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INAUGURADO EL CONGRESO EUCARÍSTICO ITALIANO QUE CLAUSURARÁ EL PAPA

(ITALIA) “También para la sociedad de hoy, marcada por tanto egoísmo, por especulaciones desenfrenadas, por tensiones y enfrntamientos, por violencias, la Eucaristía es una llamada a la apertura a los demás, a saber amar, a saber perdonar”.

Así lo afirmó el cardenal Giovanni Battista Re, enviado especial de Benedicto XVI, al inaugurar oficialmente, ayer domingo por la mañana, en el área de la Fincantieri en Ancona el XXV Congreso eucarístico de Italia.

La Eucaristía, prosiguió el purpurado, “es invitación a la solidaridad y al compromiso con los pobres, con los que sufren, con los pequeños y con los marginados”; “es luz para reconocer el rostro de Cristo en el rostro de los hermanos. Reconocer a Cristo en la hostia santa de hecho lleva a saberlo ver también en los hermanos y abre nuestro corazón para salir al encuentro de cada pobreza”.

Por esto, prosiguió, “la Eucaristía es luz también para el servicio al bien común y para la contribución que los cristianos deben hacer a la vida social y política, que hoy necesita más que nunca un giro redondo, que lleve a una renovación real en la honradez, en la rectitud moral, en la justicia y en la solidaridad”.

Por ello, el Congreso eucarístico de Ancona es “una ocasión para encontrar en Cristo la fuerza que cambia la vida y la sociedad”; la Eucaristía, de hecho, es el “gran motor de la vida cristiana: es aliento para rehacer el tejido cristiano de la sociedad y a educar a la ‘vida buena del Evangelio’; es punto de partida para la augurada nueva evangelización, capaz de llenar de contenidos evangélicos el estilo de los comportamientos, la cultura que nos rodea y toda la vida”.

Hoy lunes, en cambio, al presidir la Misa en la catedral de San Septimio en Jesi, el purpurado reflexionó sobre el acontecimiento prodigioso de la multiplicación de los panes recogido en el Evangelio, y recordó que para hacer el milagro, Jesús quiso utilizar los panes y los peces de un chico.

Por tanto, explicó, el “milagro se realizó porque hubo uno que puso a disposición lo poco que tenía; el milagro fue posible porque se compartió y hubo solidaridad”.

“Esos pocos panes y peces son poca cosa frente a una muchedumbre hambrienta, pero representan el símbolo de la caridad fraterna y de la solidaridad. Hoy la palabra solidaridad se usa a menudo como una bandera, como una palabra muy valorada, pero por desgracia, poco puesta en práctica”; y “los problemas de la pobreza, del subdesarrollo, del hambre en el mundo no se resolverán nunca si no hay verdadero sentido de solidaridad”.

“También la actual crisis económica y financiera – subrayó – requiere un gran espíritu de solidaridad, que lleve a superar los individualismos, las avideces, la especulación desenfrenada, poniendo en el centro a las personas y buscando el bien de todos”.

Al mismo tiempo, sin embargo, el relato evangélico muestra que “el hambre de la muchedumbre que rodea a Jesús es signo y símbolo de otra hambre que hay en el corazón humano. Cada hombre y cada mujer tienen hambre, además de pan, de verdad, de justicia, de libertad, de amor y de solidaridad”.

De hecho, “el corazón humano está a menudo agitado y atormentado por el deseo y la necesidad de esos valores de los que Cristo fue anunciador y garante. En el corazón humano existe un vacío que sólo Dios puede llenar. En muchas personas hay un vacío inquietante de certezas y de valores. Hay un hambre espiritual a menudo no reconocida”.

“También en este mundo nuestro distraído y atareado, no son pocas las personas que, incluso inconscientemente, buscan a Dios, porque sienten la necesidad de algo más que los bienes materiales que poseen y del éxito que han alcanzado en su profesión”, y este Congreso eucarístico quiere recordar precisamente que “además del pan material necesario para vivir, existe otro pan del que el corazón humano tiene necesidad; un pan que viene del cielo; un pan que es Cristo mismo, que se nos entrega”.