Santa Cruz

“La vida humana tenga prioridad sobre toda clase de intereses” Mons. Sergio Gualberti Arzobispo de Santa Cruz

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, pronunciada en la Basílica Menor de San Lorenzo Martir en ocasión de la celebración de la Festividad del Bautismo de Jesús en el Rio Jordán.

Queridos Hermanos y Hermanas

Con este Domingo termina el tiempo de Navidad y la liturgia celebra el bautismo de Jesús. Juan el Bautista, cumpliendo con el mandato de Dios de preparar el pueblo de Israel para acoger al Mesías, estaba predicando a orillas del río Jordán. Su predicación era un apremiante llamado a la conversión, y acompañaba sus palabras con un bautismo de penitencia, como signo público de arrepentimiento. Mucha gente quedaba impactada por sus palabras y acudía donde él para hacerse bautizar, entre ellos un día se presentó también Jesús, que se puso en la fila de los pecadores para recibir el bautismo.

Juan el Bautista, reconoce en Jesús el Santo y sin pecado, por eso se rehúsa de bautizarlo: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tu el que viene a mi encuentro!” En la respuesta de Jesús encontramos el porque de su bautismo: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos toda justicia” . “Ahora déjame hacer” porque esa es la voluntad de Dios en ese momento particular, es algo circunstancial, una etapa necesaria de la acción de Jesús.

Jesús, que no tiene pecado y que ha venido para liberarnos de la esclavitud del pecado, se mezcla con los pecadores, solidarizándose con ellos y asumiendo sobre si la debilidad de la condición humana, para cumplir su misión desde dentro esa realidad. Jesús, después del bautismo, experimentará en su persona esos límites, retirándose en el desierto y sometiéndose a las tentaciones del demonio. Este es el camino que el Padre le ha indicado, y Jesús, en fidelidad a su voluntad, asume la humillación hasta la muerte para resucitar en la gloria y así vencer definitivamente al pecado y a la muerte.

Ahora es el momento en el que “Conviene que así cumplamos las obras de justicia“. Esta palabra justicia aparece también en las otras dos lecturas de hoy:  “Yo, el Señor, te llamé en justicia” son las palabras dirigidas al siervo del Señor, y el Apóstol Pedro predica: “Todo el que lo teme y práctica la justicia es agradable a Dios“.

Jesús dice “cumplamos la justicia”, porque también Juan el Bautista tiene que recorrer el camino querido por Dios, ambos tienen una misión que cumplir según los planes divinos. Para los que se iban a bautizar en el Jordán, “cumplir la justicia” significaba “convertirse y dar frutos de conversión”, hacer un cambio radical en su vida, porque no es suficiente confesar los pecados hay que dejar el mal y hacer el bien, de acuerdo a la palabra del Señor. Para todo creyente cumplir la justicia, significa, reconocer que Dios está por encima de todo ser creado, poner la confianza en él, escuchar y poner fielmente en práctica su palabra.

En el momento en que Jesús salía de las aguas del río Jordán se manifestó el Espíritu de Dios descendiendo sobre él como una paloma y se oyó una voz del cielo: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección“. Jesús es reconocido por Dios como su Hijo muy querido en el que se complace, como el hombre nuevo, en el que puede renovarse toda la humanidad, el primogénito de una multitud de hermanos renovados por él.

En el bautismo Jesús recibe, por el Espíritu Santo, la habilitación a la misión, misión que inicia con la “Buena Noticia de la paz”, del Reino de Dios que gracias a él ya está en marcha. Se han abierto los cielos, Dios ya no es inaccesible para los hombres, se ha hecho cercano y próximo. Los gestos y acciones de Jesús en favor de los pobres, los enfermos, los necesitados y abandonados de la sociedad y de los pecadores, son un signo patente de su poder sobre el mal y el pecado, y de la vida sobre la muerte.

San Pedro como hemos escuchado en la segunda lectura, resume muy bien toda esa actividad, cuando afirma que Jesús “pasó toda su vida haciendo el bien“. Jesús, el buen samaritano, hizo el bien a lo largo de todo su ministerio público, atendiendo a los que recurrían a él y saliendo al encuentro de las necesidades de la gente. En la persona de Jesús, en sus palabras y acciones, se hace claro lo que es el Reino de la paz, el plan de salvación que Dios ha instaurado en Jesús, para que nosotros tengamos una vida digna ya en este mundo y gozar también de la vida plena en la eternidad.

Jesús, como enviado de Dios, tiene el poder de “abrir los ojos de los ciegos, hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas“, gestos y actuaciones basadas en el amor y la misericordia, propias de quien ha experimentado la debilidad y fragilidad humana. En su manera de actuar Jesús se porta como el verdadero “Siervo del Señor“, del que habla el profeta Isaías, cumpliendo su misión no con la fuerza ni la imposición, sino haciendo una propuesta libre y respetuosa de la conciencia de las personas. “Él no gritará, no levantará la voz… no romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente”. La libertad es la condición indispensable para acoger la enseñanza de Dios.

El apóstol Pedro, como hemos escuchado en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, fue testigo de la conversión de un pagano, el centurión romano Cornelio y su familia. Gracias a la inspiración del Espíritu del Señor descubrió que, a través de ese acontecimiento, Dios quiso manifestar claramente su voluntad de salvación ofrecida a todos los seres humanos de cualquier pueblo y cultura, y no sólo al pueblo de Israel, “Verdaderamente comprendo que Dios no hace distinción entre personas, y que, en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él“.

La salvación es ofrecida a todo el mundo, lo que pide es que una persona tenga “el temor de Dios y se practique la justicia“. Esto significa por un lado respetarlo como el único ser superior, y descartar toda clase de idolatría y, por el otro, relacionarnos con los demás reconociendo que son nuestros hermanos, y organizando nuestra vida personal y social sobre el fundamento de ética y de la igual dignidad de todas las personas.

Con el bautismo de Jesús en el Jordán, ese rito de penitencia se transformó en el primer sacramento de la iniciación cristiana, don de la gracia que todos nosotros que estamos acá esta mañana hemos recibido. Por el bautismo venimos sumergidos en las aguas de la vida, lavados, liberados y redimidos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Gracias a este don, Dios nos hace sus hijos y coherederos con Cristo de la vida eterna. El bautismo también nos injerta en la vida de la Iglesia, nuestra Iglesia Católica, el Pueblo de Dios.

De ahí que recibimos el nombre de cristianos, y la identidad de católicos, hecho que no tiene que limitarse a un nombre o a estar inscritos en un registro, sino que exige fidelidad al Señor, coherencia de vida y participación activa y obediente en la vida de la Iglesia. No pocos se avergüenzan de declararse cristianos y católicos, viven en la Iglesia en forma anodina y pasiva, sin sacramentos y sin amor. Otros católicos limitan su participación en la vida de la Iglesia a la Misa dominical o en ocasiones especiales como matrimonios o bautismos. No es raro encontrar a cátolicos que no saben ni fecha, ni lugar de su bautismo, e incluso algunos que no saben a ciencia cierta si han sido bautizados y otros que indistintamente acceden a otros grupos religiosos. El Papa Francisco en días pasados invitaba a que cada cristiano conozca, recuerde y celebre el día de su bautismo, y reconozca su pertenencia a la Iglesia católica.

Además de nuestro compromiso al interior de la comunidad eclesial, los bautizados tenemos “que practicar la justicia” en la sociedad: ser discípulos misioneros al servicio del plan de Dios, de la paz que se construye día a día, en la instauración del orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres.Esto implica cooperar para resolver las causas estructurales de la pobreza ypreocuparnos por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad y solidarizarnos con sus necesidades. Como cristianos no podemos eludir el compromiso concreto y cotidiano para construir una sociedad, donde la justicia, la verdad y el bien común sean el marco referencial y normativo para todos. No hay que escatimar esfuerzos para que las relaciones sociales se fundamenten en el respeto de los derechos humanos, la libertad y la dignidad de cada persona, sin ninguna discriminación, y donde la vida humana tenga prioridad sobre toda clase de intereses.

La celebración de esta festividad del bautismo del Señor es una gran oportunidad para redescubrir el sentido profundo de nuestro bautismo, valorar este don, y generar en nosotros nuevas convicciones y actitudes. Que el hecho de ser cristianos marque toda nuestra existencia y que nuestra manera de vivir se vuelva testimonio transparente del amor de Jesús “Que pasó toda su vida haciendo el bien“.