Análisis

Homilía para el tercer domingo de Cuaresma. 3 de marzo 2024

La semana pasada tuvimos la primera confesión de los niños que se preparan para la primera comunión. Seguramente ellos no lo olvidarán y yo tampoco. Todos estaban un poco nerviosos y serios. Uno a uno se acercaron al confesionario para celebrar el sacramento de la misericordia de Dios.  Al iniciar el niño o la niña decía

“perdóname padre porque he pecado, esta es mi primera confesión”.

Alguno se acercó y dijo con mucha seriedad: “perdóname padre porque he pecado, esta es mi primera concesión”; y otra niña se acercó y dijo: “perdóname padre porque he pecado, esta es mi primera confección”.

 

Los más pequeños de nuestra comunidad continúan creciendo en su camino de fe y en su relación con Dios, gracias a sus catequistas y sobre todo gracias a sus padres ellos van aprendiendo cómo relacionarse con Dios, comienzan a entender qué imagen tienen de Dios y qué lugar ocupa en sus vidas.

 

Esas preguntas nos acompañan también a nosotros a lo largo de la vida, hasta el día que nos encontraremos con él.

 

La Palabra de Dios en este tercer domingo de cuaresma también nos interpela en este sentido.

 

En la primera lectura escuchamos a Dios que habla con Moisés y le da los parámetros sobre el bien y el mal. Son los mandamientos que vienen ordenados en diez principios que regulan la vida de cada cristiano.

 

En nuestra vida de fe tenemos que estar atentos para vivir con un sano equilibrio la relación con Dios a través de los mandamientos que no ha dejado. A veces, puede suceder que nos obsesionamos solo con un par de estos mandamientos y corremos el riesgo de transformarnos en cristianos “puros como ángeles y soberbios como demonios, como en tiempos del jansenismo en el siglo XVII.

 

La clave del equilibrio en nuestra relación con Dios y sus mandamientos son la caridad y la justicia. Como hijos de Dios y seguidores de Jesucristo nos daremos cuenta que no puede existir solo una sin la otra.

 

En este momento de nuestras vidas, preguntémonos ¿Quién es Dios para mí? ¿Qué imagen tengo de él? Y ¿qué lugar ocupa en mi vida?

 

En este camino de la cuaresma recordemos que el encuentro con Jesucristo nos sacude y sorprende. Al experimentarlo en nuestra vida encontramos las respuestas que estamos buscando.

 

Hoy conocemos otra faceta del carácter de Jesús. Él está alterado: el celo por la Casa de Dios lo consume y él tira las mesas y con unas cuerdas expulsa a los vendedores del templo. En otras palabras, él quiere purificar el templo, y el Evangelio de hoy nos explica que Jesús, al hablar del templo, se refiere a su mismo cuerpo.

 

Esta es una enseñanza directa. Estamos llamados a purificar nuestras vidas y a considerar nuestros cuerpos como santuarios de Dios. Como verdaderos templos. Pero, por favor, sin la idolatría del hedonismo.

 

Además, este mismo evangelio que nos presenta a Jesús expulsando del templo a los comerciantes, nos propone una enseñanza fundamental: No es aceptable que tengamos una relación “comercial” con el Señor.

 

Es decir, si creemos en Dios, participamos en la misa dominical, o celebramos los sacramentos: esto no nos da la seguridad que todo irá bien en nuestras vidas y que tenemos la salvación asegurada. Por eso afirmo que nuestra relación con Dios, no es una relación “comercial”: yo te doy y tú me das.

 

Esta lógica humana y matemática no se aplica a nuestra fe que se mueve en otra dimensión.

 

Nosotros creemos y celebramos al Hijo de Dios que vino a salvarnos gratuitamente. Pero nuestro Salvador tuvo que sacrificar su vida, morir en una cruz y al tercer día resucitar. Toda esta lógica de Dios la entendemos solo con la fe.

 

Hermanos y hermanas, ya que mencionamos la lógica de Dios, en este tiempo de cuaresma recordemos que la misericordia de Dios es infinita y que él nos quiere personas felices y abiertas a la esperanza, a pesar de las dificultades de la vida.

Justamente por eso, termino invitándoles a recordar su primera confesión. ¿Cómo fue aquello?

Sobre todo, están invitados, en este tiempo de cuaresma, a acercarse al sacramento de la confesión. En particular, si alguna persona lleva más de un año sin este sacramento – por la razón que sea – es un buen momento para volver a encontrarse con el Señor y experimentar su misericordia.

 

Por: P. Ariel Beramendi www.arielberamendi.com