Análisis

Martín Gelabert: “Iluminar para salvar”

Los evangelistas cuentan que Jesús curó a muchos ciegos. El devolver la vista a los ciegos tiene un significado salvífico. Jesús, además de encontrarse con personas que tenían los ojos dañados, se encontró con otro tipo de ciegos: los que no querían y los que no podían ver. Jesús critica a los fariseos porque dicen que ven, cuando en realidad están ciegos (Jn 9,41), ciegos para ver lo único que importa ver: a Jesús como enviado de Dios. En otra ocasión, Jesús, tras contraponer juicio y salvación, habla de la luz que juzga a los que no acogen la salvación (Jn 3,17-21). Hay contraposición entre juicio y salvación, cuando el juicio se convierte en un calificativo que en realidad descalifica para condenar. Por eso, Jesús identifica el “no juzguéis” con el “no condenéis” (Lc 6,37). La misión de Jesús es totalmente salvífica. Él no ha venido a juzgar, sino a salvar al mundo (Jn 3,17).

Jesús salva ofreciendo luz: “mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9,5). Jesús no es moralista que condena, sino un salvador que ilumina. En su seguimiento, la misión de la Iglesia es predicar la gracia y no amenazar con la condenación. La gracia ilumina y despierta las conciencias; la amenaza espanta, provoca la huida y cierra los oídos. Si en nuestras predicaciones solo insistimos en lo malo que es el mundo o en lo perversa que es esta sociedad, entonces no predisponemos a la gente para escuchar la Palabra de Dios y caminamos hacia el fracaso. Las personas se sienten, de entrada, descalificadas y, a veces, insultadas, porque damos por supuesto que son malas. Jesús, al encontrarse con las multitudes, actuaba movido por la compasión, porque pensaba que estaban ciegas o que no tenían buenos pastores que las guiasen. Estar ciego, no tener pastor, estar enfermo, es una cosa muy distinta de ser malvado, malintencionado o delincuente.

En la Iglesia hay muchas escuelas y tradiciones. Hay una tradición que procede de Domingo de Guzmán que pone el acento en la predicación de la gracia, en la capacidad de discernir y probar lo que es bueno en los anhelos de las personas, en ir al encuentro de lo mejor que hay en ellas. Es una predicación más doctrinal que moral, que pretende iluminar las conciencias, porque solo así puede garantizarse la conversión. La oscuridad no desaparece cuando se la critica, sino cuando se la ilumina.

En esta línea me parece que va el Papa Francisco cuando anima a los pastores a acompañar a las personas en dificultades, ayudándoles a discernir y a formar sus conciencias. No desde el rechazo o la condena, sino comprendiendo las dificultades que algunos pueden tener para comprender los valores inherentes a una norma o para obrar de manera diferente sin que esto cause nuevos perjuicios. Es necesario valorar y reconocer lo bueno que hay en cada persona y, a partir de ahí, ayudarle a dar nuevos pasos hacia el bien.