Análisis

Marco Gallo: El Papa Francisco, en su séptimo año de pontificado

Cuando aquel 13 de Marzo de 2013 Jorge Mario Bergoglio apareció en el balcón de la Plaza de San Pedro, llegando “de un país en el fin del mundo”, la sorpresa del primer pontífice latinoamericano era una realidad y no más una lejana utopía. Su elección parecía despertar una nueva esperanza, no solo para la Iglesia católica, discutida, cansada, sino también para la sociedad entera. Un Papa que ha hecho de la cultura del diálogo y del encuentro el eje principal de su pontificado.

Sin embargo, la imagen del Papa que en el mundo todavía hoy goza de gran popularidad, se ha visto paulatinamente más contrastada, no-comprendida, hasta combatida con fuerza. En diferentes oportunidades se ha hablado de “la soledad del pontífice”. Andrea Riccardi, agudo observador de la historia de la Iglesia, “buceador de la historia”, como lo ha definido en algún momento el entonces Cardenal Bergoglio, ha afirmado que Papa Francisco es el pontífice que, en nuestros tiempos contemporáneos, ha encontrado más oposiciones y obstáculos en sus procesos de reforma.

El suyo puede ser el rol del profeta, de quien habla de manera evangélica, rechazando, siguiendo la secuela de Jesús, las tentaciones del poder, de la adulación, del egocentrismo y de la auto referencialidad.

El Papa Francisco no quiere un “status quo” para la Iglesia, sino comenzar y estimular procesos. Una “Iglesia en salida” no es un mero eslogan sino un proceso que la anima a alejarse del miedo de hablar al mundo, de los privilegios, de ceder al costantinismo político de turno, y por sobre todo que sepa presentarse, con aquella feliz expresión de San Pablo VI, como “experta de humanidad”.

Esta hostilidad suscitada es signo también de una cultura individualista que rechaza la propuesta universal del pontífice. En definitiva es una cultura atenta a marcar los confines, donde prevalece el rasgo étnico y racista.

En esta perspectiva se inserta la defensa incansable de los migrantes y de los refugiados. Sus llamamientos hacia la cordura y la misericordia quedan a menudo silenciados y los gobernantes de las naciones más poderosas se justifican bajo razones geopolíticas y de defensa del propio territorio.

Pero también en un tiempo de desorientación y de cultura del miedo como el que estamos viviendo, la aparición del coronavirus que va difundiendo sus sombras de muerte, podría ser la oportunidad para que acabe la cultura individualista del “sálvese quien pueda” y se fortalezca “la cultura de un destino común”, que sostiene la razón que “solamente juntos podemos salvarnos”.

También en este tiempo de Cuaresma para los cristianos, el Papa Francisco amonesta sobre la tentación de la división de las sociedades cuando vemos que las guerras y los conflictos son el signo concreto de todo esto. Y mientras que la división en griego se traduce “diablo”, “aquel que divide” que aleja al hombre del otro y lo hace aparecer enemigo, el Papa Francisco representa la unidad de la Iglesia, el hombre puente, pontifex, el hombre que construye continuamente puentes; esto se ha manifestado también en estos años en su fervor ecuménico e interreligioso. La visita que realizará en Septiembre próximo al mayor país musulmán del mundo (Indonesia) se inserta en esta dinámica de buscar la unidad en la diversidad.

En síntesis, el Papa Francisco representa aquel signo de contradicción en una sociedad donde la coherencia de vida y de gestos parece no tener ciudadanía. Él hace lo que dice y practica lo que predica. Podamos, con ingenuidad de niños, seguir su ejemplo.

Marco Gallo es miembro de la Comunidad de Sant’Egidio y Director Catedra Pontificia de la UCA .