Tal vez algunas personas, al ver este título pensarán que el artículo se apone al avance de los derechos de la mujer entre los cuales se quiere incluir la despenalización y la legalización del aborto. Según las organizaciones abortistas el aborto, denominado ahora “interrupción del embarazo” debe ser declarado un derecho de toda mujer a disponer de su propio cuerpo, aceptando o rechazando el embarazo.
Antes de nada aclaramos que este título está tomado del Concilio Vaticano II, máximo organismo de la Iglesia Católica, culminado el 8 de diciembre de 1965 Un día antes la casi totalidad de los obispos reunidos en Roma aprobaron la Constitución Pastoral “La iglesia en el mundo”, documento clave sobre temas antropológicos y éticos.
En ese documento se afirma: “La vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado. El aborto y el infanticidio son crímenes abominables” (GS 51). Esta extrema calificación se basa en el 5° mandamiento del Decálogo: “No matar” aplicada a los niños por nacer.
La condena del aborto se apoya sobre una base científica evidente: El nuevo ser humano se constituye por la concepción o sea la fusión de los dos gametos gametos germinales, el óvulo femenino y el espermatozoide masculino. Ambos generan un nuevo ser humano con su propia dignidad. Por lo tanto debe ser ya respetado y cuidado a lo largo de las distintas fases, embrionaria y fetal de su vida hasta su nacimiento.
De aquí se desprende algo evidente: Quien libre y voluntariamente quita la vida a un ser humano por nacer comete un asesinato. Por lo tanto el Estado debe castigar al autor o autores con una pena grave. La Iglesia Católica lo sanciona con la pena de excomunión, que significa que deja de pertenecer a la Iglesia y para ser readmitido debe confesar su culpa y ser absuelto.
Obviamente se deben tener en cuenta las circunstancias agravantes y también las atenuantes y las eximentes. Los aborteros saben que están matando cruelmente a un ser vivo inocente, descuartizándolo o envenenándolo. En cambio la madre que aborta no raras veces está sometida a presiones, incluso del mismo padre de la criatura, que se lava las manos e incluso obliga a la mujer a abortar.
A pesar de todo ello, hay agrupaciones feministas radicales que reclaman la despenalización e incluso la legalización del aborto. Como argumento indican que toda mujer tiene derecho a disponer de su propio cuerpo y en consecuencia, si está encinta, también a la “interrupción del embarazo”. Este término es engañoso ya que oculta que se trata del asesinato del propio hijo.
Las ideologías abortistas engañan sobre la realidad del aborto y lo presentan como quitarse una verruga o un tumor. No reconocen que el nuevo ser humano que va a nacer tiene su propia dignidad por ser el hijo biológico de los dos progenitores, el padre y la madre.
En derecho penal matar al propio hijo es cometer un “filicidio”, acto criminal gravísimo que causará a sus autores, especialmente a la madre, el “síndrome postaborto”, o sea el conjunto de daños psíquicos y somáticos a lo largo de su vida, pudiendo llegar al suicidio.
El cristianismo proclama la defensa de los infantes por nacer y exhorta a los padres que acepten su responsabilidad materna y paterna. Incluso en el caso más extremo de violación hace un llamado a la mujer violada a solidarizarse con el niño inocente que lleva en su vientre y cuidarlo hasta que nazca. Después se verá si ella o su familia lo quieren acoger por compasión. En caso negativo se debe buscar a personas o instituciones que lo reciban o adopten para que no quede abandonado. Para ello hay que promover familias solidarias, asilos de niños o centros de ayuda a la madre.
Jesús nos explica el significado profundo de la acogida a los niños abandonados: “Lo que hagan con uno de estos hermanos míos más pequeños conmigo lo hacen” (Mt 25, 25, 40). Salvar la vida a un niño amenazado de ser abortado equivale a salvar la vida del niño Jesús, cuando el cruel Herodes determinó matar a todos los niños que podrían derrocarle.


