Homilía para el Domingo de Pascua
5 de abril del 2026
La cruz, que antes era un signo de vergüenza, se ha transformado en un instrumento de salvación y la tumba está vacía.
Los apóstoles y las amigas de Jesús quedaron desconcertados porque no entendían lo que pasó, pero buscan a su maestro. Este es el primer mensaje de la Pascua: en todo lo que hacemos, no nos cansemos de buscar al resucitado.
Durante esta cuaresma una frase de la biblia se ha quedado en mi reflexión. Hace algunos días hemos leído la profecía de Ezequiel (37:12-14): “sabrán que soy Dios cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas (…) Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis”.
Desde el Antiguo Testamento se nos revela que Dios es el Dios de la vida y no de los muertos, y la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo nos da la seguridad de que también nosotros viviremos para siempre.
La Pascua cristiana nos enseña que la muerte terrena no es el fin, porque gracias al resucitado tenemos la semilla de la eternidad en nosotros mismos.
Sin embargo, a veces nos cuesta vivir la experiencia de la Pascua.
En referencia al texto de Ezequiel, comparto con ustedes la experiencia de una persona, llamémosle Juan -pero podría llamarse también María-, quien vivía su relación con Dios como un peso enorme porque sentía que estaba muy lejos de Dios. Juan se sentía demasiado imperfecto y juzgado por un Dios lejano, hasta que esta forma de vivir la religión comenzó a distanciarlo de su familia y amigos.
Un día, mientras Juan rezaba se durmió y tuvo un sueño. Él subía por una montaña verde, en la cumbre se divisaba una gran cruz. Al caminar, vio que al lado del sendero había un cementerio, lleno de tumbas blancas que contrastaban con el color verde del césped. Siguió subiendo la montaña y vio a una persona que desenterraba las tumbas, una por una, desde las entrañas de la tierra sacaba con sus manos pequeños ataúdes blancos[1]. Sin embargo, no había mal olor ni podredumbre porque esos cajones blancos estaban vacíos y limpios.
Juan continuó caminando, pero observó cuidadosamente al hombre en el cementerio y se dio cuenta que esa persona era él mismo.
Juan se despertó y poco a poco comenzó a comprender que el amor de Dios es más fuerte que el pecado. Comprendió que esas pequeñas tumbas vacías eran las culpas que Cristo ya había perdonado y cancelado, pero que él seguía guardando porque no terminaba de perdonarse a sí mismo.
Hermanos y hermanas, no cultivemos cementerios dentro de nosotros mismos, más bien como los apóstoles y las mujeres de Evangelio, busquemos constantemente al resucitado.
Cristo resucitado sana las heridas que la vida inevitablemente nos provoca y no hay necesidad de quedarnos atrapados en ellas. Seamos capaces de vivir la misericordia de Dios empezando desde nosotros mismos, soltemos los miedos, los errores del pasado. No acumulemos ataúdes vacíos.
Solo hay una tumba vacía que da sentido a todas las demás, y es aquella que está cerca de la cruz, la que nos recuerda que Cristo ha resucitado.
Hay otro detalle importante, el evangelio indica que el resucitado sale al encuentro de las mujeres que lo buscaban y sus primeras palabras son: alégrense, no teman, vayan a decirlo a mis hermanos.
Es el Señor de la vida y de la alegría. El que, venciendo la muerte, nos ha dado la vida eterna. Por eso repetimos en el salmo (117): “Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”
Pidamos al Señor que nos ayude a crecer en nuestra fe. La necesitamos sobre todo ante un mundo que hoy está multiplicando las guerras y, por consecuencia, las tumbas de personas inocentes.
En este tiempo de violencia y locura fratricida, donde se festeja la pena de muerte, necesitamos de nuestra fe para ser sembradores de paz y de esperanza.
Pidamos al Señor, una vez más, la sabiduría para vivir como testigos del resucitado.
POR PADRE ARIEL BERAMENDI
[1] En muchos países los ataúdes blancos se usan cuando muere un niño


