InicioAnálisisHomilía para el Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. 8 de febrero 2026

Homilía para el Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. 8 de febrero 2026


8 de febrero de 2026

 

Este pasaje del Evangelio, con dos imágenes potentes, nos ayuda a entender cómo vivir nuestra fe.

Jesús nos recuerda que, como sus seguidores, tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo.

 

Jesús nos recuerda que, como sus seguidores, tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo.

Ser sal significa dar sabor. Las cosas sin sabor no valen la pena, por eso, la sal representa aquello que da sentido, alegría y sabiduría al mundo.

 

En latín “sapere”, significa “tener sabor” y también “ser sabio” (de sapiens), es decir una persona quien sabe “saborear” la vida y la verdad.

 

Pensemos además que, para que la sal cumpla su misión, tiene que disolverse y desaparecer. Tal vez por eso Jesús dice: «Vosotros sois la sal del mundo»; es decir, el cristiano que se gasta y se “disuelve” para impregnar al mundo, a la sociedad, por ejemplo, de valores cristianos que no buscan protagonismo, sino que desaparecen después de dejar su sabor.

 

Jesús nos habla de un estilo de ser cristiano que se contradice con quienes quisieran guardar la sal en un salero para que no se contamine y se mantenga pura y blanca.

 

Otra característica de la sal es que servía para preservar algunos alimentos de la descomposición, pensemos en la carne deshidratada cuando no existían refrigeradores. Gracias a este pasaje del Evangelio, podríamos decir que los cristianos estamos llamados a ser la sal que impide que la civilización actual se “pudra”, manteniendo frescos los valores del Evangelio en una sociedad que tiende a descomponerse y autodestruirse.

 

También la luz tiene un significado importante.

 

No se trata de un mandamiento, sino de una descripción. Jesús dice: «Vosotros sois la luz del mundo». Es decir, que ya por el hecho de creer en Él y seguirlo, somos luz, pero tenemos que preguntarnos qué tipo de luz proyectamos: ¿una luz triste, oscura, negativa, o una luz que da alegría, orienta el camino y transmite sabiduría?

 

La luz del cristiano no busca protagonismo, sino que es más bien como una vela que ilumina porque se consume.

 

Para entender este mensaje de ser la luz del mundo, nos puede ayudar el testimonio del cardenal Van Thuân

 

François-Xavier Văn Thuận fue un obispo vietnamita encarcelado por el régimen comunista en 1975. Pasó 13 años en prisión, de los cuales 9 fueron en régimen de aislamiento.

 

Durante esos años, fue encerrado en una celda sin ventanas, en total oscuridad durante días y semanas, o a veces bajo una luz eléctrica fortísima que nunca se apagaba, como forma de tortura psicológica.

 

En esa oscuridad, donde cualquier persona se hubiera vuelto loca o se habría llenado de odio, perdiendo su “sabor” y su “luz”, él decidió ser luz.

 

Comenzó a celebrar la Misa en la mano. Como no tenía altar ni cáliz, usaba su propia palma. Los fieles le enviaban de contrabando un frasquito de medicina con la etiqueta “medicina para el dolor de estómago”, pero dentro había vino. Con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de su mano, celebraba la Eucaristía en la oscuridad de su celda.

 

A pesar de estar en la cárcel, él era muy amable y “luminoso” con sus carceleros y, por eso, las autoridades tenían que cambiarlos cada dos semanas, porque Van Thuân los “contaminaba” con su alegría y esperanza.

 

Al final de su vida Van Thuân fue nombrado cardenal por Juan Pablo II, y su vida es un ejemplo que nos muestra que la fe es una luz que no se apaga, ni siquiera en la oscuridad más absoluta.

 

Pidamos al Señor que nos ayude a ser cristianos que no buscan los reflectores y que, aunque últimamente parezca que la oscuridad está creciendo, sepamos iluminar con la luz de Cristo.

POR ARIEL BERAMENDI

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