Análisis

La prensa, el cardenal y un jesuita

Una falacia muy extendida en la sociedad es la denominada “Ad hominem“. Consiste en atacar una idea sin rebatirla, pero denigrando al que la expresa. Pretende que saquemos la conclusión de que las ideas de una persona son necesariamente malas si la persona es detestable. Se evita argumentar, es decir, dialogar y razonar.

 

Tal comportamiento es común en la política y las discusiones callejeras, en tales ámbitos ha dejado de sorprender. Donde uno sí que no esperaría tal chicanería es en la prensa eclesial católica. La connotada agencia de noticias ACIPRENSA publicó hace dos días una nota que se podría adjetivar como mezquina, por decirlo menos. Lamentablemente esa noticia se reprodujo íntegramente, y desgraciadamente sin contrastar, por INFODECOM. 

 

Da cuenta de la penosa intervención pública de un cardenal Dominicano cuya grabación en video se ha difundido. Allí el prelado abusa del estrado que le ofrece la celebración eucarística; en una rabieta, digna de mejores causas, arremete contra un sacerdote jesuita, usando penosos calificativos y un tono absolutamente impropio del carácter reflexivo y de exhortación que debe tener una homilía. 

 

La razón de la virulencia del prelado está desencadenada por el activismo de ese jesuita contra una resolución legal, de dudosa legitimidad, que retira la nacionalidad dominicana a todos los hijos de haitianos nacidos desde 1929 y cuyos padres hubieran sido inmigrantes de forma ilegal en República Dominicana.  El cardenal, por el contrario, ha manifestado públicamente y de forma repetida su apoyo a esa interpretación de la normativa que es tenida por constitucional.

 

Se puede tener diferencia de opiniones en la arena pública, incluso un cardenal puede ser interpelado o tomar el rol de cuestionador, eso es parte de una diversidad que enriquece. El problema toma, sin embargo, un cariz distinto, que va más allá del duelo dialéctico, cuando de por medio están cerca de 240.000 personas, ¡tres generaciones!, que de golpe y porrazo quedan sin nacionalidad. Ya no son dominicanos, pero tampoco haitianos y se les retira o niega la documentación.

“Maldito el que pervierta el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda”, dice la Biblia (Dt 27, 19). Por si no bastara, el propio Jesús deja bien claro cuál es el deber de un cristiano frente al migrante, “fui extranjero y me recibieron” (Mt 25, 35) dice, elogiando el obrar del justo. Parece evidente, pues, cuál es la postura más humana que un creyente debiera adoptar. Entre ponerse del lado de la víctima o de una ley que tiene todos los rasgos de ser injusta, sería un cristiano muy peculiar el que optara por la segunda alternativa.

 

La nota de ACIPRENSA, que motiva este artículo, se salta todo este drama humano y se ocupa de defender el “honor” de un cardenal a costa de la deshonra de un sacerdote con acusaciones que no vienen al caso. Busca ganar simpatías atribuyendo al jesuita ser promotor del aborto y la homosexualidad, agitando estos fantasmas que se han convertido en piedra de toque de la moral católica. Se quiere presentar a ese sacerdote como poco fiel a la Iglesia para descalificar su posición respecto al tema de la migración haitiana en Dominicana y respaldar, en consecuencia, la postura del purpurado.

 

Dudo que esta sea la forma católica de hacer periodismo. Aborto y homosexualidad son asuntos lo suficientemente serios para merecer tratarse de un modo menos ligero, tienen su propio lugar en la deliberación moral cristiana. Si se los usa a cada paso como arma arrojadiza de cualquier discusión, terminaremos por darle la razón a quienes critican a los católicos de estar preocupados por la vida de un ser humano antes que nazca, pero desentendiéndonos cínicamente de esa misma vida y su dignidad luego del nacimiento.

Por Daniel Mercado SJ