Imaginemos a tres ángeles alrededor de una mesa, aunque los ángeles se parecen físicamente, cada uno está vestido con colores distintos. Cada uno representa a una persona de la Trinidad, a la izquierda está el Padre, vestido de color dorado y detrás de él hay una casa, que simboliza la “casa del Padre”.
Al centro está el Hijo, viste de color rojo para recordar su humanidad y su sacrifico, en el que derramó su sangre, está señalando la mesa que nos recuerda el altar y detrás de él hay un árbol, que simboliza el árbol de la cruz.
Finalmente, a la derecha está el ángel, que representa al Espíritu Santo, y está vestido con una túnica de color verde y azul, detrás de él hay una montaña que es el símbolo del desierto y de la elevación espiritual.
Esa fue la representación que Andrei Rublev pintó en un ícono famoso en 1411, inspirándose en la visitación de tres ángeles a Abraham y a su esposa Sara.
En el ícono las tres figuras sentadas alrededor de la mesa forman un círculo que simboliza la unidad y la comunión.
Pero, la mesa tiene un cuarto puesto vacío que está en el lado del observador, como si fuese una invitación para que el espectador también se siente y participe en esa mesa. En otras palabras, para que entre en el misterio de la Santísima Trinidad.
En eta fiesta religiosa recordamos que Dios es uno y trino.
En la Biblia Dios se fue revelando como Padre, Hijo y Espíritu Santo y en el Nuevo Testamento en algunos lugares, se hace referencia explícita a la Trinidad. Por ejemplo, en la segunda lectura de San Pablo leemos: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”, que también es el saludo con el que iniciamos la misa.
Esta naturaleza trinitaria de Dios está presente constantemente en nuestra vida de fe y sobre todo en la liturgia, por ejemplo, en la misa al cantar el Gloria, hacemos referencia a la Trinidad, y repetimos tres veces la palabra “Santo”. Además en el momento más importante de la Misa el sacerdote, junto a la asamblea, se dirige al Padre para que envíe su Espíritu, para que el pan y el vino se transformen en la presencia viva de su Hijo Jesucristo.
Ahora bien, todo esto no es solo una doctrina que tenemos que entender, sino un misterio de amor que tenemos que experimentar. Es decir, tenemos que entrar en ese misterio para descubrir que Dios es amor y comunión.
En esta festividad de la Santísima Trinidad recordamos que Dios no es indiferente, que él vino para salvarnos y no para condenarnos. Por eso en el Evangelio hemos proclamado: Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Es decir Dios quiere que nosotros seamos felices.
Pensando en el ícono ruso de la Trinidad, recordemos que hay un espacio para nosotros. Pidamos a Dios que seamos capaces de aceptar la invitación a entrar en el misterio de la Trinidad o, que al menos, seamos capaces de reflejar la Trinidad en nuestras vidas.
Que este misterio de la Santísima Trinidad nos ayude a sanar nuestra relación con Dios, con los hermanos, y con nosotros mismos.
Finalmente, cada vez que en familia nos sentemos en una mesa, recordemos que esa mesa también puede ser un altar, donde la familia da gracias a Dios por todo lo que tienen y por todo lo que no tiene.
Domingo 31 de mayo 2026
Por Ariel Beramendi. Sumate a mi canal de WhatsApp.
ÍCONO RUSO SOBRE LA TRINIDAD. Andrei Rublev – 1411
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