Homilía para el 32° Domingo del Tiempo Ordinario. B.
10 de noviembre de 2024
El Evangelio nos muestra dos situaciones opuestas, dos vidas completamente distintas: el escriba y la viuda.
Jesús nos invita a alejarnos del estilo de vida de ciertos escribas, que aman pasearse con largas vestiduras, recibir saludos en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes.
Si reflexionamos bien, esta forma de vivir buscando el reconocimiento público, la aceptación y la confirmación de los demás, conduce a absolutizar la apariencia y la visibilidad. En el fondo nos vacía y nos lleva a una vida miserable, porque nos transformamos en esclavos del juicio de los demás (del qué dirán), y corremos el peligro que nuestras vidas solo tenga el objetivo de llenar las expectativas de los demás.
Por un lado tenemos miedo a ser olvidados, y por el otro, todos estamos amenazados por esta tendencia de la vanagloria, que busca espacio en nuestro corazón.
Por ejemplo, hoy está de moda un nuevo término inglés: “FOMO” (“fear of missing out”) es decir el miedo a quedarse aislado de lo que está pasando, y en muchos casos esto causa ansiedad y frustración.
Por supuesto que todo esto se aplica también en la vida de fe.
Jesús va en la dirección opuesta a todo lo anterior. El Señor observa a la gente que echa monedas en el tesoro y mira atentamente a la viuda pobre y sus dos moneditas. Ella tiene muy poco, pero decide donar el 100%, sin reservar nada para sí misma.
La viuda representa al elemento más débil de la cadena en la humanidad, que viene devorado por un sistema que guarda las apariencias. Pensemos un momento en la gente que lo pierde todo por la guerra, por la corrupción o por las catástrofes naturales. Todos de un momento a otro podemos convertirnos como esta viuda del nuevo testamento o la viuda del antiguo testamento.
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Parece que la sociedad de hoy tiene un sistema en el que el valor de las personas se mide por su alta productividad, y en este sentido, los enfermos, los ancianos, los niños, o simplemente los pobres, se convierten en el elemento más débil de la sociedad y son “devorados” por el sistema que luego los descarta. Vivimos en una sociedad hiper moderna pero vemos que el ser humano puede convertirse en material de desecho para el mundo.
Jesús observa la realidad y reconoce la generosidad de la viuda, ella da todo lo que tiene (al igual que la viuda de la primera lectura). Es generosa al 100%, ella es una mendiga, depende de los demás, no tiene nada, pero aun así tiene el deseo de darle a Dios todo lo que tiene.
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Muchas veces, los más pequeños, los más débiles o los menos afortunados nos enseñan que también en medio de la pobreza se puede ser generoso.
En el caso de la viuda, lo más importante es reconocer que ella tiene una relación con Dios y no es esclava de la apariencia. Ella se convierte en la imagen de una verdadera relación con Dios.
Según la enseñanza de Jesús, Dios no nos pide mucho o poco, nos pide todo. No podemos pensar en “vivir sólo un poco para el evangelio”.
Delante al Evangelio, no existe un territorio neutral, donde tengas un pie con Dios y el otro con el diablo.
El evangelio es radical: no podemos pensar que podemos domesticar el mensaje del evangelio porque nos convertiremos en escribas que devoran las casas de los pobres y viven de las apariencias.
Pidamos al Señor el don de crecer en la fe y en nuestra relación con Él. Pidamos sabiduría para no convertirnos en esclavos del juicio ajeno o de la sociedad. Y, sobre todo, pidamos al Señor que, paso a paso, Él se convierta en el centro de nuestra vida.
Por: ARIEL BERAMENDI


