Homilía – Primer Domingo de Cuaresma, Año C
9 de marzo de 2025
Hace algunos días estaba conversando con un amigo musulmán. Él estaba a punto de iniciar el Ramadán, y, compartiendo sobre nuestras tradiciones, le comenté que, con el Miércoles de Ceniza, los cristianos iniciamos la Cuaresma.
Mi amigo me dijo: “Oh sí, conozco esa tradición, es el tiempo en el que los cristianos hacen abstinencia de algo para presumirlo y sentirse mejor“.
“No es exactamente así”, le expliqué. Le dije que la Cuaresma es un tiempo de preparación para vivir la Pascua. Históricamente, estos cuarenta días, inspirados en los cuarenta años de esclavitud de los hebreos en Egipto y en los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, eran un período en el que quienes debían recibir el Bautismo entraban en la recta final de su preparación para bautizarse durante la Vigilia Pascual.
No sé si mi amigo haya entendido todo esto, pero estoy seguro de que nosotros sí, o al menos estamos abiertos a vivir y celebrar este tiempo que hemos iniciado con la imposición de cenizas y el llamado: “Conviértete y cree en el Evangelio”.
Debemos estar atentos a no perder el verdadero significado de las prácticas cuaresmales: la abstinencia, la oración y la caridad.
El desierto: una imagen para reflexionar
Antes que nada, quisiera reflexionar con ustedes sobre la imagen del desierto.
Ese lugar árido y solitario representa algunos momentos de nuestra vida. Son tiempos de prueba, de dudas, de dificultades, pero forman parte de la experiencia humana. No los podemos evitar. Así como hay momentos de felicidad y tranquilidad —que podríamos representar como pequeños jardines secretos en nuestro viaje—, también hay momentos de desierto.
Por si fuera poco, la Palabra de Dios nos recuerda que en el desierto cuando estamos débiles y confundidos, experimentamos la tentación del diablo, así como sucedió con Jesús.
Habrán escuchado decir que el maligno está siempre atento para entrar en nuestras vidas. Se acerca para seducirnos, para mostrarnos el camino fácil, para convencernos de que merecemos ser felices a cualquier costo. Nos dice que todo lo que queremos lo podemos tener aquí y ahora, y que Dios puede esperar.
Pero recordemos que nunca debemos dialogar con el diablo. Es decir no dialogar con nuestras debilidades, no abandonarnos a la duda y la desesperanza. A veces podemos pensar que nuestra inteligencia nos salvará, o que tenemos una fe tan firme y que si dialogamos con el diablo, podremos controlar la situación. ¡Con el diablo no se dialoga!
En momentos de prueba, debemos aferrarnos a nuestra fe y a la esperanza, pero también a la Sagrada Escritura. No solo a la Sagrada Escritura, porque incluso el diablo conoce la Biblia y la manipula para tentar a Jesús en el desierto.
Las tentaciones y el pecado
Hablar de tentación es hablar de una experiencia que nos acompañará toda la vida y que llega en cualquier momento, incluso en los momentos más sagrados. Por ejemplo, en plena oración, aparecen imágenes o recuerdos que nos distraen o “nos tiran al suelo y a nuestras miserias”. Otras veces, sentimos la tentación de actuar o decir algo en contra de un ser querido.
Sin embargo, debemos recordar que las tentaciones no son pecado. Se convierten en pecado cuando materializamos esas “invitaciones” o cuando buscamos conscientemente ofender a Dios y a nuestros hermanos. Tenemos que aprender a diferenciar la tentación del pecado, aunque están separadas por un puente muy pequeño.
Pidamos a Dios la gracia del discernimiento
En este primer domingo de Cuaresma, pidamos al Señor que no nos deje caer en la tentación, especialmente en la tentación de acomodar la voluntad de Dios a nuestra propia voluntad, de forzar la imagen de Dios a nuestro favor. Esa sí que es una gran tentación: despojar a Dios de sus atributos y moldearlo según lo que nosotros creemos que está bien o está mal. Terminamos cosificando a Dios y nuestra relación se convierte en: “Tú me das lo que te pido y yo te doy mis oraciones”.
Que el Señor nos conceda el don del discernimiento, de la paciencia y de la fe para atravesar nuestros momentos de desierto.
Amén.


