Análisis

Miguel Manzanera S.J.: “ABORTO E INFANTICIDIO: CRÍMENES ABOMINABLES”

Con dolor vemos cómo varios grupos abortistas en Bolivia han celebrado la Campaña 28 de septiembre, demandando la despenalización del aborto, exigiendo que dentro de las reformas al Código Penal se eliminen los artículos que sancionan, persiguen y criminalizan a las mujeres que abortan. El Tribunal Constitucional en su sentencia 0206/2014 del 5 de febrero de 2014, a nuestro juicio engañosamente fundamentada, reformó el artículo 266 del Código Penal, convirtiendo el anteriormente llamado “aborto impune” en el caso de violación, estupro y rapto y cuando hay peligro para la vida o la salud de la madre, en un acto legalizado al que la mujer tiene derecho de acceder sin tener que acudir al juez y las instituciones médicas tienen la obligación de ejecutar.

Esta campaña abortista del 28 de septiembre, celebrada desde hace 20 años, mantiene viva la protesta, extendida en 21 países de América Latina y el Caribe que conmemoran en esa fecha el Día por la Despenalización del Aborto.

La activista Patricia Brañez estima que en Bolivia cada año se registran 80 mil abortos. Aunque posiblemente esa cifra está inflada, el aborto clandestino se da en Bolivia en grandes proporciones sin que la policía y el poder judicial actúen para poner freno a ese holocausto de seres humanos completamente inocentes e indefensos. La campaña pretende que el aborto deje de ser delito contra la vida y pase a ser una decisión libre de interrumpir el embarazo por parte de la madre que el Estado se obliga a facilitar y financiar. Esta campaña abortera no tiene ninguna base biológica y contraviene los principios humanos y cristianos, vigentes en Bolivia. La vida es el primero y el mayor de los dones que Dios nos ha dado. Es algo tan natural que tal vez nunca nos hemos preguntado ¿por qué soy un ser viviente?, ¿por qué tengo vida? Sólo a medida de que comenzamos a reflexionar y adquirimos la experiencia de vivir en familia, siendo los padres los autores de la vida de sus hijos.

También la humanidad, superada cierta ignorancia secular, ha descubierto a través de la ciencia que por la unión de los dos gametos iniciales, masculino y femenino, se constituye el zigoto, el embrión monocelular. Este nuevo ser humano con dinamismo vital propio se irá desarrollando orgánicamente dentro del útero de la madre, pasando por la fase fetal. Al cabo de unos nueve meses nacerá y una vez cortado el cordón umbilical adquirirá autonomía biológica aunque seguirá dependiendo de la madre durante varios meses.

Pero no todos los seres humanos llegan a gozar de esa primera experiencia personal familiar. Algunos serán brutalmente asesinados antes de ver la luz y otros en los primeros años de vida. Nos referimos al holocausto gigantesco del aborto y del infanticidio que en los últimos siglos se ha expandido desmesuradamente. Se estima que en el mundo se realizan entre 42 y 46 millones de abortos.

Recordemos que desde tiempos antiguos siempre ha habido abortos e infanticidios. En el Medio Oriente se expandió el culto al dios Molok que exigía de sus sacerdotes alimentarle con niños recién nacidos que eran devorados por su estatua gigante, hueca por dentro y con un horno encendido adonde se arrojaban a los infortunados bebés. El pueblo de Israel se opuso a ese culto, pero se siguió practicando durante siglos (Lv 18, 21) en Jerusalén en el valle de Ben Hinnón, llamado Gehena, cercano al Templo. Hoy claramente se detecta en éste y otros ritos actuales la presencia del diablo satánico que pretende destruir a los niños como criaturas inocentes de Dios.

La recién canonizada madre Teresa de Calcuta se expresó lúcidamente sobre el aborto: “Yo siento que hoy en día el mayor destructor de la paz es el aborto, porque es una guerra en contra del niño, la muerte directa de un niño inocente, asesinado por la propia madre. Y si aceptamos que una madre puede matar hasta a su propio hijo, ¿cómo podemos decirle a otras gentes que no se maten unos a otros?, ¿cómo persuadimos a una mujer de que no se haga un aborto? Como siempre, debemos persuadirla con amor y debemos recordarnos a nosotros mismos que amor significa estar dispuestos a dar hasta que duela. Jesús dio hasta su vida para amarnos.

Así, la madre que está pensando en el aborto, debe ser ayudada a amar, eso es, dar hasta que restrinja sus planes, o su tiempo libre, para respetar la vida de su hijo. El padre de ese hijo, quien quiera que sea, también debe dar hasta que duela. Mediante el aborto la madre no aprende a amar, sino que mata hasta a su propio hijo para resolver sus problemas.

Y, mediante el aborto, se le dice al padre que no tiene que tomar ninguna responsabilidad con el niño que ha traído al mundo. El padre probablemente ponga a otras mujeres en el mismo problema. De manera que al aborto sólo conduce a más abortos. Cualquier país que acepte el aborto no está enseñando a su gente a amar, sino a que use cualquier violencia para conseguir lo que quieren. Es por eso que le mayor destructor del amor y la paz es el aborto”.

La Iglesia Católica en la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano, concluido el 8 de diciembre de 1965, declaró solemnemente: “Dios, Señor de la vida ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por lo tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables” (GS 51).