Santa Cruz

Los rincones poco explorados de la vida del cardenal Julio Terrazas

La fortaleza de su cuerpo y de su espíritu generó sorpresa en los médicos que lo atienden. Cuando la ciencia creía que al cardenal le quedaban pocas horas de vida, él pidió levantarse de la cama durante la madrugada, fue montado en una silla de ruedas y permaneció dos horas dando vueltas por la galería de su morada, ubicada a una cuadra del segundo anillo. No solo eso, después de un mes y medio de no probar ni agua con la boca, aceptó unos cuantos bocados de frutas hervidas. “Un milagro”, dijo el doctor que lo atiende. Esa determinación grafica el temple de Julio Terrazas, el hombre que decidió ofrendar su vida al sacerdocio y que durante décadas hizo vida esa vocación.

El sacerdote fue un luchador y su palabra fue valiente desde siempre. Un hombre que ha estado muy cerca de él durante los últimos 30 años, el asambleísta departamental Alcides Vargas, lo asegura con la convicción que le da el haber sido testigo de los pasos que abrieron sendas en la historia del país.

Al poco tiempo de haber sido ordenado como sacerdote de la congregación de los redentoristas, el padre Julio Terrazas retornó a su Vallegrande natal. A pesar de que tenía una casa parroquial, él optó por dejarla, rentar una vivienda más grande y habilitarla como una especie de albergue para jóvenes. Ahí, los adolescentes que llegaban desde las comunidades más alejadas, podían encontrar un refugio para dormir y comida caliente para almorzar. A cambio, en cada vacación, el padre Julio se los llevaba caminando a visitar los poblados más pobres de Vallegrande. Iba predicando, celebrando misa, pero también mostrando la realidad de los que carecían de medios para vivir. Ahí lo conoció Alcides Vargas, que llegó desde Masicurí y almorzaba en ese lugar. Ahí, en ese proyecto nacido en el corazón del ahora cardenal, surgió la Pastoral Juvenil y también tuvo sus semillas la Pastoral Social de la Iglesia católica.

A tan solo siete años de haberse ordenado como sacerdote, Terrazas mostró su veta rebelde y luchadora: Vallegrande no tenía agua potable y el pueblo sufría. Por eso, en 1969, decidió bloquear la ruta troncal que unía Santa Cruz con Cochabamba, a la altura de Mataral. La protesta fue en septiembre y duró tres días. Entre los viajeros bloqueados estaban los músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional cuyo destino era la serenata a los cruceños. El cardenal les explicó la razón de su protesta y una noche, con las estrellas como única iluminación, los artistas no dudaron en bajar algunos instrumentos e interpretar sus canciones para los bloqueadores.

Era un trabajo hormiga. Cuando descubrió que las zonas más pobres de Vallegrande carecían de atención médica, gestio-
nó que la Iglesia construya postas de salud; hizo igual con caminos vecinales.

Los jóvenes, su razón de ser
Los jóvenes fueron su apuesta desde siempre; desde la década de los 60, cuando creó los grupos juveniles de acción; durante su ejercicio pleno del sacerdocio cada semana se reunía con los seminaristas (los que habían decidido consagrar su vida al sacerdocio) y hasta esta etapa, cuando él mismo aceptó que sea un joven (Julio Ernesto Vargas, de 22 años) quien lo acompañe en la habitación de la clínica (en julio) y ahora en su propia casa.

Cuando estaba sano, todos los viernes recibía a los seminaristas en su casa. Ellos llegaban con frutas y por eso se ganaron el apodo de ‘achachairuses’. El cardenal Julio dedicaba horas a hablar con ellos. Eran tan importantes para él que en los días cercanos a la Navidad se ocupaba de ofrecerles una salteñada, ritual que se cumplió religiosamente durante muchos años.

Ha sido coherente con esa dinámica hasta ahora. Julio Ernesto Vargas, es hijo de Alcides Vargas. Cuando se preparaba la casa del cardenal para recibir al papa, Seguridad dio la orden de que 24 horas antes de la llegada del pontífice, nadie podía salir ni entrar en la vivienda. Entonces, el cardenal estaba en la clínica. Le dijeron a Ernesto que lo atienda y él aceptó. Lo hizo porque el ‘Tata’, como lo ha conocido siempre, es su abuelo de cariño. Se crió a su lado. Pasó casi todos los años nuevos en su casa de Masicurí y vio cómo Terrazas inspiraba respeto y amor en su padre. “Yo me quedé todo el día en la clínica con el padre. Incluso defendí mi tesis en esa semana. Él me dio su bendición”, recuerda, quien aún se turna para estar a su lado durante el día y una noche por medio.

De verbo valiente
Julio Terrazas tuvo el verbo valiente en todo momento. En la década de los 70 fue apresado por la dictadura de Hugo Banzer. Lo buscaron porque movilizaba a los jóvenes y les mostraba la realidad de pobreza que había en Vallegrande y eso fue considerado subversivo. Después recibió a Banzer (cuando se había convertido en presidente democrático) en su casa. Incluso acogió su visita un domingo. Alcides Vargas recuerda ese episodio como una lección de perdón. “Esa vez me enseñó que todos somos humanos, que podemos errar y que tenemos que perdonar; que la vida no debe permitir rencor en el corazón”, recuerda.

Durante la dictadura de Luis García Meza, se desempeñaba en el Arzobispado de La Paz y desde ahí ayudó a huir a dirigentes que eran perseguidos por la represión. Incluso se arriesgó a transportarlos en su vehículo y a darles cobijo en su propia casa.

Otro momento de participación activa en la política nacional ocurrió en 1986. El Gobierno de Víctor Paz Estenssoro había echado a la calle a más de 20.000 mineros en lo que fue la ‘relocalización’. Los hombres que ya no tenían socavones para trabajar protagonizaron la Marcha por la Vida, la misma que fue reprimida. Ahí estuvo el entonces obispo de Oruro, Julio Terrazas. Intervino para buscar diálogo y avanzó con los mineros en el camino entre Oruro y La Paz. Desafiaba una de las medidas más dolorosas del neoliberalismo.

El verbo valiente del cardenal no calló críticas al actual Gobierno de Evo Morales. Cuestionó las detenciones, el incremento del narcotráfico, las muertes y las represiones, entre otros temas. Las autoridades del MAS lo llamaron jerarca de la Iglesia, intentaron invalidar sus cuestionamientos y durante años hubo una relación tensa y nada cordial. No obstante, cuando Julio Terrazas estaba internado, poco después de la visita del papa Francisco, el presidente Morales lo visitó en la clínica y dijo que escucharía los consejos del cardenal.

Sus compañeros
Alcides Vargas asegura que el cardenal está acompañado: por las autoridades de la Iglesia, por su familia de sangre y por su familia de cariño (como él define a quienes como ellos están cerca de este hombre por el que gran parte del país está orando). No obstante, dos hombres se ocupan directamente de él, uno es Ernesto Vargas y el otro es Teófilo Flores, que acompaña a este sacerdote desde hace 25 años y es, quizás, la persona más próxima. Lo conoció en Cochabamba y al poco tiempo don Teófilo se vino a Santa Cruz como sereno del Seminario San Lorenzo, hasta que Julio Terrazas le pidió que lo acompañe. Ahora es quien cuida al sacerdote en turnos con Ernesto.

Hace tres meses, pidió salir de paseo. Extrañaba Masicurí. Ernesto, Teófilo y la enfermera lo llevaron a las Lomas de Arena. Fue la última vez que dejó su casa del segundo anillo. Disfrutó del paisaje, de la naturaleza y hasta se tomó fotografías con los guardaparques. Hace una semana, pidió pasear por la galería de su casa. Quería ver su jardín, ese que cuando estaba sano cuidaba personalmente. La noche y las plantas lo inspiraron y le abrieron el estómago que había estado cerrado. El cardenal fue feliz con poco. Ese es el hombre que a Ernesto Vargas le ha dejado la impronta de la sencillez, del cariño, del silencio prudente y de la capacidad de tomar decisiones cuando es necesario, aunque estas sean difíciles. Quizás por eso, el Tata les dijo a sus médicos que cuando deje de ser útil a su pueblo, que lo dejen descansar, porque el no quiere ser carga para nadie.