Homilía para el Domingo 22 del Tiempo Ordinario – Ciclo C
30 de agosto de 2025
Hoy escuchamos en la Palabra de Dios esta enseñanza: “Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor”. El libro del Eclesiástico nos invita a ser humildes y a practicar la mansedumbre.
El Evangelio, por su parte, nos muestra cómo la búsqueda de prestigio, reconocimiento y poder es origen de tantos males para el ser humano.
En efecto, la vanagloria hace que la gente viva atormentada, que las familias se dividan y que los lugares de trabajo se conviertan en campos de batalla.
Con frecuencia queremos ser los más importantes, sentirnos vencedores. Poco importa si lo que hacemos es bueno o auténtico, lo que cuenta es estar por encima de los demás. Tenemos la tentación de creer que nuestro valor como personas depende de nuestra posición social, de nuestros títulos o incluso de nuestros bienes materiales.
Y en lugar de preguntarnos quiénes somos, nos obsesionamos con las preguntas del estilo: ¿Qué lugar me dan los demás? ¿Qué valor tengo para los otros?
Ante esta lógica, Jesús nos habla de la humildad. La humildad cristiana no es pasividad ni conformismo, sino fortaleza y lucidez. El evangelio nos enseña: “El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.
En la parábola del banquete, Jesús nos invita a no preocuparnos por los primeros puestos, porque es Dios quien nos da nuestro verdadero lugar, en este mundo y en la eternidad.
Sabemos bien que el mundo puede ofrecernos honores y prestigio, pero son pasajeros. A veces incluso son fruto de tentaciones, como aquella en la que el diablo le dice a Jesús: “Te daré todo el poder sobre la tierra si te postras ante mí”.
Cada uno de nosotros tiene un puesto ante Dios. No necesitamos que el mundo nos otorgue un lugar privilegiado. El verdadero lugar no nos lo dan las redes sociales, las opiniones ajenas ni la gloria efímera.
¡Ay de nosotros si nuestra principal preocupación es la audiencia, el marketing personal o la imagen que proyectamos!
El Evangelio de hoy, además de hablarnos de la humildad, nos invita a vivir la gratuidad y a entrar en una lógica donde los últimos son los primeros y los invisibles son los preferidos de Dios. No busquemos los primeros puestos, sino aquellos lugares donde más se necesita amor.
Jesús nos anima a compartir nuestros bienes, nuestras comidas y nuestras cenas con quienes no pueden devolvernos nada, con quienes no podrán agradecérnoslo, porque será Dios quien nos recompense. Esta enseñanza revela que Dios es generoso: Él sabe premiarnos de formas que ni siquiera podemos imaginar.
Este domingo, la Palabra de Dios nos pone ante una elección: la gloria del mundo, que es pasajera, o la gloria que viene de Dios, que es eterna.
Cada vez que visito un hogar de ancianos me impacta profundamente la fugacidad y fragilidad de la vida. Veo a tantas personas que han vivido muchos años y pienso que están en la etapa final de su viaje terrenal; sin embargo, décadas atrás, ellos estaban llenos de energía, proyectos y sueños.
Estoy convencido de que el verdadero tesoro de estas personas es el bien que han hecho y la gratitud que han acumulado en el cielo por cada acto de caridad que realizaron.
Tengamos fe en que Dios sabe recompensar mucho más que el mundo, porque Dios es infinitamente generoso.
POR ARIEL BERAMENDI


