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La fe es un Don gratuito, no tiene precio, dice Monseñor Sergio Gualberti

Monseñor Sergio Gualberti en su homilía de este domingo a pedido a todos los creyentes  hacer fructificar y crecer el Don de la  Fe recibida en el  bautismo “a través del conocimiento de Jesucristo, de la palabra de Dios, de la vida de gracia, de los sacramentos y del servicio a los hermanos”.

El prelado también lamentó la tragedia de centenares de refugiados e inmigrantes ahogados esta semana en el mar Mediterráneo, parte de una larga lista de personas muertas en el intento de escapar a la guerra y a la pobreza, de alcanzar la libertad y buscar condiciones de vida dignas para un ser humano:

“El Papa Francisco ha definido esta desgracia “una vergüenza” para la humanidad, “vergüenza” para los grupos de poder que mantienen un sistema político y social que somete el ser humano a los intereses de la economía y de la financia y que obligan a tantas personas a abandonar su tierra en busca de trabajo. Este sistema es responsable también de la grave crisis no sólo económica sino de humanismo que golpea muchos países y que está haciendo aumentar la multitud de pobres en el mundo” subrayó.

Sin embargo, alentó a tener una mirada de esperanza y de fe frente a las tragedias del mundo puesto que “La fe es la condición esencial para entender que el Reino de Dios, aún en medio de tantas contradicciones y males, se abre camino en la historia de la humanidad, como nos recuerdan varias parábolas y enseñanzas de Jesús”.

Monseñor Sergio recordó que el mismo “Jesús en respuesta al pedido de los apóstoles: “Auméntanos la fe”, les hace tomar conciencia de que su fe es demasiado débil y exigua: “Si tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza…”. Es suficiente una “nada”, como  una menuda semillita, para hacer “todo, grandes cosas.

“También nosotros, al igual los apóstoles, tenemos una fe muy débil y necesitamos crecer en la fe, entendida como apertura, fidelidad y confianza duradera en el Señor” manifestó.

En ese  mismo sentido, el Arzobispo de Santa Cruz enfatizó que “La fe es un don gratuito, no tiene precio, por eso todo el bien que podamos hacer, tenemos que hacerlo con un espíritu de gratitud y gratuidad”.

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, 06/10/2013

En la primera lectura hemos escuchado el grito del profeta Habacuc: ¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que tu escuches, clamaré hacia ti: “Violencia”, sin que Tú salves? ¿Por qué me hacer ver el mal y te quedas mirando la opresión?”

Ante un mundo y una sociedad donde la iniquidad, la injusticia y la opresión se van extendiendo día a día, también nosotros, como el profeta, podemos compartir en lo profundo de nuestro corazón esas interrogantes angustiosas. ¿Por qué Dios no interviene ante el persistir de las guerras, la violencia, las contiendas y discordias, la opresión, la pobreza y el hambre? ¿Por qué la tragedia de centenares de refugiados e inmigrantes ahogados esta semana en el mar Mediterráneo, parte de una larga lista de personas muertas en el intento de escapar a la guerra y a la pobreza, de alcanzar la libertad y buscar condiciones de vida dignas de un ser humano?

El Papa Francisco ha definido esta desgracia “una vergüenza” para la humanidad, “vergüenza” para los grupos de poder que mantiene un sistema político y social que somete el ser humano a los intereses de la economía y de la financia y que obligan a tantas personas a abandonar su tierra en busca de trabajo. Este sistema es responsable también de la grave crisis no sólo económica sino de humanismo que golpea muchos países y que está haciendo aumentar la multitud de pobres en el mundo.  

Algunos, ante estas contradicciones y aparente ausencia de Dios en la historia, se escandalizan, se resienten y optan por alejarse y dejan de creer en el Señor.

Otros consideran inútil cuestionar a Dios para resolver los problemas causados por la maldad del ser humano. No es por desconfianza en el poder o en la bondad de Dios, sino que están convencidos que Él confía a los hombres la responsabilidad de resolver los problemas y de construir un mundo justo y en paz, un mundo que sea casa para todos.

También hay personas, cristianos y no cristianos, que escuchan en su conciencia una respuesta: ven en la aceptación sufrida y al mismo tiempo serena del dolor y de la desgracia, un camino difícil de humanización y elevación moral.

La palabra de Dios de este domingo recoge en una visión más global estas inquietudes, búsquedas y respuestas parciales, al indicarnos que para poder dar una respuesta certera a estas preguntas, hace falta contar también con la luz de la fe y no sólo con el esfuerzo de la razón.

La fe es la condición esencial para entender que el Reino de Dios, aún en medio de tantas contradicciones y males, se abre camino en la historia de la humanidad, como nos recuerdan varias parábolas y enseñanzas de Jesús.

El Salmo invita a escuchar la voz del Señor, y el profeta Habacuc incita al pueblo de Israel a saber descubrir su presencia en los circunstancias difíciles por las que está pasando el pueblo de Israel y a esperar con confianza el momento establecido para la intervención salvadora de Dios, porque “Él vendrá seguramente y no tardará”. Esta actitud de fe y esperanza puestas en Dios es la que hace justa a una persona y da sentido a su vida: “El justo vive por la fe”.

Jesús en respuesta al pedido de los apóstoles: “Auméntanos la fe”, les hace tomar conciencia de que su fe es demasiado débil y exigua: “Si tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza…”. Es suficiente una “nada”, como  una menuda semillita, para hacer “todo, grandes cosas.

También nosotros, al igual los apóstoles, tenemos una fe muy débil y necesitamos crecer en la fe, entendida como apertura, fidelidad y confianza duradera en el Señor. Sólo con esta mirada podemos comprender que Jesús es el enviado por el Padre a cumplir las promesas y a hacernos cercano el Reino de justicia y de vida, aunque nos parezca que todo está confiado en nuestras manos.

Oramos a Dios que aumente nuestra fidelidad, porque la fe es un don que hemos recibido en el bautismo, la perla preciosa y el tesoro puestos en una vasija de barro. Es un don que, sin embargo, exige nuestra respuesta y aceptación libre y responsable. Es necesario que nosotros cuidemos con esmero este tesoro y talento, y que lo hagamos fructificar y crecer a través del conocimiento de Jesucristo, de la palabra de Dios, de la vida de gracia, de los sacramentos y del servicio a los hermanos.

Hacer fructificar nuestra fe, es crecer en la adhesión al Señor, en la total y libre entrega de nuestro ser. No podemos pensar que somos personas de fe porque nos recordamos del Señor en los momentos de apuro, de desgracia y de dolor. Adherir al Señor es ponerlo al centro de nuestra existencia, organizar nuestra vida de acuerdo a su voluntad y confiar en él en todo momento, suceda lo que suceda.

“Reaviva el don de Dios… con la ayuda del Espíritu Santo… que no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad” es la recomendación de Pablo a Timoteo. Urgidos a reavivar la fe con la ayuda y fortaleza del Espíritu del Señor, porque la fe es una gracia que Dios concede a quien la pide y la acoge. No podemos pretender que el Señor nos de el don de la fe, porque pensamos que nos portamos bien, como buenos cristianos. La fe es un don gratuito, no tiene precio, por eso todo el bien que podamos hacer, tenemos que hacerlo con un espíritu de gratitud y gratuidad. Al final de un día o de una tarea cumplida, nuestra profesión delante del Señor tiene que ser la del criado del evangelio: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.

Adherir al Señor es también dar testimonio de nuestra fe a través de las obras, hacer el bien, hacer pequeños milagros, conocidos sólo por Dios sin bombos y platillos, en actitud de servicio.

Es en la vida de cada día, en nuestra familia, en el vecindario, en el trabajo, en la parroquia que podemos testimoniar nuestra fe con una palabra oportuna, con un gesto de perdón y amor, con un poco de nuestro tiempo dedicado a los demás y con nuestra defensa de los oprimidos y compromiso por la justicia.

Fortalecidos en nuestra fe, nos acercarnos nuevamente a esas interrogantes iniciales respecto a la experiencia del dolor, la injusticia, la discordia, la violencia y la muerte. Es un acercamiento en humildad, concientes de que nuestra razón es un instrumento limitado, incapaz por si sola de descubrir los misterios de la vida y del plan de Dios sobre la creación y la historia. Necesitamos entrar en la mirada de Dios, porque Él conoce y sabe todo lo que nos sucede en nuestra vida y en la de todo mundo. Esta certeza de que todo lo que acontece está en el corazón y la mente de Dios, aunque uno no lo comprenda, es lo que ayuda a muchas personas comprender y aceptar las desgracias y sufrimientos que han acontecido en su vida.  

Jesús nos ayuda a dar otro paso decisivo y definitivo en la comprensión de esas preguntas y lo hace experimentando en carne propia el dolor de la pasión y aceptando la muerte en cruz. Y justamente por la cruz Jesucristo nos ha salvado y ha dado sentido al dolor, y misteriosamente hace que nuestros sufrimientos y dolores tengan un gran valor porque se funden con su muerte redentora y se vuelven semilla de vida, una vida que da frutos abundantes y nadie ni nada nos podrá arrebatar. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.

Junto a los apóstoles pidamos al Señor esta mañana: “Auméntanos la fe”, para que cada uno de nosotros alcance a ser “el justo que vivirá por su fidelidad”.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.