InicioAnálisisLas Bieanaventuranzas. Homilía para el cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A

Las Bieanaventuranzas. Homilía para el cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A

Homilía para el 4to. Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A

1 de febrero de 2026

 

Queridos hermanos,

Este domingo se nos presenta el pasaje evangélico del Sermón de la Montaña, es decir, las bienaventuranzas.

Es difícil compartir una pequeña reflexión sobre este tema tan amplio y tan importante, pues parece que no es justo dejar afuera de la reflexión tantos matices de este pasaje del Evangelio. Pero no queda de otra porque en las homilías lo que hacemos en sembrar semillas esperando que, después, crezca algo.

 

Por un lado, existe un paralelismo entre los Diez Mandamientos y las bienaventuranzas. En el Antiguo Testamento, Moisés sube a la montaña y Dios le entrega los Diez Mandamientos, que son los pasos para seguir la voluntad de Dios.

En el Nuevo Testamento, también vemos a Jesús, que sube a una colina y desde allí entrega la enseñanza que él, como Hijo de Dios, desea para sus seguidores. No son mandamientos sino es algo así como una fórmula.

Como sabemos, Jesús, en el Nuevo Testamento, es la plenitud de todo lo que se esperaba y anunciaba en el Antiguo Testamento.

Y existen algunos detalles interesantes que nos ayudan a entender mejor las bienaventuranzas. Lo primero que Jesús hace es mirar a la multitud; es decir, que él mira nuestras vidas, quiere conocer aquello que nos hace felices y aquello que nos hace sufrir. Él nos ve y sabe si estamos cansados o si tenemos hambre; y después de contemplarnos, nos entrega su mapa hacia la felicidad.

Además, lo hace al aire libre, donde la gente vive y trabaja: están fuera, en la colina, y no dentro de la sinagoga. Desde allí, Jesús enseña cómo él ve el Reino de Dios y en qué consiste su modelo de felicidad.

 

No sería extraño que cada frase de las ocho bienaventuranzas de este evangelio nos confunda porque no se adecúan con la idea de felicidad y dicha que tenemos, o con aquella que la sociedad nos enseña en la actualidad. Es más, se contradicen totalmente, porque el modelo de las bienaventuranzas y el modelo del mundo enseñan exactamente lo contrario.

 

Para entenderlo un poco más, pensemos en la vida pública de Jesús: ¿a quién sana?, ¿a quién levanta?, ¿a quién perdona y le devuelve la dignidad? Y la pregunta más general sería: ¿quiénes son los destinatarios preferidos?

Y, en cierta manera, podemos responder con las bienaventuranzas, porque los preferidos son: los humildes, los mansos de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos, los que tienen hambre y sed de justicia, y los que sufren.

 

No es fácil vivir la enseñanza del Evangelio, pero ese tiene que ser nuestro horizonte.

 

San Agustín decía que las bienaventuranzas son la escalera que lleva a la perfección, y explica que el beato en la tierra es quien vive las virtudes, y el beato en el cielo es quien ya descansa en la “Visión Beatífica”, es decir ya está contemplando a Dios cara a cara.

 

Por eso, en la Iglesia católica, cuando se nombra un santo, hay una lista larga de requisitos, y el paso final antes de la santificación o canonización se llama la beatificación. Estoy seguro de que ustedes conocen o son devotos de algunos beatos, porque ellos también pueden interceder por nosotros y están en el último escalón para ser nombrados santos. Por ejemplo, Carlo Acutis, “el influencer de Dios”, fue declarado beato el 10 de octubre de 2020 y recién en septiembre de 2025 fue canonizado.

 

Este domingo, pidamos al Señor la sabiduría, la fuerza de voluntad y el coraje para subir poco a poco por la escalera de las bienaventuranzas.

 

POR ARIEL BERAMENDI

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