Homilía para el 8.º domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C
2 de marzo de 2025
Imaginemos didácticamente que un carpintero viene hoy a nuestra comunidad. ¿Cuánta paja y cuántas vigas de madera se lleva? Tal vez ese carpintero podría construir una o más casas de madera con todas las vigas que se llevaría, y seguramente también se llevaría mucha paja.
Y en sentido metafórico, tomando las palabras del Evangelio, para saber si tenemos en nuestros ojos paja o vigas grandes, hoy tenemos la clave en la enseñanza del Evangelio sobre los frutos buenos y malos.
¿Quieres saber si alguien es bueno o malo? ¿Si algo en nuestra vida es la voluntad de Dios? Entonces tenemos que mirar los frutos, pues hoy Jesús nos enseña que no hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos.
Este Evangelio tiene tres enseñanzas para nosotros y puede hacernos más sabios y justos ante los ojos de Dios.
La imagen de los ciegos
La primera imagen sobre el ciego guiando a otro ciego es muy gráfica y nos indica que, para guiar o ayudar a los demás, primero debemos cultivar nuestra vida interior. Nadie puede dar algo que no tiene dentro.
Esta imagen de dos ciegos caminando nos recuerda el discernimiento y la meditación que tenemos que practicar antes de dar un consejo, antes de tomar una decisión o antes de emprender algún proyecto importante.
Y recordemos que el primer maestro para nosotros, los creyentes, es Cristo, quien nos ha dejado sus enseñanzas a lo largo del Nuevo Testamento.
La imagen de la paja o la viga en el ojo
También es una frase famosa de Jesús, muy gráfica y que se explica por sí sola. Pero, en definitiva, nos está exhortando a no ser presuntuosos ni hipócritas delante de Dios y nuestros hermanos.
¿Alguna vez has escuchado que alguien vegetariano defendía a capa y espada esa opción (lo cual, personalmente, me parece bien) pero que, en algún momento, lo vieron comiendo una hamburguesa en McDonald’s? Ahí hay algo que no cuadra, ¿cierto?
Lo mismo puede sucedernos con cuestiones éticas, morales, religiosas y sociales.
A veces es más fácil esconder nuestros defectos y señalar o juzgar los defectos de otros, porque así pensamos que los demás no prestarán atención a los nuestros.
El evangelio de la semana pasada nos decía: “Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso“. Por eso recordemos que todos tenemos defectos: ¡todos! Debemos ser conscientes de esto y, antes de condenar a los otros, mirar dentro de nosotros mismos. Así, podemos actuar de manera creíble, con humildad, dando testimonio de la caridad[1].
La imagen del árbol y sus frutos
Finalmente, la imagen del árbol es muy sabia, porque nos ayuda en nuestra vida a ser pacientes y tener esperanza.
Los frutos, buenos o malos, nos muestran si algo nos aporta o nos quita en la vida.
Muchas veces queremos respuestas y resultados positivos inmediatos, pero la imagen del árbol nos enseña que, además del tiempo, hay que cultivar y cuidar aquello que es importante para nosotros. Esto también se aplica, por ejemplo, a la educación de nuestros hijos.
No podemos esperar frutos de un árbol que no hemos cuidado, mucho menos frutos buenos si no hemos sido capaces de cultivar e invertir tiempo y energía para transformarnos en personas que ofrecen luz, consuelo, energía o alegría a los demás.
Hoy en día se habla mucho de las personas tóxicas o de las relaciones tóxicas, entonces es fácil imaginar qué frutos darán esas dinámicas interpersonales.
Pidamos a Dios que sepamos discernir, que seamos misericordiosos como el Señor mismo ha sido misericordioso con nosotros. Ahora que la Cuaresma se acerca, tendremos una oportunidad de seguir creciendo como un árbol grande que da frutos buenos.
[1] PAPA FRANCISCO, Angelus Plaza de San Pedro, 3 de marzo de 2019


