Análisis

Juan José Toro (El Potosí): “El día en que Francisco descongeló Santa Cruz”

Amaneció enfriando la pobre mía. La luz del sol, tímida sobre los cúmulos de nubes que cubrían el cielo cruceño, se apareció en algún momento y pintó de gris a la ciudad de los anillos. Con el cielo cubierto, nadie supo en qué momento amaneció. Por ello, ya era día cuando la gente que cubría sus hombros con frazadas dejó de dar vueltas en las calles aledañas al Cristo Redentor para calentarse.

No pudieron acercarse. Las hileras de policías que rodeaban el altar erigido para la misa del Papa Francisco no les permitieron pasar. “¿Dónde está su manilla?”, preguntaban y, como la mayoría de la gente no tenía manilla ni credencial, no les dejaban ir más adelante. Pero la llegada del día no sólo borraba las sombras de la noche pasada en vigilia, sino que también traía esperanza. Pronto empezaría la misa… pronto podrían escuchar al Pontífice y quizás hasta verlo.

Eran las 7:30 cuando las últimas carpas instaladas en las veredas de la avenida Monseñor Rivero fueron levantadas. Los mismos policías que impedían el paso hacia el altar se encargaron de apresurar a los relegados. El termómetro marcaba 14 grados. Para muchos de los que llegaron de lugares como La Paz, Oruro y Potosí, el clima era tolerable, pero los cruceños sentían frío; todavía con el recuerdo de la granizada caída el lunes, vestían chamarras, sacones y muchos utilizaban gorras y bufandas. Había gente vestida de negro, un color impensable para una ciudad que está a 400 metros sobre el nivel del mar. Un viento que soplaba a una velocidad de hasta 19 kilómetros por hora parecía enfriar más el ambiente.

Y es que la alegre ciudad de clima tropical estuvo fría desde la anterior semana. El invierno había sentado sus reales y obligó a los cruceños a utilizar prendas propias del occidente. El cielo nublado con el que amaneció el jueves 9 de mayo hacía temer que nada hubiera cambiado.

Eran las 9:40 cuando un pedazo del cielo oriental se pintó de azul y los primeros rayos del sol se colaron todavía con timidez. Abajo, el vehículo-pecera que transportaba al papa Francisco había salido de la casa del cardenal Julio Terrazas y se dirigía al Cristo. La gente que se apostó a lo largo del trayecto se agolpó hacia la calle, pero fue contenida por los policías. Impotentes por no poder ver al Papa latinoamericano, muchos sacaron los celulares y los levantaron para filmarlo o fotografiarle. Unos tuvieron suerte; la mayoría no. En muchos puntos del trayecto, el “Papamóvil” aceleró y no pudo ser captado nítidamente.

Y mientras abajo, la gente ansiosa, intentaba tomar fotografías, el sol continuaba abriéndose paso arriba. Como si múltiples brazos apartaran las nubes, el cielo estaba cada vez más azul y subía la temperatura. A las 10:00, cuando el termómetro marcaba 17 grados, la velocidad del viento había subido a 26 kilómetros por hora, pero ya no se sentía frío. La gente que intentaba acercarse al altar desistió de su intento y fue a buscar un lugar frente a algunas de las pantallas gigantes que se instalaron en los alrededores.

Entonces habló Francisco y todo quedó olvidado. Ya nadie se acordó de las manillas ni de los policías que las pedían para pasar; nadie habló de credenciales ni de las sillas para privilegiados ubicadas cerca del altar porque la misa había comenzado. Unos compraron los rosarios que se vendían a 10 bolivianos, otros adquirieron las banderas blancas con la imagen del Pontífice y los menos pagaron por gorras porque el sol ya estaba barriendo no sólo la zona del Cristo Redentor sino a Santa Cruz entera.

Sofocada, la mayoría se quitó las chamarras y sacones, los dejaron colgando del antebrazo, otros utilizaron estas prensas como almohadones para apreciar las pantallas gigantes. Ya nadie buscaba acercarse al altar.

11:00. El termómetro escaló otro punto y el frío de los días anteriores parecía un recuerdo tan vago que muchos creyeron que lo habían soñado. Las imágenes de la granizada parecían de una película ajena con los grises colores granulados como aquellas pantallas gigantes de televisión que reproducían la misa que se celebraba a escasos metros aunque a momentos se antojaba lejana, y otros próxima…

Y aparecieron los mosquitos. Comenzaron a posarse sobre los brazos desnudos de la gente que los dejaban estar porque tenía la atención puesta en las pantallas. Y apareció alguno que otro tábano que se detenía en el aire y se quedaba quieto, como si estuviera escuchando atentamente lo que Francisco decía, como si aquel Jorge Mario que estaba tan cerca por la distancia y tan lejos porque se lo veía sólo a través de una pantalla, fuera realmente aquel pobrecito de Asís que les llamaba “hermano mosquito” y “hermano tábano” y pedía que Dios se acuerde de los que sufren y giraba las palmas hacia su rostro y elevaba sus manos al cielo mientras decía “Padre nuestro que estás en los cielos…”