Homilía para el 6to domingo de Pascua.
5 de mayo 2024
Hoy, la Palabra de Dios nos habla del amor. Un término desgastado pero que en el Evangelio adopta un significado distinto, porque el amor de Dios empapa nuestra vida, transformándonos en personas más luminosas y nos reconecta a la fuente de la vida.
Hablar del amor en pocos minutos en una homilía puede ser abrumador, así que prefiero usar una imagen que nos ayude a entender el mensaje del Evangelio de este 6º Domingo de Pascua.
Hoy estamos llamados a sumergirnos en el amor de Dios, como cuando entramos en una piscina, tocamos el fondo, y nos quedamos allí.
Pensemos que el agua es Dios. Es el amor de Dios. Y nos va limpiando, purificando, transformando y sanando. Allí sumergidos en ese espacio, los lugares muertos de nuestra vida, comienzan a nutrirse del amor y de la esperanza de nuestro creador y, en consecuencia, se revitalizan cada vez más.
Imaginemos que somos capaces de sumergirnos en esa “especie de piscina” y, mientras más conocemos a Dios, seremos como peces que no están solos en un acuario, pues descubriremos que Dios – no es una piscina – sino un océano infinito de bondad.
Así lo entiendo cuando Jesús, en el Evangelio de hoy, nos muestra su amor trinitario, y declara que el amor entre el Padre y el Hijo es eterno e infinito. Lo más impactante es la revelación que recibimos, porque nosotros – gracias a Jesús – podemos ser partícipes de ese amor divino. Todavía más, Jesús nos dice: permanezcan en mi amor y amense los unos a los otros como yo les he amado.
Además, en el Evangelio de San Juan, descubrimos que gracias a Jesús, nuestra relación con Dios ha cambiado. Él nos llama amigos, hemos dejado de ser esclavos. Por lo cual, permanecer en su amor significa observar sus mandamientos y la voluntad de Dios, pero no como esclavos, sino con alegría, de manera espontánea y de manera natural.
Concretamente, nosotros no pecamos por miedo al castigo, sino para no alejarnos de la fuente de nuestra felicidad. Además, todo esto no lo hacemos solos, sino más bien en comunidad, sin divisiones, abierto a dar frutos, o al menos dispuestos a sembrar semillas.
En este sentido, la primera lectura del Hecho de los Apóstoles nos recuerda que Dios, es el Señor de todas naciones, y de todos los pueblos, es decir, no hay una condición específica que excluya a una persona del amor de Dios.
Concretamente, vemos a este militar pagano llamado Cornelio que tiene el deseo de encontrar a Dios y él junto a su familia reciben el bautismo. Solo hay una condición importante, Cornelio, que era pagano, tenía temor de Dios, y esta es una clave importante, porque el amor de Dios no excluye a nadie, pero para experimentarlo debe haber respeto, disposición, apertura de quienes lo buscan.
Finalmente, y una vez más, la Palabra de Dios nos recuerda que todo el amor de Dios en el que nos movemos y existimos, no es iniciativa humana; sino es iniciativa de Dios, que es la única fuente de ese amor, que en extremo ha enviado su Hijo para salvar la humanidad.
Así que hoy, el Evangelio nos recuerda algo radical: amar hasta la muerte (como él mismo nos amó).
Tal vez en nuestra vida cotidiana no tenemos situaciones radicales, pero al menos recordemos que quien no ama, no ha conocido a Dios. Así que preguntémonos: ¿tú conoces el amor? ¿Has amado alguna vez?
Sumerjamonos en el amor de Dios.
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