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Homilía para la fiesta del San Pedro y San Pablo

Homilía para la fiesta del San Pedro y San Pablo

 

Domingo 28 de junio 2026

 

La Iglesia recuerda el 29 de junio la fiesta de los Santos Pedro y Pablo, patronos de Roma porque históricamente fueron martirizados en esa ciudad bajo el reinado del emperador Nerón.

Estos dos santos son conocidos como las columnas porque tuvieron un rol fundamental en la expansión de la Iglesia. Si bien tenían personalidades y procedencias muy distintas.

 

Pensemos, Pedro, un pescador, sencillo y temperamental; negó a su Maestro tres veces y en algún momento Jesús lo reprendió incluso diciéndole: “Aléjate de mí, Satanás”. Sin embargo, Jesús le concedió el primado sobre los otros apóstoles y le dice que es una roca y que sobre esa roca construirá la Iglesia. Así nace el primado petrino y la sucesión apostólica hasta llegar al actual sucesor de Pedro, León XIV.

 

Por otro lado, Pablo era una intelectual políglota, pero también un gran perseguidor de cristianos, hasta que un día encuentra a Jesús de una manera dramática y en esa visión Jesús le dice: Saulo, ¿por qué me persigues?, y entonces experimenta una gran conversión que lo lleva a dedicar su vida a ser un apóstol fundando comunidades en tierras extranjeras. Aunque no era uno de los 12 se lo considera el apóstol de los gentiles.

 

Nosotros creemos que la Iglesia está fundada por Cristo y que es apostólica porque los primeros apóstoles, incluyendo a Pablo, son las columnas de la Iglesia; por eso, la arquitectura de las iglesias solía tener 12 columnas.

 

Pero más allá de los aspectos teológicos e históricos, esta festividad nos enseña aspectos fundamentales para nuestra fe.

 

Por ejemplo, recordar que Cristo buscó entre sus discípulos a doce apóstoles que eran personas comunes y corrientes, cada uno con una característica diferente; y esto se concretiza más en las figuras de Pedro y Pablo, que eran tan diferentes, pero que ambos trabajaban por el Reino de Dios.

 

Esta festividad también nos recuerda que la unidad debe prevalecer a pesar de la diversidad que existe dentro de la Iglesia, y de hecho, el Papa es el garante de esa unidad.

 

En estos últimos años, la polarización también afecta a la Iglesia y, a veces, de manera violenta.

 

Pero en el Nuevo Testamento vemos a las primeras comunidades diciendo: “Yo soy de Pedro” y “yo soy de Pablo”; y entonces aparecen los primeros encuentros, los primeros concilios, para encontrar soluciones y discernir qué caminos o respuestas se debían tomar.

 

Esta dinámica continúa hasta el día de hoy con los concilios (el último es el Vaticano II), con las asambleas eclesiales y, recientemente, con los sínodos.

 

Por ejemplo, no podemos decir: “Yo soy solo del Papa Benedicto XVI”, o “a mí no me gusta el Papa Francisco”, o “yo apoyo solo a León XIV”. Pensar así es dejarnos confundir por las semillas de la duda y la división, y nuestra vida espiritual y comunitaria se va debilitando hasta morir.

 

En todo caso, nosotros creemos en la sucesión apostólica, es decir, que el sucesor de Pedro tiene la responsabilidad enorme de guiar “la barca de Pedro”, es decir, la Iglesia, por los mares del mundo contemporáneo. Así, en las últimas décadas hemos sido testigos de cómo Dios ha elegido a hombres distintos -como Pedro o como Pablo- para que sean la cabeza visible de la Iglesia. Juan Pablo II nos decía, “Abran las puertas a Cristo”; Benedicto XVI nos hablaba sobre la teología y el equilibrio entre la fe y la razón; Francisco, desde su visión más pastoral, decía: “Todos, todos, todos”; y ahora León XIV se enfrenta a un mundo en guerra y lleno de revoluciones tecnológicas que están creando desequilibrios enormes en la humanidad, y va respondiendo con pequeños y firmes pasos a los desafíos que le toca vivir.

 

Ante ese panorama aquí estamos nosotros, rezando por el Sucesor de Pedro, rezando por la unidad y la comunión con el Papa, recordando que Jesús eligió a sus apóstoles y sus discípulos de entre personas humanas, no de entre ángeles.

 

Que el Señor nos ayude a vivir nuestra vocación dentro de esta familia grande a la que llamamos Iglesia Católica.

POR ARIEL BERAMENDI

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