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Homilía para la fiesta de Pentecostés – año C

08 de junio de 2025

Hoy celebramos a la tercera persona de la Trinidad y su llegada a la vida de todos los discípulos de Jesús. Es una ocasión para conocerlo más y experimentarlo en nuestra vida. El Evangelio, en palabras de Jesús, nos dice que el Espíritu Santo es el Paráclito, una palabra griega que significa: consolador y abogado.

 

El Espíritu Santo se manifiesta en nuestras vidas de distintas maneras. Por ejemplo, si hemos experimentado la conversión, o hemos superado un momento de prueba o de sufrimiento, o cuando estábamos a punto de perder la esperanza y las cosas se solucionaron, o cuando hemos tomado una decisión importante para la vida: allí actuó el Espíritu Santo.

 

Él nos consuela y nos protege, porque va guiando nuestra vida. Muchas veces nuestra oración va dirigida al Padre o a Jesús, pero hoy Jesucristo nos habla de esa unidad, de esa comunión de amor que existe entre Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

 

Es la energía vital que ha hecho que la Iglesia sobreviva a través de la historia y que, actualmente, actúa también en nuestra historia personal, por esto podríamos usar la imagen de los coches modernos que tienen un GPS integrado, de la misma manera el Espíritu Santo es nuestro guía interno para realizar este viaje terrenal a pesar de cualquier dificultad. Esto no significa que seamos muñecos sin voluntad, sino que somos dirigidos, pero la decisión de elegir un camino u otro es nuestra. Dios respeta nuestra autodeterminación.

 

Pero debemos estar seguros de que este amigo, este abogado, nos protege de las fuerzas del mal, de la desesperanza, de perder el horizonte o el sentido de nuestras vidas.

 

El Espíritu Santo no tiene una forma física porque es Dios. Solo tenemos algunas referencias en la Biblia que nos invitan a no cansarnos de invocarlo en nuestras vidas. En los distintos momentos de nuestro viaje, su presencia puede ser viento impetuoso o brisa suave, puede transformar nuestra vida como un terremoto, o puede purificarla como lo hace el fuego. O puede donarnos paz y serenidad como cuando imaginamos volar a una paloma blanca dentro de una iglesia.

 

En la fiesta de Pentecostés recordemos que el Espíritu Santo es el mismo espíritu de sabiduría que aleteaba sobre las aguas antes de la creación del mundo, y es el mismo espíritu que nos continúa dando sus dones: entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

 

Nos acompaña desde nuestro bautismo, lo hemos aceptado nuevamente en la Confirmación y es el mismo espíritu que invocamos durante la misa cuando el sacerdote dice: derrama tu espíritu sobre estos dones para que sean el cuerpo y la sangre de Cristo.

 

Nuestra oración este domingo podría ser que nosotros nos familiaricemos más con el Espíritu Santo. No tengamos miedo.

 

Como lo recuerda el vitral central de nuestra parroquia, también los apóstoles estaban reunidos junto a María, y ellos tenían temor, pero gracias al Espíritu Santo transformaron sus vidas y fueron capaces de llegar hasta los confines de la tierra llevando el mensaje del Señor.

 

Que la Virgen María, quien repitió muchas veces durante su vida “hágase en mí según tu palabra”, sea nuestra compañera de camino y que esta fiesta de Pentecostés renueve sus dones en nuestras vidas.

Amén.

POR ARIEL BERAMENDI

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