Homilía para el Tercer domingo de cuaresma. Ciclo A
8 de marzo de 2026
El agua es un elemento vital que simboliza el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad. Así lo celebramos en el bautismo.
Y hoy se menciona el agua en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, pero en realidad se está hablando de la sed. Una pregunta fundamental para pensar en este tiempo de cuaresma es: ¿de qué tenemos sed en nuestras vidas? O si tenemos sed de Dios.
Este pasaje del evangelio es fascinante. Como muchos de nosotros, la mujer samaritana tenía sed de felicidad, de estabilidad emocional en su vida, y en la búsqueda de una situación ideal, tuvo varios fracasos, por eso estuvo casada cinco veces. Ella quería evitar el peso del juicio de otras personas y, por este motivo, va al pozo en busca de agua cerca del mediodía, cuando no había nadie.
La mujer samaritana representa a la humanidad, a cada uno de nosotros, que tenemos sed, ilusiones y proyectos pero que, por el mismo ritmo de la vida, nos equivocamos. Además, como dice el dicho, el hombre es el único animal que se tropieza dos veces en la misma piedra, seguimos buscando nuestra felicidad y realización personal en un pozo de aguas muertas y estancadas. Parece que, a veces, no queremos aceptar la consecuencia de nuestros actos y seguimos buscando el pozo de la felicidad, llevando el mismo cántaro pesado y lleno de grietas. En síntesis, seguimos buscando la felicidad en cosas o lugares equivocados.
Pero en ese escenario aparece Jesús. Va al encuentro de la mujer samaritana rompiendo prejuicios. El pozo de Jacob representa la tradición y la ley. Él no debía hablar con ella pero Jesús inicia un diálogo sanador y transformador.
La enseñanza es que Jesús se acerca a nuestra vida pidiendo autenticidad, algo así como mirarnos al espejo, quitándonos el peso de la culpa, representado por el cántaro; y así entrar en diálogo con él para descubrir y aprender que existe otra manera de vivir, de ser feliz y de vivir la fe.
En esa conversación con Jesús, la samaritana se siente sanada y transformada. Finalmente se encuentra con alguien que sabe todo lo que ella ha hecho, por lo cual, ya no tiene que fingir u ocultarse. Entonces, Jesús le ofrece – y nos ofrece – agua viva, por lo tanto, ya nunca más tendremos sed.
En ese encuentro transformador, Jesús explica que nosotros mismos podemos transformarnos en un «manantial capaz de dar la vida eterna«. Es decir aceptando a Dios, nos convertimos en templo de Dios. Por eso hoy el evangelio dice que tenemos que adorar en espíritu y en verdad. Esto significa que primero está el cuidado del templo interior.
Este pasaje del Evangelio nos habla de la gracia de la conversión (es decir, un nuevo nacimiento), del regalo de una transformación desproporcionada, de la búsqueda de la felicidad y, sobre todo, de la sed de Dios.
Pidamos la ayuda del Espíritu Santo para ser transformarnos, sabiendo que nunca es tarde. Él puede transformar una roca del desierto en vertiente de agua eterna. Él nos habla directo al corazón, nos ayuda a reconocernos a nosotros mismos y a convertirnos en manantiales de agua viva.
POR ARIEL BERAMENDI
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