InicioAnálisisHomilía para el Tercer Domingo de Pascua. 14 de abril 2024

Homilía para el Tercer Domingo de Pascua. 14 de abril 2024

Homilía del 14 de abril de 2024. Tercer domingo de Pascua

por ARIEL BERAMENDI

 

Hermanos y hermanas, nos reunimos una vez más en este tercer domingo de pascua. El color blanco de las vestimentas, el cirio pascual encendido por 50 días, y los cantos de aleluya no alegran el alma. Y parece que también el clima nos acompaña a celebrar este tiempo de alegría en el resucitado.

 

La Palabra del Señor hoy nos ofrece varios puntos de reflexión pero me focalizaré sobre un punto que espero nos pueda ayudar en nuestra vida de fe y en la vivencia de nuestra religión. Creo firmemente que la religión no puede ser causa de angustia o de exclavitud, sino todo lo contrario.

 

Las lecturas de hoy nos presenta a Jesús resucitado y él quiere convencer a sus discípulos que no es un fantasma, pero sobre todo Jesús explica que su presencia entre ellos después de la muerte no es una iniciativa aislada, sino se trata del cumplimiento de antiguas promesas.

 

Jesús resucitado se refiere a las Escrituras Sagradas, aquello que hoy conocemos como Antiguo Testamento con los tres grandes temas que encontramos allí: La Ley, los profetas y los Escritos sapienciales (representados sobre todo en los salmos). (CITAR AQUÍ) Por lo tanto, el Señor no es producto de la casualidad; su resurrección está ligada a la historia de la humanidad. Él ha muerto y resucitado para redimir a los hombres de su tiempo, a los que vivían antes de él y a los que vendrán.

 

Aplicando estas lecturas a nuestras vidas, podemos decir que también nuestras conversión personal no es producto de la casualidad, sino que es fruto de la voluntad divina y que -en su infinita sabiduría – él la ha preparado.

 

***

Por otro lado, en el Evangelio de hoy vemos a Jesus que quiere convencernos que él ha resucitado en la carne, que Cristo resucitado no es algo abstracto, desprovisto de corporeidad. Es difícil entender cómo el hijo de Dios que ha resucitado de la muerte, puede pasar una puerta cerrada y al mismo tiempo quiere comer porque tiene hambre. Esto no lo entenderemos jamás con la lógica humana. Pero recordemos que como acto de fe, cada domingo proclamamos el credo y decimos “creo en la resurrección de la carne”.

 

Solo a nivel de ejemplo podemos decir que también en nuestra resurrección seremos como árboles que nacieron de una semilla.  ambas cosas son diferentes, pero al mismo tiempo son lo mismo.

Y ante nuestro desconcierto o nuestras dudas Jesús nos dice: “¿Por qué están asustados? No soy un espíritu; denme algo para comer.”

 

¿Qué dice la Iglesia? San Ireneo de León, Padre de la Iglesia y mártir, escribe y enseña: “Caro, cardo, salutis“. Esto significa que la “carne es el eje de la salvación”, por lo tanto, el Cristianismo no está en contra de la carne, sino todo lo contrario: la “carne” es el lugar donde nos salvamos. A través de la historia, este conocimiento no siempre fue entendido y por eso ya desde Juan Pablo II se abrió un camino de reflexión sobre la teología del cuerpo humano, y poco a poco deja de ser un tema incómodo hablar del cuerpo humano como “espacio y lugar de salvación”.

 

Esto es nos salvamos integralmente, completamente: la totalidad del hombre.

 

Por lo tanto, el Cristianismo no es una filosofía, ni un conocimiento abstracto. Sino que hoy reconocemos que el amor pasa a través de la corporeidad. Un sentimiento es auténtico cuando se convierte en  “lenguaje corporal”, por ejemplo en un abrazo. En este sentido, también nuestro cuerpo debe ser manifestación de nuestra fe, de lo contrario nuestra fe no vale nada: debemos mostrar la fe con nuestras obras y por eso decíamos que el Señor usa nuestros brazos para hacer la caridad con los necesitados.

 

Estamos invitados constantemente a encontrar  a Cristo también con el cuerpo, es decir con mi servicio, con mi trabajo, con una caricia y una obra de caridad. Ustedes saben muy bien que el amor y la vida no son cosas abstractas.

 

Que el Señor resucitado en su carne nos haga entender que también nuestra corporeidad (nuestra carne)  está destinada a la vida eterna.

Amén.

por ARIEL BERAMENDI

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