

Miguel Manzanera SJ: Jesús, bautizado por nuestros pecados (I)

Dentro del calendario litúrgico de la Iglesia Católica el ciclo de la Navidad se cierra con la fiesta del Bautismo de Jesús. Este cierre parece demasiado abrupto y no sigue la secuencia temporal de la Navidad y de la Epifanía del Niño Jesús, ni tampoco la purificación de María que se celebra el 2 de febrero. En efecto Jesús cuando nació, no fue bautizado, sino únicamente circuncidado una semana después del nacimiento, tal como prescribía la Ley de Moisés (Génesis 17,12).

Notemos que antes de Jesús el pueblo judío no practicaba el sacramento del bautismo para renacer a una vida nueva. Pero sí realizaban baños rituales con agua para limpiar la suciedad corporal. Incluso quienes no querían contaminarse con la suciedad de Jerusalén se trasladaban a una comunidad rural, cercana al Mar Muerto.

Allí llevaban una vida de oración y de estudio, leyendo y copiando manuscritos bíblicos antiguos. Al mismo tiempo se purificaban mediante el ayuno, la penitencia y los baños sagrados. Formaban una comunidad estrictamente masculina, ya que consideraban que en el paraíso fue Eva quien incitó a su esposo Adán a comer del fruto prohibido (Génesis 3,6).

Tal como narra el evangelio de Lucas (1,80) ya en tiempos de Jesús, su pariente Juan, hijo jovencito del sacerdote Zacarías y de Isabel, fue a vivir en una comunidad religiosa de esenios cerca del Mar Muerto, donde permaneció varios años. Más adelante Juan intensificó su penitencia por los pecados del pueblo, ayunando y vistiéndose pobremente con pieles de animales.

Pero Dios le ordenó ir a predicar al pueblo que si no se arrepentían de los pecados Dios les castigaría. Por eso Juan predicaba la inminente llegada del Cristo, el Mesías, ungido por Dios para salvar a los elegidos y castigar a los malvados. Por eso Juan les invitaba a arrepentirse y a recibir el bautismo de agua, esperando el bautismo definitivo en la Divina Rúaj (Espíritu) y en fuego (Lc 3,16).

Muchas personas acudían a Juan y le escuchaban con atención. Algunos se arrepentían, confesaban en público sus pecados y pedían ser bautizados. Dentro del río Jordán Juan agarraba a cada persona por la espalda, le inclinaba hacia atrás y le sumergía de espaldas en las aguas para purificarle. Luego sacaba del agua al nuevo bautizado para que pudiese respirar. Esa experiencia simbolizaba la muerte del pecador y su “re-nacer” a una vida limpia.

De esta manera muchos judíos de diversos oficios y clases sociales fueron bautizados y salieron ahora reconfortados con la esperanza de ser perdonados por la gracia divina y de cambiar de vida, liberándose del castigo anunciado por Juan a quienes no se arrepintiesen de sus pecados, al profetizar la inminente llegada del Mesías o sea el Ungido por Dios (Mateo 3, 11-15).

Jesús vivía en Galilea en Nazaret con su madre y sus hermanos y hermanas, quienes le manifestaron el deseo de ir a bautizarse en el rio Jordán. En un primer  momento Jesús se resistió ya que no había cometido pecado. Pero luego comprendió que Dios quería que lo bautizasen para salvar al pueblo del merecido castigo divino. Por eso Jesús dejó definitivamente Nazaret y se marchó al río Jordán para ser bautizado por su pariente Juan el Bautista.

(Continuará).