Homilía para el 33° Domingo del Tiempo Ordinario B
17 de noviembre de 2024
Como muchos de ustedes sabrán, la semana pasada, un grupo de la parroquia, viajamos como peregrinos a la ciudad de Roma. Además de visitar las basílicas papales y otras gemas de la ciudad, también visitamos lugares históricos y turísticos. La ciudad está llena de obras para iniciar el jubileo del año 2025.
En Roma se puede caminar entre las ruinas del gran imperio Romano. Son restos con más de dos mil años de historia. Y es evidente que mirar los restos de una gran civilización nos recuerda que todo pasa. Aquello que conocemos hoy, mañana ya no estará.
He escuchado decir que todos morimos dos veces. La primera cuando nuestro corazón deja de latir, y la segunda, cuando alguien pronuncia nuestro nombre por última vez. ¿Esto es cierto? Tal vez sí en este mundo, pero nuestro creador que nos conoce antes de nuestra concepción no nos olvidará jamás y nos ha creado para la eternidad. Esta es nuestra fe, ¿no es cierto?
Hay biblistas que suponen que esta última parte del evangelio podría ser una añadidura hecha cuando los primeros cristianos de Roma iniciaron a ser perseguidos. Por eso, el tono es apocalíptico
Este domingo nos acercamos al final del Tiempo Ordinario y los textos bíblicos nos ayudan a prepararnos para el final del año litúrgico y hacen referencia al fin de los tiempos, a la muerte, al final de cada uno de nosotros y también al fin del mundo.
Jesús desea que aprendamos a prepararnos para la Eternidad e intenta explicarnos que este mundo, como lo conocemos, tendrá un final. A veces vivimos en la dimensión del tiempo cronológico y “queremos todo y ahora mismo”.
El Evangelio de hoy indica que el sol se oscurecerá, que las estrellas caerán, y nos invita a mirar más allá.
Jesús nos dice que así como interpretamos los signos de una rama tierna y con hojas verdes, y sabemos que el verano está cerca; de la misma manera, tenemos que interpretar que este mundo terrenal llegará a su fin. Pero, no es “el fin del mundo”, es el “fin de un mundo”, porque la fe nos dice que hemos sido creados para la eternidad.
Este mundo viejo, lleno de sufrimiento, pecado, opresión del más fuerte sobre el más débil, de desigualdades entre privilegiados y marginados, pasará.
Los interlocutores de Jesús le muestran las maravillosas piedras del Templo, y Jesús responde que no quedará piedra sobre piedra: todo esto que conocemos terminará. Así como varios imperios han quedado en ruinas.
Cielo y tierra pasarán, mas su Palabra no pasará.
Y la palabra del Señor es creadora, renovadora y salvadora. De hecho, decimos que Jesús es la Palabra de Dios encarnada, y este mismo Jesús nos dice “yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos”. O sea que cuando hay momentos de fracaso o de sufrimiento, el Señor también está con nosotros.
Cuando hablamos del fin del mundo en términos apocalípticos, pensamos en la tristeza y el dolor por algo que ya no estará. Pero lo que Jesús quiere decirnos es algo diferente: no se trata de un fin absoluto, sino del inicio de una vida nueva en Cristo, en su regreso lleno de alegría y paz.
Es el cumplimiento de lo que Él comenzó cuando vino a visitar a la humanidad. Por eso, creemos que Él vino a sembrar semillas de su reino entre nosotros, y los cristianos también somos constructores del Reino de Dios en esta tierra pasajera. Mientras todo llega a su cumplimiento, estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe hasta el final, con alegría, esperando como se espera lo bello y lo importante.
Preguntémonos:
¿Sobre qué estás invirtiendo en tu vida? ¿En cosas que pasan o en cosas que no pasarán?
Pongamos los fundamentos de nuestra vida en la Palabra de Dios, esto no significa huir de la historia sino saber que somos constructores del Reino de Dios y que en medio de este mundo pasajero podemos hablar de eternidad.
POR ARIEL BERAMENDI


