Homilía para el Sexto Domingo de Pascua. Ciclo C
25 de mayo de 2025
Hermanos y hermanas, todavía estamos en tiempo de Pascua, y nos dirigimos paulatinamente a cerrar este tiempo en el que en cada misa rezamos el Gloria y en el que el Cirio Pascual nos acompaña encendido.
Y en esta fase Jesús nos recuerda que recibiremos el Espíritu Santo, recibiremos sus dones. Este Espíritu nos enseñará y nos recordará todo.
Este Espíritu ya habita en nosotros desde el día de nuestro bautismo; en realidad, podemos volver a recibirlo porque él da sentido a nuestra fe y a nuestra vida.
Si por alguna razón hemos perdido la pasión por vivir o la audacia en nuestro viaje terrenal, podemos volver a recibir al Espíritu Santo, y al cerrar el tiempo pascual, tenemos que prepararnos.
Este domingo, reflexionando sobre la Palabra de Dios, vemos que la Primera Lectura nos muestra que la Iglesia no está formada por ángeles, sino por seres humanos, y no todos somos iguales.
Vemos que desde los inicios de la formación de la Iglesia hubo dificultades para armonizar las distintas sensibilidades y personalidades de la comunidad. Eso no ha cambiado después de veinte siglos.
Pensemos que cada continente, o incluso cada país, vive y expresa la única fe de distintas formas, por ejemplo, en la liturgia y en la música.
Sabemos que la falta de vocaciones en una región del mundo es distinta a otros lugares en los que las vocaciones siguen multiplicándose. Lo mismo podemos decir del rol de la Iglesia en la sociedad, pues en cada país es distinto.
De allí surge la necesidad de que los apóstoles de Jesús y sus sucesores se pongan de acuerdo, escuchen al Pueblo de Dios y, sobre todo, escuchen y disciernan la voluntad de Dios, preguntándose: ¿cuál es la voluntad del Señor para este tiempo?
O se pregunten sencillamente: ¿qué haría Jesús ante esta situación? Una pregunta que también tendríamos que hacernos a nivel íntimo y personal.
Los Hechos de los Apóstoles nos explican que los apóstoles se reunieron en Jerusalén (el primer concilio de la Iglesia) para tomar decisiones sobre las controversias de ese tiempo.
Cada época en la Iglesia tiene sus propias controversias.
Esto nos enseña que no debemos asustarnos ni frustrarnos cuando hay situaciones que no terminamos de entender.
Nuestra fe nos dice que cada decisión dentro de la Iglesia toma su tiempo, a veces más de lo que deseamos, pero en definitiva, la Iglesia busca la salvación de las almas y la felicidad plena.
Nuestra fe nos dice que el Espíritu sigue actuando en la Iglesia Católica y en el mundo.
La visión de la Jerusalén celeste en la Segunda Lectura confirma que esta es la voluntad de Dios, y por esto los nombres de los doce apóstoles están inscritos en los muros de la Jerusalén Celestial, y nuestros nombres también pueden ser inscritos en los muros de esta ciudad eterna. Para esto, tenemos que aferrarnos al nombre de Jesús.
Pidamos al Señor que seamos capaces de amarlo, de entender su Palabra y su voluntad, que abramos nuestras vidas para que Él permanezca en nosotros.
Este domingo podemos orar al Señor para recibir su paz, no como la da el mundo, sino una paz duradera, porque la paz de Dios no es ausencia de problemas, sino es su presencia en nuestras vidas.
Es saber que, a pesar de todo, nuestras vidas están sostenidas por el amor de Dios.
Si tenemos dudas, estamos desorientados o cansados, recemos al Espíritu Santo, porque en Él encontraremos lo que nos hace falta.
Amén.
POR ARIEL BERAMENDI


