Homilía para la Navidad 2025
25 de diciembre 2025
Nuestra vida es como un pesebre.
En el siglo XIII, en Italia, San Francisco realizó el primer pesebre viviente y desde entonces esa costumbre se expandió por el mundo.
En estos días, algunos parroquianos me contaron anécdotas familiares y costumbres, como aquellos adolescentes que escondían la imagen del Niño Jesús del pesebre y la madre encontraba una zanahoria en su lugar. Otra pareja de ancianos, cuyos hijos vienen a visitarles una vez al año, me mostró su pesebre con figuras de madera y él me dijo: no hemos encontrado al niño, se ha perdido entre las cosas. Le respondí: estoy seguro de que los encontrarás antes del 24 de diciembre por la noche, seguro que se ha marchado para jugar.
Lo cierto es que hay muchas costumbres sobre las imágenes de los niños de Navidad. Por ejemplo, en Cuzco, Perú, existe una tradición secular de realizar “niños cusqueños” (baby Jesus made in Cusco), tienen cabello natural muy rizado (algunas familias donan el primer corte de pelo de sus hijos para ese fin). Sus ojos son de cristal, en el paladar tienen un espejo y también tienen pequeños dientes para verse más reales.
Esas imágenes tienen distintas formas, unos duermen, y otros están sentados. Siempre me llamó la atención la imagen de un niño sentado, con una espina en el pie, está llorando y tiene lágrimas de cristal. La leyenda dice que el Niño Jesús estaba disfrazado de pastor y estaba jugando con otros niños pastores del campo y uno de los pastorcillos se clavó una espina en el pie y empezó a llorar desconsoladamente, y para consolarlo y demostrarle empatía, el Niño Jesús se clavó él mismo una espina y le dijo: “No llores, mira que yo también tengo una espina“. Ese fue uno de los primeros actos de solidaridad y humanidad de Jesús, que desde niño comparte el sufrimiento y la pobreza humana.
El misterio que celebramos en la Navidad es el Hijo de Dios que se hace uno de nosotros. Dios eterno entra en el tiempo y en el espacio y por eso Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre también tuvo lágrimas, cansancios, dolores, fue tentado y sintió hambre. Esto es el efecto de la encarnación.
La fiesta de la Navidad nos recuerda que ser vulnerable, ser débil, o tener limitaciones, es “ok”, porque Dios se vació para llenarse de humanidad, y por eso la humanidad tendría que vaciarse de sus tinieblas y narcisismo para llenarse de Dios.
Pero volviendo a las personas de la parroquia, uno me mostró su pequeño pesebre que ya tiene 35 años. Su esposa, a veces, compra nuevos personajes de varios países, pero uno de los reyes magos estaba roto, no tenía cabeza, y aun así era parte del pesebre, los reyes magos estaban caminando hacia Belén.
Entendí que nuestras vidas son como un pesebre, porque están formadas por situaciones cotidianas y personajes de todo tipo que vamos viviendo a través de los años y, a veces, literalmente, perdemos la cabeza, o hay momentos en los que nos sentimos rotos, o necesitamos una limpieza integral.
Cualquiera sea nuestra situación, no dejemos de caminar hacia el niño Dios, no perdamos la alegría, ni la esperanza en nuestra vida a pesar de la obscuridad y el desgaste del tiempo. Sigamos caminando hacia Belén. Solo alrededor del niño Dios encontramos paz, fuerza y esperanza.
Así como los artesanos reparan esas imágenes de los pesebres, dejémonos tocar por la luz de Cristo y por su misericordia.
También la sociedad es como un pesebre, pero en este momento hay muchas vidas rotas. Oremos para que Cristo nazca también en todos esos lugares afectados por la violencia de la guerra y por la injusticia. Oremos, como comunidad, para que el Príncipe de la Paz que nace hoy, también lleve paz allí a tantas personas que están viviendo en la pobreza.
Feliz Navidad.
POR ARIEL BERAMENDI


