Análisis

Julián Schvindlerman: El berrinche turco contra Francisco

“Cuando los políticos y los religiosos asumen el trabajo de historiadores, no dicen verdades, sino estupideces”, afirmó hace pocos días el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. ¿Como cuando él mismo aseguró que navegantes musulmanes descubrieron el continente americano y que Cristóbal Colón vio una mezquita en Cuba?

Recordemos ese memorable discurso, televisado durante la ceremonia de clausura de la Primera Cumbre de Líderes Musulmanes Latinoamericanos, celebrada unos meses atrás, en Estambul, en el que el mandatario turco declaró: “Navegantes musulmanes habían llegado a las orillas de América en 1178. En sus diarios, Cristóbal Colón se refirió a la presencia de una mezquita sobre una montaña en Cuba”.

No, por supuesto, Erdogan aludía al papa Francisco quien, durante una misa en la Basílica de San Pedro, se refirió al exilio forzado y matanza de un millón y medio de armenios entre 1915-1917 a manos de los turcos como “el primer genocidio del siglo XX”.

Genocidio es una palabra prohibida en el léxico historiográfico turco, al menos en lo concerniente a sus propias acciones. Para otros puede usarse libremente, en particular si Israel está involucrado. “Israel está aplicando el terror. Israel está en este momento cometiendo un genocidio. No admite que Fatah y Hamás establezcan juntos un gobierno de consenso”, fustigó Erdogan a mediados de 2014.

Francisco no hizo más que reiterar una frase ya pronunciada por Juan Pablo II en el 2001 y honrar su convicción personal de que los turcos cometieron un genocidio contra los armenios, cosa que él ya había dicho cuando era Arzobispo de Buenos Aires.

Pero los turcos se ponen muy sensibles con este tema. Ankara llamó a consultas a su embajador ante la Santa Sede, convocó al nuncio en Estambul para asentar su protesta, amenazó con expulsar a los 100.000 armenios que residen en Turquía y sus oficiales salieron en manada a atacar indecorosamente al Papa.

La embajada turca en Roma envió una nota alegando que esa expresión era “una calumnia”. El Primer Ministro, Ahmet Davutoglu, tildó a las palabras del pontífice de “inapropiadas y facciosas” y a Francisco de haber “adherido a la conspiración” de un “frente del mal”.

El Gran Muftí Mehmet Gormez tachó las declaraciones papales de “sin fundamento” e inspiradas “por lobbies políticos y empresas de relaciones públicas”. El ministro para Asuntos Europeos, Volkan Bozkir, recordó que Francisco provenía de la Argentina, “un país que acogió a los nazis”. El presidente Erdogan acusó al Papa de decir estupideces y le amenazó: “condeno este error y le advierto que no lo repita de nuevo”. Mientras tanto, hackers turcos clamaron autoría por un ataque cibernético al portal del Vaticano.

Ante semejante avalancha provocadora, el Papa respondió sutilmente: “el camino de la Iglesia es el de la franqueza”. De no ser por su mención -como observó el diario español El País- “el centenario de uno de los episodios más oscuros del siglo XX no hubiera tenido tanta relevancia”. Gracias al Gobierno turco hemos presenciado una de las muestras de exhibicionismo político más exageradas de los últimos tiempos.

Quizás Ankara espera poder torcer la determinación papal mediante su reacción desproporcionada, tal como sucedió con Benedicto XVI, tras su crítica al islam radical en Ratisbona en el 2006. Luego de la ola de repudio que sus palabras suscitaron, el Sumo Pontífice viajó a Turquía, expresó apoyo al ingreso de esa nación musulmana a la Unión Europea, rezó en una mezquita histórica en dirección a la Meca y caracterizó al islam como una religión de amor y tolerancia. Erdogan estaba chocho. Esperemos que esta vez la Santa Sede preserve su firmeza inicial.

En cuanto a Turquía, ya es hora de que asuma una mirada honesta y madura sobre su propia historia. Lo que ocurrió, ocurrió, y ningún berrinche desbocado podrá borrar los hechos.

Julián Schvindlerman es escritor y analista político.