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Homilía para la Solemnidad de Todos los Santos

Domingo 2 de noviembre 2025 (en Londres solemnidad trasladada al domingo más cercano)

Cuando era pequeño siempre me confundía con estas festividades religiosas de noviembre. Luego memoricé que la fiesta de Todos los Santos es el 1 de noviembre y la fiesta de Todos los Difuntos (Todas las Almas) es el 2 de noviembre.

Pero, recientemente, aprendí que aquí en Inglaterra, cuando la solemnidad de Todos los Santos cae en sábado o lunes, se transfiere la obligación al domingo (no me pregunten por qué).

Además, cuando el 2 de noviembre, fiesta de Todos los Difuntos, cae en domingo, para evitar que coincida con el culto dominical, esta festividad se puede trasladar al lunes 3 de noviembre.

Así que este año, este domingo 2 de noviembre celebramos Todos los Santos y mañana, lunes 3 de noviembre de 2025, recordaremos a Todos los Difuntos.

En todo caso, ambas festividades, en el orden que sean, están relacionadas porque la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, es una sola.

En cada misa dominical, al rezar el Credo, nosotros decimos “creo en la comunión de los santos”, que hace referencia a la unión viva de todos los creyentes: los que están en la tierra, los que se purifican y los que ya gozan de Dios, es decir, los difuntos.

Y esta unión, esta comunión entre aquellos que ya están en el cielo y los que estamos todavía aquí, se refleja en esa constante oración que nosotros hacemos por los difuntos y, entre ellos, por todos los santos que nos han precedido.

En efecto, en esta solemnidad recordamos y celebramos que los santos son un ejemplo de vida a seguir, y mientras nosotros somos peregrinos en esta vida, tenemos que tener la mirada en el cielo y los pies en la tierra. Es decir, tenemos que vivir una fe encarnada, pero sin olvidar que nuestro destino es la eternidad; sin olvidar que nuestra existencia no termina aquí y que nuestra felicidad plena, es decir, el paraíso, es volver a la presencia de Dios, allí, donde seguramente seremos felices y encontraremos todo y a todos los que nos hicieron felices en nuestra vida terrenal.

Cada uno puede tener una predilección o preferencia por la vida de un santo porque, tal vez, su vida o su experiencia le habla directamente. Por cierto, este sábado el Papa León inscribió el nombre de San John Henry Newman entre los doctores de la Iglesia y copatrón de la educación. En palabras sencillas, podemos decir que cada santo tiene una especialidad.

Y mientras somos peregrinos, el Evangelio de esta Solemnidad nos presenta las Bienaventuranzas, que son un programa de vida para los cristianos. Son la enseñanza de Jesús por excelencia, en la que nos dice a quién pertenece el Reino de Dios. No hay mucho lugar para interpretaciones. Los pobres, los que sufren, los humildes, los perseguidos, los misericordiosos, los promotores de paz son los preferidos de Dios.
Es un pasaje del Evangelio que tendríamos que leer continuamente y no solo en esta fiesta religiosa.

Termino con la imagen de una escalera, porque una escalera nos recuerda que nosotros podemos subir al cielo. Para subir, nuestros pies tienen que pisar un peldaño y luego otro; y los peldaños de esta escalera están hechos de cada una de nuestras características positivas y negativas, de nuestras cualidades y nuestros defectos, de cada obra de caridad realizada y de cada pecado perdonado.

Es un ejercicio de humildad. Cuando asumimos aquello que nosotros consideramos nuestras pequeñas o grandes imperfecciones, podemos subir más rápido al cielo y fortalecer, en nuestras vidas, la comunión de todos los santos.

POR ARIEL BERAMENDI

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