Análisis

Jhonny Montero: “La ‘distancia social’, una necesidad urgente y un posible peligro”

Distancia social por coronavirus

Hoy no podemos ser hospitalarios y acogedores, cuando nosotros somos de una cultura del encuentro, de la cercanía, de la caricia, de la fiesta, del compartir de un mismo plato, de un mismo vaso…

Al inicio de la cuarentena, me encontré con un buen amigo. Por la emoción de verlo después de largo tiempo, me acerqué a estrechar su mano, darle un abrazo y conversar con él. En ese intento natural y automático, me quedé con la mano extendida, experimentando una sensación de frialdad y hasta de rechazo, pues después de un par de palabras, apenas se despidió y se fue. Segundos más tarde, racionalmente entendí que se trataba del protocolo de prevención de la pandemia. Ahora, cuando soy yo quien evita el saludo de mano, como gesto de agradecimiento, de una persona que ha recibido un canastón familiar, me siento mal y, con seguridad, la otra persona siente lo que yo sentí cuando no estrecharon mi mano. ¿Usted ha tenido experiencias similares?

El miedo al contagio del coronavirus está poniendo en juego nuestra idiosincracia, está modificando el modo de relacionarnos, nuestro comportamiento y nuestros hábitos. Hoy son necesarios nuevos hábitos de higiene, limpieza y cuidado. La “distancia social” es obligatoria. Nuestros hogares, ahora se cierran, no solo con candados, sino con el miedo a recibir a alguien. Hoy no podemos ser hospitalarios y acogedores, cuando nosotros somos de una cultura del encuentro, de la cercanía, de la caricia, de la fiesta, del compartir de un mismo plato, de un mismo vaso. Somos de la cultura del “Nosotros” y del “Ñoqanchej”.

Las medidas de prevención, como la “distancia social”, son buenas y extremadamente necesarias en su cumplimiento, para evitar la propagación del virus. Pero el peligro es que la “distancia permanente”, el cuidado paranoico y el miedo, se conviertan en un “modo de ser y vivir”, reforzando nuestro encierro en el paradigma del individualismo, profundizando la separación entre personas, reforzando el miedo al “otro” que viene de fuera. Creándose con ello, muros invisibles de desconfianza, duda o inferencia ante la situación existencial del “otro”. La “distancia”, a la larga, podría ampliar la brecha ya generada -por la tecnología- de los adolescentes y jóvenes con los adultos. Podría profundizar la indiferencia hacia los enfermos, hacia los descartados que están al borde de los caminos y las “sanjas” de la pobreza, a la exclusión, abiertas por el capitalismo y socialismo, entre otros.

El tejido social, formado por personas, instituciones, pueblos y naciones, está unido por la economía, las ideologías, el interés y las relaciones comerciales.

Si el “mantener distancia” se consolida como un estilo de vida, más allá de que haya terminado la pandemia, constituiría un signo más de un giro antropológico, caracterizado por poner en el centro al individuo, al “yo”, reforzando su independencia, autosuficiencia y cuyo máximo propósito es el éxito y el poder económico, aunque esto implique la exclusión y descarte de la mayoría. En este entendimiento, el bien individual y el de una parte de la sociedad, es lo que cuenta y se busca. El tejido social, formado por personas, instituciones, pueblos y naciones, está unido por la economía, las ideologías, el interés y las relaciones comerciales.

La visión de la Iglesia respecto al ser humano, se centra en la persona. Una persona en relación, en comunidad, formando un solo cuerpo, donde todos son importantes y necesarios. Somos parte de un todo social, natural y sobrenatural. Somos ante todo “comunidad”. El “otro” es mi hermano y su bien es el de todos. Formamos un solo tejido comunitario. Lo que nos une es la dignidad compartida, el bien común, la solidaridad, la misericordia y el amor.

Hoy experimentamos el miedo a una enfermedad hasta ahora incurable y muy contagiosa, como lo fue la lepra, en tiempos de Jesús. Quienes la padecían eran separados de sus familias y de toda vida social. Ante actitudes de miedo, rechazo, indiferencia y condena, Jesús no se alejó de ellos, sino sintió compasión, se acercó, al punto de tocarles para sanarles y enviarles a dar testimonio de lo que Dios había hecho con ellos (Mc.1,40-45). Su actitud fue de cercanía, de abrazar con misericordia al enfermo, al pecador, al marginado. Jesús, con su vida, nos muestra el paradigma de la misericordia, la espiritualidad del buen samaritano, el testimonio del verdadero amor como servicio y entrega de la propia vida para la salvación de todos. Por ello, como Iglesia, debemos ser, como nos dice el Papa Francisco, la “tienda de campaña” donde atendamos a las personas heridas por la vida, la enfermedad y la marginación.

Que la “cultura de la distancia”, que se está creando, no implique el desentenderse de los contagiados y de sus familias. De las poblaciones vulnerables y afectadas por este mal, como son los adultos mayores, los enfermos, las familias más empobrecidas que viven del día a día. Que el principio del cuidado, responsabilidad y compromiso por el “otro”, siempre prime. Pues, cuidar al otro es cuidarse a sí mismo. El bien de todos, es el bien de uno y en el contribuir al bienestar de todos, está nuestra realización personal, humana y cristiana.

Que nuestros hogares se conviertan en escuelas y templos, donde sigamos aprendiendo valores, aprendiendo a ser humildes y agradecidos por la vida.

No dejemos que desaparezca el valor de un abrazo. No dejemos que la indiferencia ante el sufrimiento de las personas, anide en nuestro corazón. Esto sería un mal mayor que el coronavirus. Que nuestros hogares se conviertan en escuelas y templos, donde sigamos aprendiendo valores, aprendiendo a ser humildes y agradecidos por la vida. Aprendiendo a ser creaturas amadas por Dios, y llamadas a amar y servir a los más vulnerables y en situación de sufrimiento social. A aquellos que ya no encuentran lugar y tiempo para llorar a sus fallecidos por la pandemia. A los ancianos que ahora están más solos y aislados y a nuestros hermanos en las periferias, que están enfrentando esta pandemia sin trabajo, sin agua y con poco alimento.

(Jhonny Montero Irala es Director de PASCAR-Sucre)

[Imagenbbc.com]